La sangre para ellos son medallas

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Con las manos atadas (4ª parte y última)
PATRICIA
Apenas escribí la primera carta me dejé ganar por el anticipado goce de revivir otro tiempo. Intenso. Deslumbrante. Sí. Traté de relegar cualquier escrúpulo y no medí el dolor que podría causarle. Unicamente pensé en mí. Egoísta. Despechada. Y con las palabras que pretendían manifestarle todo lo que significaba para mí, utilicé las otras, falaces, dictadas por la bronca y la pesadumbre, para juzgar la conducta de María Inés. Apelé a cualquier argumento para convencerlo de que había dejado de sentir interés y, sobre todo, amor por él. Viví en permanente vigilia por lo que ocurría en las islas, aterrada por la idea de que Tulio pudiera integrar la legión de muertos. Al cabo de dos interminables meses, no me importó que la victoria, tan jactanciosamente anticipada por los militares, se transformara en bochornosa derrota, sino saber que él, al fin, regresaba a casa. Entonces quise cosechar los beneficios de mi plan. Inútilmente. Ya no descubrí ninguna huella del muchacho que tanto deseaba apretar entre los brazos, besar, acariciar con la delectación de otros tiempos. No. Se había convertido en un hombre atrozmente envejecido. Reacio a hablar, sufriendo súbitos estallidos de furia, sin interés por las personas que estaban a su alrededor. El más afectado fue mi padre, al comprobar que Tulio no había logrado destacarse por ningún acto de heroísmo y, peor aún, se hundía cada vez en una zona de negrura y desequilibrio. Yo abrigué un pánico similar pero, advirtiendo que ya María Inés no era una presencia cercana ni perturbadora, quise concretar el propósito de tenerlo sólo para mí. No tuve tiempo. El se vio absorbido por otra cosa. Mucho más grave. Y el desenlace se precipitó. Brusco y despiadado.

TULIO RAPELLA
Al despertar, percibió el sonido de pasos y voces. Sí. Ya me ubicaron. Llevó la mano al bolsillo del pantalón y, en un gesto instintivo, la cerró sobre la pistola, con la serenidad de tener un elemento para enfrentar a sus perseguidores. Y como a lo largo de los tres días que deambulaba sin tregua, no pudo evitar un abierto reproche contra Julián por reducir a cenizas demasiado pronto el trofeo que les iba a brindar un período de holgura y esplendor. Había notado, bastante alarmado, sus excesivas muestras de alborozo e hilaridad al repartirse el dinero. Con esto podremos tener todo. Mujeres, autos, diversión. Cualquier cosa. Más que contagiarse de tanta euforia se vio gobernado por el peso devastador de haber matado a un hombre. Creyendo -aquella noche en que él y Julián permanecieron largo rato agazapados en un rincón de la playa de estacionamiento, en tensa espera, dispuestos a cumplir la tarea encomendada-que de nuevo se encontraba en las islas, sometido a la única alternativa de matar o morir. Allí está. Apurate. La voz imperativa de Julián también le recordó a la del capitán Robledo cada vez que impartía una orden y, como si aún tuviera la obligación de obedecer, sin protestar, comenzó a correr hacia el sitio que indicaba el brazo tendido. Cuando el hombre descendió del Corolla azul se detuvo, a dos metros, con la pistola fuertemente apretada en su mano derecha. Sí. Acabar este trabajo lo más rápido posible. Le pareció llevar a cabo la misión más abominable al observar la cara aterrada del otro, los brazos levantados en actitud defensiva, el cuerpo que fue cayendo con exasperante lentitud por el único disparo.
-Lo tenemos rodeado, Tulio Rapella. ¡Entréguese!
Además de relegar una etapa sombría y torturante, el grito resonó con el carácter de un mandato. Demasiado familiar y ya imposible de aceptar. No. Basta. Nunca más. Rechazando para siempre la posibilidad de amoldarse a las reglas impuestas por los otros, se levantó. Extrajo la pistola del bolsillo y abandonando el precario refugio de ladrillos y maderas, marchó hacia la voz estentórea y los poderosos haces de luz.

COMISARIO MAYOR ECHAGÜE
Todavía me cuesta admitir la conducta de Tulio Rapella. Para hallar un justificativo se podría pensar que sufrió un repentino ataque de locura o tal vez creyó encontrarse de nuevo en las islas, rodeado de enemigos y obligado a sostener una lucha feroz. Fruto de la conmoción generada por los infernales avatares de la guerra, además de cargar con el estigma de un asesinato y llevar días peregrinando sin rumbo por la ciudad. Creo que no corresponde realizar ninguna queja contra nosotros, pues actuamos, más que por efecto de la sorpresa o por la necesidad de defendernos, en fiel cumplimiento de nuestro deber ante una circunstancia tan difícil. Ni mis hombres ni yo deseábamos ese final. Puedo asegurarle que nos preocupamos por evitar un hecho sangriento. Desde el momento en que lo descubrimos en la obra en construcción y ordené formar un cerco, consideré que todo sería bastante sencillo. No tardé en advertir mi equivocación. Dado que respondió con una andanada de tiros a los reiterados pedidos para que se entregara, decidí apelar a las bombas de gas lacrimógeno. El medio menos agresivo para poder detenerlo. Apareció tambaleante, convertido en una figura espectral. Tras dar varios pasos en una tentativa por alejarse del lugar donde el humo resultaba más denso, se desplomó. Y entonces cometimos el error de dar por concluido el operativo. No. Una trampa. La fingida descompostura, el ocultamiento del arma, la estudiada espera para sorprendernos. Todo ocurrió con extrema celeridad. Sin poder analizar o elegir otra alternativa. Era preciso actuar. Simplemente. Y es lo que hicimos. Con bastante turbación. Tratando de esgrimir una defensa más que concretar un ataque. Desconcertados por la reacción del muchacho. El cuerpo que habíamos visto caer, supuestamente a causa del gas, adquirió de repente una vitalidad arrolladora. Sacó una pistola mientras rodaba por el suelo. Y disparó repetidas veces. Furiosamente. Con el propósito de cobrarse lo más caro posible la disputa final. Logroño y Paiva fueron alcanzados por los proyectiles. El alto costo que debimos pagar por nuestra excesiva confianza. Pero Godoy, Altamira y yo, superados los segundos de estupor, logramos repeler la embestida. Y cuando al fin el muchacho quedó rígido, en una postura distorsionada, como si tuviera quebrado todos los huesos, no pude desalojar una dosis de amargura y desolación. Por la terrible evidencia de haber contribuido, de manera compulsiva y sin opción, a facilitar un desenlace que él, quizá fríamente, en una especie de jugada macabra, había preparado.

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