Sensaciones y sentimientos

Sociales 07 de octubre Por
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LAS EDADES NO EXISTEN
Podemos imaginarnos en el mejor de los casos (es decir que nos lean) la expresión de sorpresa y perplejidad de los señores lectores de cada sexo (no existen las personas de ambos sexos) y el comentario respectivo: “los autores de esta sección, seguramente no desayunaron ¿cómo pueden decir que las edades no existen?” y a continuación imaginar las vecinas diciendo que si fuera así, no tendrían ese importante misterio para descifrar -la cantidad de años de esa otra vecina- y por su parte los vecinos hombres, no pudiendo ya hacer el mismo cálculo respecto de ese compañero de trabajo con el nevado paisaje de sus canas, lejos ya del tiempo en que lucía un negro esplendoroso.
Pero quedémonos tranquilos unos y otros: el cálculo del tiempo vivido (propio y de los demás) siempre estará; es el referente cronológico más exacto, el punto de partida indispensable para iniciar las conversaciones profundas sobre el paso insobornable de la vida.
Hay dos lugares comunes en esto de evaluar y dar importancia a las edades. Se dice que los mayores siempre-añorarán-y-desearán-volver-a-los-veinte y que estos sufren postergación porque-no-tienen-todavía-los-contactos-y-oportunidades- que sí poseen los de la generación que los precede.
Ni tan, ni son. Ni “so” ni “ni”.
Ser “teen” no es el premio máximo ni ser “adultos mayores” un doloroso e inevitable castigo.
Todo estaría bien si no fuera que siempre deseamos tener lo que no está a nuestro alcance: juventud y experiencia juntas, edad y capacidad -física y de tiempo- juntas, lo que disponemos y lo que, o ya se fue o le faltan muchos años para que llegue.
La disconformidad parece ser el elemento movilizador. Del pensamiento y del análisis.
Nos quedamos a mirar lo que somos -con impaciencia o nostalgia según los casos- hasta que de pronto aparece la pequeña luz estimulante, con esas concreciones fuera-de-la-edad, como el cargo importante recibido anticipadamente o la posibilidad de jugar “bien” el deporte favorito. Es entonces cuando llega algo que se parece al equilibrio y que siempre es una sensación abierta y luminosa, una satisfacción y renacido entusiasmo.
Algo fuera de las expectativas ha abierto una ventana.
La luz no sabe de cronologías ni de límites. Por eso muchos egresados de la escuela secundaria -hace cincuenta o más años- se reúnen, comparan cabelleras (o su falta), abdómenes (si no se ven a simple vista mejor) y también, con una seriedad inaudita y profunda, el estado general del cuerpo, funciones y las no deseadas deficiencias, pero siempre poniéndole énfasis al saldo positivo: “estamos” bien, podemos reunirnos cuando queremos y aptos para proyectos a nuestra exacta y deseada medida.
Los jóvenes no saben todavía que ellos tendrán, en la futura edad que ubican como “a la vuelta de todo”, una nueva adolescencia, esa que tanto los impulsará. Tendrán la posibilidad, la recibirán con total placer los entonces casi plenos, y se sentirán aludidos por la Canción del Estudiante (“los que lo son los que lo fueron antes”) y dirán, mirando hacia adelante, que uno es joven cuando decide serlo.
Es así. Simplemente así. Si en esa nueva vista al tiempo transcurrido desechan la palabra edad (un capricho de la cronología que no impone nada) es porque han comprendido que el tiempo vivido es solo una relatividad -y no una condena- y que lo que cuenta es ese motivador nuevo y esperanzador: la predisposición para saborear las horas, asumiendo el placer de todo lo que implica vivir.

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