NO SABEMOS DEBATIR COMO CORRESPONDE

Sociales 12 de agosto Por
Sensaciones y sentimientos
Se nos ocurre que ganar una discusión debe proporcionar a algunos una satisfacción equivalente a ganar un campeonato mundial de Fórmula 1.
En cualquiera de los órdenes sociales e institucionales -privados o públicos- de trascendencia nacional o de grupos con intereses locales, se da con frecuencia la diversidad de opiniones; es natural, casi nadie piensa exactamente igual que aquél con el que más se siente identificado.
Así surge el debate, circunstancia habitual en el trato entre personas, y es bueno aclarar que entre discusión y debate semánticamente hay una muy fina línea divisoria, trazada por el respeto hacia el otro como persona con derecho a opinar.
La discusión puede darse en buenos términos, por supuesto: no es necesaria nunca la agresión cuando se va a considerar, entre dos o más, cualquier situación de opinión dividida. También existe otro límite muy preciso; se puede (y se debe) atacar solo la idea del otro, porque la agresión a la persona sin dudas supera la idea del tratamiento civilizado, sea discusión o debate.
Como no tenemos un conocimiento cabal de cómo resuelven esta controvertida ecuación en otras latitudes (sí suponemos que lo hacen con más respeto a la persona que nosotros) podemos decir, atendiendo a lo que vemos en televisión, escuchamos en radio y escuchamos a diario en la ciudad, que los argentinos no sabemos debatir.
Más de un lector en disidencia con este último punto estará pensando no es así y que si hemos formulado ese rotundo no sabemos, deberemos demostrarlo. A eso vamos.
Es cotidiano -demasiado- ver cómo las diferencias de opiniones se resuelven preferentemente por dos vías que, como diría Borges, son miserables y/o despreciables. El primer método, posiblemente el más usado, es levantar la voz hasta tapar la del otro, alzándola a la altura máxima que permitan amígdalas y capacidad torácica, al mismo tiempo que se profieren contundentes adjetivos hacia el otro con el fin de rebajarlo en todo lo que se pueda, todo ello para terminar la cuestión en pocos momentos y seguir adelante con el camino y tareas previstas que, si no fuera porque se encontraron con ese menos ilustrado, ya estarían llevando a cabo. Como se ve, la cuestión pasa también por no perder el tiempo en discusiones inútiles e innecesarias.
El otro sistema tiene la variante de que no necesita del uso de la voz alta (que también es una forma de grito) y de que sólo es preciso hablar-hablar-hablar, conectando rápidamente una idea con la precedente y la posterior, casi sin pausas para la respiración, uniendo elementos argumentales que casi siempre poco tienen que ver con el punto que se debate y que se juntan para ocupar espacio y tiempo y apabullar al disidente con un torrente verbal de palabras tal, que no solo no sepa a qué punto contestar (porque no se le ha dado tiempo), sino que empiece a aburrirse de ser solo un pasivo par de oídos y se retire sin más dejándolo solo al otro hablando-hablando-hablando.
Las dos son formas de no respetar a los otros, de instalarse por encima de ellos. En los dos casos se da por descontado de que el otro no es digno de debatir con nosotros, y el ganador de la discusión queda esperando en su imaginado podio de Fórmula 1 que le entreguen la botella de champagne. Claro, hay muchos ejemplos más, pero son parecidos o con ligeras variantes a los mencionados.
Los argentinos no sabemos debatir como corresponde, y eso es malo. Pero como en todas las cosas, siempre hay algo peor: hemos instalado el hábito de no querer corregir esa gruesa falla y más aún, consideramos haber llegado a esa gradación como un triunfo nuestro.
 

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