AIRE LIBRE

Suplemento Aire Libre 04 de septiembre de 2017 Por
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NAUTICA: EL MOTOR FUERA DE BORDA

Una de las condiciones para decir que el motor fuera de borda está correctamente colocado es que la embarcación tenga un deslizamiento óptimo cuando navega. Es decir, navegue “planeando” con un mínimo del casco sumergido en el agua. Para ello se debe optimizar la condición de planeo con la menor resistencia del agua.  Al momento de la salida, la hélice ejerce una fuerza propulsora en el sector más bajo de la lancha, por la cual la proa se levanta. Es entonces cuando quien conduce no tiene visibilidad hacia proa, y sólo con el aumento de velocidad logrará que la proa vaya bajando hasta llegar a la posición de planeo.  Sin embargo, siempre nos encontraremos en situaciones en las que no podremos “planear”, como cuando navegamos en zonas de velocidad restringida, o bien cuando hay mucho tránsito de embarcaciones. Así no podremos desarrollar la potencia necesaria, y lo más común es que se circule con la proa levantada, aunque hay motores que vienen con este ingenio llamado “power trim” que nos dejará jugar con el trimado de la lancha para ponerla en una buena posición de navegación.  Pero, ¿a qué se llama trimar? Es dar el ángulo a la pata del motor respecto al espejo de la embarcación. El trimado es una acción que corrige el asentamiento longitudinal de la lancha pero no tiene efecto sobre el lateral. En los motores fuera de borda pequeños este ángulo se fija manualmente en función de la distribución de la carga en la embarcación. Y la posición no puede ser modificada en navegación. En estos casos conviene, antes de salir, que la carga se desplace hacia adelante para que la proa no se levante excesivamente al comenzar a navegar.   Básicamente, se puede decir que subiendo el trim, es decir, alejando la pata del motor del espejo (trimado positivo), se levantará la proa y, por el contrario, acercándolo al espejo (trimado negativo), bajará.  Lo correcto sería que la pata del motor esté colocada perpendicular a la línea superior del espejo de popa. Pero, como decíamos, las circunstancias de navegación pueden cambiar según la velocidad, la distribución de la carga y, por ejemplo, el oleaje. Con oleaje de frente se levanta la proa por lo que se deberá corregir (cuando se pueda) hacia un trimado negativo. Con oleaje de popa o muy cargada por detrás el trimado será positivo.



LA PESCA
Alguien dijo una vez: “A un pescador, solo lo entiende otro pescador”... y sí, es así.  El hombre que tiene esa caña en la mano ya no es un hombre, es un niño. Un niño alimentado por la esperanza. Esa esperanza que anula el tiempo, que lo hace interminable para algunos y  demasiado corto para nosotros.  Más de una vez hemos estado en un bote o lancha por doce horas y cuando el sol cae o el guía dice "Volvemos al puerto", nos preguntamos: ¿Ya está?.  Nunca totalmente satisfechos, porque cuando no pescamos nada queremos revancha, pero cuando nos pescamos todo, queremos volver al otro día para repetir esa jornada.  Eso es la pesca,  un regreso a la niñez, un volver a la esperanza que la vida cotidiana  muchas veces nos quita. Ese mirar la boyita, aguardando que se hunda.  Esa maravillosa sacada de nylon, para ver la explosión de un dorado al tensar la línea.  La elección de esa mosca, luego de pasar tiempo observando que está comiendo la trucha.  Eso es la pesca.  La sencillez,  simplemente eso. El recuerdo inconsciente de esa primera pesca con nuestro viejo. El brillo en los ojos de nuestro hijo al ser parte de esa salida en la que se siente importantísimo por semejante tarea, mientras nosotros silenciosamente explotamos de orgullo de verlo haciendo lo que nos apasiona.  La salida entre amigos y tantos otros escenarios que todos nosotros guardamos en nuestras retinas y nuestro corazón. Es por eso que la pesca es maravillosa. Lo simple en la vida, siempre es lo más lindo.  Y volver a ser un niño, aunque sea por un rato... es simple, es maravilloso. (Texto de autor anónimo extraído de una red social en internet)

RELATOS: LA COSTA DE LOS DIAMANTES
Por Héctor Espilondo. Los diamantes fueron desde siempre – y lo seguirán siendo mientras el mundo sea mundo – la joya más preciada y símbolo indiscutible de poder y riqueza.  Hoy en día la mina más grande del mundo se encuentra en Argyle (Australia) pero sus gemas son de bastante menos calidad y precio que los producidos en la famosa “costa de los diamantes” en Namibia, Africa, donde el quilate promedio llega a valer más de 300 dólares contra los 8 dólares de su competidor australiano.  El descubrimiento de esta increíble riqueza se produjo allá por 1908 cuando Namibia era una colonia alemana y solo conocida por los excelentes trofeos de caza mayor que se podrían obtener en su territorio.  Un empleado ferroviario recogió en las vías unas piedras que le llamaron la atención y de inmediato se procedió a declarar zona prohibida a toda aquella costa de más de 100 km de extensión por cinco de ancho.  Las gemas aparecieron luego de un período geológico que comenzó hace 2800 millones de años.  En las profundidades terrestres a más de 150 km bajo tierra. Unos trozos de carbón, por efecto del calor y la presión se comprimieron hasta formar cristales de diamante.  Ese material luego de millones de años fue expulsado  a la superficie por una erupción volcánica y arrastrados por las lluvias más de 2000 km hasta el mar. Más tarde las olas los trajeron hasta la playa donde fueron cubiertos por la arena.  Los diamantes están en el fondo de una capa de grava de unos dos metros de espesor que cubre el lecho rocoso; pero encima de ellos hay hasta 18 metros de arena por lo que diariamente una enorme flota de maquinarias debe remover 140.000 toneladas de arena para después de un largo proceso obtener unas pocas gemas que valen una fortuna.  Como un diamante pequeño puede valer 50.000 U$S y  ocultarse en una caja de fósforos excitando a cualquier ladrón, las medidas de seguridad son tan extremas que, por ejemplo, todo lo que entra al área de trabajo (herramientas, máquinas, vehículos) no salen más. A los camiones, una vez cumplida su vida útil – se los abandona en el lugar ya que sale más barato que hacerle una inspección para impedir que se lleven una piedra escondida.  Todo el área de trabajo está rodeado por cercas electrificadas y vigiladas con la más moderna tecnología. Por supuesto los empleados que abandonan su turno de trabajo también son revisados exhaustivamente hasta con rayos x para evitar el robo.  En una última fase los diamantes son tallados por expertos artesanos logrando joyas donde un diamante terminado de 18 quilates puede valer 50.000 U$S el quilate… pero… si una dama adinerada se enamora de él, sin dudas su precio será mayor.-

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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