No ayudar al adversario

Notas de Opinión 13 de septiembre Por
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PERON. Murió en el poder. FOTO ARCHIVO
PERON. Murió en el poder. FOTO ARCHIVO
Por Rodolfo Terragno (*)

Salvador Dalí lo sabía: “Lo importante es que hablen de ti. aunque sea bien”. Para él, lo ideal era que se lo despreciara. Cuanto más feroces eran sus críticos, más fama adquiría él, y mayor valor tenían sus cuadros.
Algo semejante ocurre en política. El ataque obsesivo y generalizado a un personaje lo mantiene en el centro de la escena, impide su desgaste, no deja a nadie indiferente y galvaniza a los sectores que lo apoyan. Esa es la lección que jamás aprendió el antiperonismo. Siete décadas no le alcanzaron para advertir que al peronismo (cualquiera sea la forma que adquiera en cada momento) no se lo destruye denunciando corrupción y condenando su desapego a la democracia. Lo probaron las distintas variantes de esa misma fuerza: 1973-1976, 1989-1999, 2003-2015.
El (la) peronista de a pie no presta atención a lo que se dice acerca de su ocasional líder (lideresa) sino que se fija en quién lo dice e imagina por qué. Si desde “la oligarquía”, “la derecha” o “los medios” se acusa a ese líder (lideresa) de corrupto (corrupta) o totalitario (totalitaria) los fieles consideran que -sea verdad o mentira- la acusación es un arma infausta de “los enemigos del pueblo”. El caso por excelencia es el del propio Perón. Quienes pretendieron destruirlo hicieron su gloria. En 1955, cuando “el Líder” abandonó el poder y se trepó a una cañonera paraguaya para ir, río arriba, a refugiarse en Asunción, el adjetivo “cobarde” inundó los discursos de los victoriosos.
Más tarde la quinta de Olivos se abrió para que una multitud viera los innumerables vestidos de Dior, las pieles y las joyas de Eva Perón: un stock de riqueza y lujo que, según un desproporcionado noticiero de la época, no había tenido “ninguna reina de ningún país del mundo”. Eso, sentenciaba el antiperonismo, demostraba la “hipocresía” y el “cinismo” de la “abanderada de los humildes”.
En ese afán de cremar al peronismo, la llamada Revolución Libertadora cayó en una antológica violación de las libertades. Convirtió en delito, punible con hasta seis años de prisión, el acto de pronunciar públicamente o consignar en la prensa “el nombre del presidente depuesto o el de sus parientes”, así como la exhibición de fotografías, retratos o esculturas “de los funcionarios peronistas o de sus parientes”, el escudo y la bandera peronista y las expresiones peronismo, justicialismo, justicialista o tercera posición”.
No queriendo dejar nada fuera del Index, los redactores de la prohibición la extendieron a “las expresiones significativas”, un ambiguo concepto que permitía al poder sancionar lo que quisiera.También la hicieron comprender a “las doctrinas” peronistas, previendo que fuera más de una, y que otras fuerzas se basaran en ellas. Y hasta las “obras artísticas” peronistas, porque ni el arte podía evocar al “tirano prófugo”.
Ese obsesivo ataque a Perón lo hizo, increíblemente, el centro de la atención pública durante dieciocho años.
Por cierto, las prohibiciones -hechas públicas, discutidas y violadas- le dieron aún más fuerza al acusado. Los militares mantuvieron durante ese largo período, su obsesión y su miedo, compartidos por políticos que no dejaron de dedicar ataques personalizados a Perón y a sus cambiantes herederos.
El intento más dramático consistió en quitar el derecho a voto a la ciudadanía peronista. Durante largos años, los peronistas no pudieron votar por candidatos propios. Salvo, inútilmente, en 1962, cuando Frondizi levantó la proscripción y el peronismo ganó en las urnas la gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Frondizi fue por eso derrocado y la elección anulada. En 1966, el general Onganía encabezó un triunfante golpe militar e instauró la llamada Revolución Argentina, que según el propio Onganía no tenía “plazos sino objetivos”. El principal de los objetivos era el fin del peronismo. Los militares estaban dispuestos a retener el poder hasta que Perón muriese. La que murió fue la Revolución Argentina. Y Perón, victorioso sobreviviente, volvió al balcón de la Casa Rosada, convertido en prócer contemporáneo, amado hasta por hijos de sus antiguos enemigos. Murió, al fin, pero en el poder. Los antiperonistas le habían levantado un involuntario pedestal al “cobarde”, al “corrupto”, al “ innombrable”, al “tirano prófugo”, al “proscripto”. Al hombre a quien, creyendo que lo destruirían, habían mantenido durante dos décadas en el centro de la escena.
No hay otro Perón, pero el antiperonismo ha ido alimentando sustitutos. Cinco décadas antes de Cristo, Sun Tzu enseñó en El Arte de la Guerra que “la mejor estrategia es atacar la estrategia de los adversarios”. No a sus jefes.
La política no debe ser guerra, sino confrontación. De ideas y proyectos, no para destruir sino para impulsar el crecimiento del país y su gente. Lo ideal, como predicaba Sun Tzu, es superar al adversario “sin darle batalla”.
Pero hay, en la democracia, tiempos de lucha (pacífica) como lo son los previos a una elección. En esos tiempos hay que mostrar la superioridad de las ideas y proyectos propios. Sobre todo, de aquellos que constituyen -como decía aquel genial chino- “la principal fortaleza de uno y la principal debilidad del adversario”. El ataque obsesivo a una persona transforma fortalezas en debilidades. Sugiere inferioridad.
El propósito debe ser la derrota, por ejemplo, de propuestas que tiendan a fracturar a la sociedad, que siembren odios e impidan los consensos. No se trata sólo de evitar la ayuda involuntaria al adversario, como se lo ayudó a Perón y a sus sustitutos. Se trata de sustituir ese propósito de destruir por la voluntad de construir. De reemplazar los slogans por la reflexión. De convocar a quienes piensan distinto. De practicar la genuina democracia. De sustituir el “anti” por el “pro”.
(*) Político, escritor y diplomático. Es actualmente embajador argentino ante la UNESCO.

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