Los desafíos de la educación

Las nuevas tecnologías tienen un fuerte impacto en la educación y en la adquisición de conocimientos. Motivar a los alumnos es uno de los desafíos pedagógicos actuales. Internet ha sido un avance tan revolucionario como democrático.
FOTO ARCHIVO INTERNET./ Su impacto en la educación.
FOTO ARCHIVO INTERNET./ Su impacto en la educación.
Por Daniela Enrique y Hugo Degiovanni. - Es casi una obviedad tratar de explicar que los conocimientos, en la actualidad, se multiplican rápida e indiscriminadamente a través de las nuevas tecnologías.Y sin embargo, la educación permanece tradicional, resistiéndose al incipiente cambio de paradigma y a la necesidad de revisar sus didácticas. Así, enseñar los contenidos académicos y motivar a los alumnos para que aprendan significativamente, se fueron convirtiendo en algunos de los desafíos pedagógicos actuales.
El acceso al conocimiento -a partir de Internet- pasó a ser tan revolucionario como democrático. Aquí deviene la necesidad de los docentes de hoy: obligatoriamente deben estar predispuestos para iniciar estos cambios, sobre todo porque el proceso de aprendizaje de un maestro siempre implica continuidad, significa que se transforme en “usuario inteligente” de las nuevas tecnologías y que sea capaz de incorporar esta virtualidad a sus clases de modo eficiente, a la par de sus alumnos nativos digitales.
Se trata de capitalizar esta gran disponibilidad de conocimientos. Es impensable, actualmente, creer que un docente puede valerse sólo de los conocimientos adquiridos en su formación de grado para realizar su tarea. Y resulta mucho más ilógico pretender que se enseñe siempre lo mismo y se utilicen las mismas estrategias pedagógicas durante toda su vida. El conocimiento se va multiplicando velozmente y, por lo tanto, los contenidos asimilados inicialmente por los docentes durante su formación, devienen cada vez más desactualizados. Por ello, la educación continua es fundamental, así como lo será reconstruir sus saberes, cuestionarse, seguir estudiando, acrecentar su capital de trabajo. Esto significa que además de enseñar,  reciclen sus procesos de aprendizaje mediante nuevas estrategias como la investigación, la resolución de problemas y conflictos, los estudios de campo, incursionen en experiencias de laboratorios, simulaciones, etc. 
A través de la historia y del testimonio de grandes pedagogos sabemos que el maestro debe “aprender a aprender”; podrá luego enseñar a sus alumnos que -más allá del aprendizaje escolarizado- será casi una obligación desarrollar el pensamiento crítico, la curiosidad y sobre todo la duda. Cada maestro debe cuestionar su propia práctica, cambiar la forma tradicional de enseñar, apropiarse de nuevas estrategias de enseñanza-aprendizaje, volver a ubicarse en el lugar del aprendiente... Por sí mismo, también irá transformando su práctica en función de las necesidades de sus alumnos, y podrá interpelarse a partir de sus experiencias y capacidades.Y van surgiendo, paradójicamente, más interrogantes que respuestas: ¿qué significa ser un buen maestro?, ¿por qué el mundo actual precisa “nuevos” docentes?
“Hacen falta maestros porque no estamos solos en el mundo, y porque los que ya estaban, y entienden más o menos cómo funcionan las cosas, tienen el deber de orientar a los que recién llegan”, expresó alguna vez María Concepción Fernández Lacour (Mery), profesora de Matemática que nació en Corrientes hace mucho tiempo ."Un buen maestro es el que sabe enseñar". ¿Y qué es saber enseñar?, la consultaron. "Transmitir lo que uno sabe". ¿En qué consiste educar?  “Educador es aquel que no hace una fila de burros y una fila de buenos. El chico tiene que tener valor de sí mismo para poder caminar. Uno tiene necesidad de saber que puede hacer las cosas, para hacerlas", relata Ida Deagna, otra pedagoga de las de antes, quien además considera que "un buen maestro es el que sabe adaptarse a lo que es 'ese' chico, porque para todos no es igual. Está aquel que en un momento necesita una palabra fuerte, y está aquel a quien una palabra fuerte puede destruir".
Hugo Di Taranto, también maestro, confirma que "no se puede enseñar sin alegría. No es posible enseñar, ni el chico puede aprender, con el terror. El chico tiene que aprender suelto". Y las preguntas se suceden volviéndose infinitas: ¿qué necesita un maestro para trabajar en una escuela actual?, ¿se valora la experiencia? Ser maestro implica mucho esfuerzo, trabajo, dedicación, estudio, vivencias y acompañamiento de colegas, padres y demás ciudadanos…Y exige la presencia de un extra, un plus o valor agregado: la vocación. Se la define como una misión, o el legado de una herencia (a veces anónima, siempre mayorante, diría Piaget) que se prolonga en la historia de cada alumno, atravesada por una mirada amorosa de las infancias y adolescencia. Aunque también podemos, como alumnos, relatar otras anécdotas, que son las que pudieron marcarnos penosamente en nuestra niñez. Volvamos a la revolución tecnológica actual que, a veces tan deshumanizada, instaló como una epidemia otros tipos de conductas en las escuelas. Y también deshumanizó los vínculos entre pares, inmovilizó a las autoridades escolares y a los padres, surgiendo así la incertidumbre, la ignorancia y el “no te metás” tan naturalizado. Tan dañino. No debemos olvidar que son muchas las horas que pasa un niño en el ámbito escolar. Se habilita -o se restringe- su necesidad de ser escuchado.
Además, imperiosamente habría que hacer hincapié en la educación en valores, animarse a reforzar algunas estrategias iniciales de enseñanza-aprendizaje (saludar, pedir permiso, dar las gracias, elogiar el proceso y no los resultados...) y a desandar trayectos que sabemos nos conducen siempre al mismo lugar porque son siempre los mismos. El acoso escolar existe, la violencia en todas sus manifestaciones existe, los abusos existen, el consumo indebido de sustancias y de alcohol existe, el hambre existe, el abandono existe... y se visibilizan en cada escuela. Todos los hechos indeseables, reales, están implicados en el término “inclusión”; pero desde un lugar negativo. Quien conoce alguna de tales situaciones y  no hace nada, le falta el respeto a la diversidad étnica, cultural, social, religiosa, familiar, personal de cada uno de sus alumnos... y a toda la integración e inclusión que pregonan las políticas socio-educativas actuales. El rol de los docentes, maestros o profesores, es decisivo y trascendental frente a una situación de vulnerabilidad de sus alumnos. Implica no tener miedo, establecer límites claros y dejar de permanecer indiferentes ante cada problema. También sabemos que esto “de meterse” acarrea consecuencias, por eso es tan necesario trabajar interdisciplinariamente y en redes, sostenerse en grupos operativos, construir entre toda la comunidad educativa un plan de Convivencia. Y hablar. Siempre.
Elegir ser maestro es un bello y generoso intento por saldar las deudas contraídas con los maestros que uno tuvo, endeudando, a la vez, a otros. Así la cuenta seguirá abierta y pendiente, y las sumas y los saldos nunca darán cero.

Daniela G. Enrique es profesora universitaria y licenciada en Psicopedagogía; especialidad Psicopedagogía con orientación Clínica; profesora titular de Psicología y Epistemología Genética, Psicología, UCES Rafaela.
Hugo A. Degiovanni es abogado, especialista en la Enseñanza de la Educación Superior (CONEAU), licenciado en Gestión de Instituciones Educativas.  

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