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Suplemento Aire Libre 18 de septiembre de 2017 Por
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Relatos de caza: La Tigresa de Champawat

TIGRE ANTROPOFAGO.  Asoló una región de la India y se le atribuyen 436 muertes.


Edward James “Jim” Corbett nació el 25 de Julio de 1875 en Nainital, India. Descendiente de ingleses fue cazador, conservacionista, escritor y famoso por matar a un gran número de tigres y leopardos devoradores de hombres en la India. Corbett tenía rango de coronel del ejército colonial de la India Británica y fue llamado con frecuencia por el gobierno para matar tigres y leopardos que habían matado a personas de los distritos de Garhwal y Kunaon. Su éxito en esta tarea le ganó mucho respeto entre los pobladores locales hasta el punto de llamarlo “sadhu” (santo). Luego de su retiro como militar y cazador escribió sus andanzas y cacería en varios libros, “Los devoradores de hombres de Kumaon”, “El tigre del templo” y otros más. En todos ellos Jim Corbett habla sobre la necesidad de proteger del exterminio la vida silvestre de la India y la importancia del conservacionismo. Uno de los parques nacionales más importantes de la India, en 1907, fue bautizado como “Parque Nacional Jim Corbett” en su honor. En 1907 es comisionado por el gobierno de la India para cazar una tigresa que, en la región de Champawat (Nepal) había dado muerte a más de 450 personas. Luego de llegar a la región y buscar datos sobre la fiera, Corbett se entera que en una aldea había dado muerte, hacía pocas horas, a una joven de 16 años. Siguiendo el rastro de sangre y las cuentas azules del collar de la joven Corbett logra alcanzar a la fiera: “Una batida era en verdad muy difícil, pues la escarpada ladera que daba al norte, donde dejara al felino, era boscosísima y, según un cálculo aproximado, tendría un kilómetro de largo por tres cuartos de ancho; pero de todos modos, si podía conseguir que los campesinos siguieran mis instrucciones, tendría una razonable oportunidad de lograr mi pieza.
Cuando los hombres estuvieron reunidos y recibieron las municiones, los llevé hasta la cumbre de la montaña donde se encontrara la camisa de la joven y, señalando un pino en la montaña opuesta, que había sido herido por un rayo y descortezado, les dije que se alinearan a lo largo de la lomada y que cuando me vieran agitar un pañuelo desde bajo el pino, los que estuvieran armados dispararan y los demás batieran sus tambores, gritaran e hicieran rodar piedras cuesta abajo.
El pasto tenía casi sesenta centímetros de alto, me ocultaba en parte, y, si me mantenía inmóvil, había una gran probabilidad de no ser visto. Frente a mí tenía la montaña guarnecida por los hombres, y la estrecha garganta por donde esperaba que pasara la tigre quedaba detrás de mi hombro izquierdo. Un verdadero pandemonio se había desatado en la lomada. A la fusilería se agregaban el salvaje batir de los tambores y los gritos de centenares de hombres; cuando el alboroto se hallaba en su punto culminante, pude ver a la tigre saltar a un declive herboso situado entre dos barrancos, frente a mí, a la derecha, y a unos trescientos metros de distancia.
 Apenas avanzó un trecho cuando el tahsildar, desde donde se encontraba, bajo el pino, disparó los dos cañones de su escopeta. Al oír los tiros, la tigresa dio un salto en redondo y se volvió por donde había llegado; cuando ya desaparecía en la espesura, levanté mi fusil y disparé desesperado y al azar detrás de ella. Vaciló a este segundo tiro, pero continuó avanzando con las orejas pegadas a la cabeza y los dientes al descubierto. Me acercaba al arroyo, cuando la tigre salió detrás de un arbusto y apareció en la roca salediza y tomando como blanco la boca del tigre, disparé. Afortunadamente, estaba casi agonizante, y este último disparo acabó con ella. Quedó con la cabeza colgando sobre el borde de la roca. Los hombres me pidieron que no la desollara allí y que les permitiera, además, llevarla antes de la caída del sol hasta sus pueblos, argumentando que, si sus mujeres no lo veían con sus propios ojos, no creerían muerto a su temido enemigo”.-

Pistolas argentinas con acero alemán

Como en muchos ámbitos, en el de las armas circulan creencias, leyendas o mitos que si bien muchos se encargan de asegurar su veracidad, son de difícil comprobación. A continuación relatamos uno de los más discutidos en los últimos años.
 El 17 de diciembre de 1939, frente a Montevideo por orden de su capitán, H. Langsdorff, se hundió en aguas uruguayas el acorazado alemán Graff Spee. Este había sido el azote de los barcos aliados hundiendo barcos de transporte de alimentos, material bélico y buques de guerra. Meses antes su capitán, luego que el hundimiento de barcos mercantes en el índico disminuyera a consecuencia del desvío ordenado por los ingleses, decidió operar en el atlántico. Enterado de un convoy de barcos mercantes que pasaría cerca del río de la Plata hacia allí se dirigió. Desobedeciendo órdenes en el viaje entró en combate con el Ajax, el Achilles y el Exeter resultando seriamente averiado. Por ello su capitán decide refugiarse en las aguas neutrales de Montevideo y efectuar las reparaciones necesarias. A todo esto, el almirantazgo británico enterado del hecho destacó al crucero Renown y al portaviones Ark Royal para cortarle la retirada. Langsdorf al verse acorralado ordenó el desembarque de casi toda la tripulación, zarpó y a pocos kilómetros ordenó barrenar el casco hundiendo al buque. Tres días mas tarde se suicidó en la habitación de su hotel.
A todo esto, muchos años antes, en 1925 don Carlos Ballester junto a su socio Eugenio Molina instalan en el barrio de caballito en Buenos Aires, una planta fabril destinada a la producción de armas, automóviles, motores Hispano Suiza y repuestos a la que denominan “Hispano Argentina Fábrica de Automóviles S.A. (HAFDASA). Hacia los años cuarenta, teniendo en cuenta que, como consecuencia de la 2º guerra mundial, el acero era un material que escaseaba, HAFDASA compra en Uruguay material de desguace del acorazado Graf Spee. Este había permanecido semisumergido durante mucho tiempo y una empresa lo había comprado para su desguace y posterior venta de la chatarra. Es así que la fábrica argentina adquiere parte de ese material que luego utilizaría en la fabricación de sus productos. Entre las armas fabricadas, la de mayor prestigio es la pistola cal. 45 sobre un diseño basado en la Colt 1911. Para muchos especialistas mejor aún que la propia Colt al tener menor cantidad de piezas y ser de una construcción de gran calidad. Por ello, entre los amantes de las armas las pistolas Ballester Molina y Ballester Rigaud gozan de un prestigio especial. Primero, por ser un ejemplo de la alta calidad de la industria nacional y segundo, porque dice la leyenda que fueron construidas con el acero alemán del Graf Spee.-


Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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