En busca de… Carlos “Calica” Ferrer, testimonio

La Palabra 05/08/2017 Por
Amigos sin fronteras Es uno de los dos amigos de Ernesto “Che” Guevara que concretaron viajes en motocicleta de jóvenes. Conoció al otro acompañante que fue Alberto Granado, autor del primer libro donde relata la experiencia de atravesar confines para afirmar ideales que tituló “Con el Che por Sudamérica”. En esta charla confirma los valores humanos que supieron defender y lo que significó estar cerca de un líder que el mundo sigue recordando a diario.
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archivo Marea Editorial - Permanencia: La amistad de Carlos "Calica" Ferrer y Alberto "Petiso" Granado quienes nunca olvidaron a su compañero Ernesto "Che" Guevara

LP - ¿Cómo se conoció con Alberto Granado?

C.F. - Bueno, yo a Alberto Granado lo conocía ya cuando hicieron todos los preparativos del viaje. Lo conocía más a su hermano Tomás, que era al primer Granado que Ernesto Guevara de la Serna conoció, que era compañero de él en el colegio de Deán Funes de Córdoba. Tomás que era de la edad de él y de la mía más o menos lo llevó a su casa, Ernesto iba mucho, y ahí es donde se empatota con Alberto y surge la idea del viaje famoso en la Norton 500.

LP - ¿Dónde vivía en ese momento la familia de Granado?

C.F. - La familia de Granado vivía en Córdoba y Ernesto la mayor parte de su vida vivió en Alta Gracia, diez años y pico, después fueron a Córdoba donde estuvieron un par de años y después se fueron a Buenos Aires donde Ernesto empezó a estudiar medicina e hizo toda la carrera en la UBA. Ernesto y Granado planean en Córdoba el viaje en moto entre mate y ginebra y ginebra. Por eso yo estaba al tanto de lo que pasaba y ahí conocí al querido “Petiso” Granado. Para ser más preciso, empiezo a saber de las cosas que van pasando en el viaje -y lo recordé mucho el mes pasado cuando pusieron la baldosa en Aráoz y Mansilla en la ciudad de Buenos Aires donde fue la casa de la familia de Ernesto- porque su mamá Celia me llamaba a mí diciéndome “vení porque llegó carta de Ernestito”. Ernestito escribía siempre cartas larguísimas, pero muy amenas, llena de detalles de todo lo que iban viviendo. Recuerdo que leía eso y decía ¡qué viaje me perdí!, pero claro, lógicamente en una moto no caben más que dos, más en esa moto que llevaban de todo. Así fueron los golpes que se dieron en el camino. Ahí tuve el primer contacto con lo que después sería el libro. Después de eso cuando viajo con Ernesto, entre las cosas que hablábamos Ernesto y yo, él me contaba todas las cosas del viaje, me contaba lo que yo ya había leído, más cosas que no le podía escribir a la madre, ese tipo de aventura de chico. Tanto es así que en algunos momentos le decía “bueno, no me lo contés porque ya me lo contaste”. Después que me separo de Ernesto en Guayaquil, sigo y atravieso el norte de Ecuador, todo Colombia, todo Venezuela, llego a Caracas y me encuentro con el “Petiso” Granado, que estaba trabajando allá como bioquímico en el leprosorio de La Guaira, que era un lugar muy importante. Así que hicimos yunta, muy amigos, muy compañeros, muy de vernos, el me invitaba todos los fines de semana al leprosorio que quedaba sobre el mar y de allí íbamos a la playa, todo me salía gratis, comíamos ahí y de noche salíamos de garufa con él. Y con Granado volvíamos hablar del libro. Así que ya tenía tres versiones yo: la leída, la escuchada de Ernesto y la de Granado. Cuando se hace la película “Diarios de motocicleta” que la dirige muy bien y hecha por Walter Salles, que es un director muy conocido en el mundo, con dos actores como son Rodrigo de la Serna y Gael García Bernal, viene a Buenos Aires Granado y su familia y va a parar a la casa de De la Serna, adonde yo iba a menudo, y fui a almorzar. Me acuerdo que era tal el cariño que le tenían que a De la Serna no le gustaba mucho que saliera, se dedicaba exclusivamente al “Petiso” Granado que es un tipo muy, muy simpático, muy entrador, muy querible. Me acuerdo que fuimos a ver la película con quien hizo las motos para el viaje, un mecánico de motos, un artesano que armó dos motos exactas más la que rompieron en la película que tenía pinta de moto. Ahí Granado dijo que había algunas cosas que no son reales porque como todo libro había que echarle un poco de picante, de pimienta. El libro me gustó mucho, me gustó mucho la película, en los entretelones parece que se divirtieron mucho en la filmación. Una de las cosas que me acuerdo, de la primera vez que fuimos a almorzar a lo que De la Serna, le pregunté aparte a los dos actores qué opinaran de Ernesto Guevara y los dos me dijeron que eran admiradores del “Che”. Otra cosa que me pareció muy graciosa como detalle: Granado era muy petisito, Ernesto le llevaba una cabeza. Cuando les hice notar eso a la producción, de la Serna me dijo: “Pero sí hombre, sabés que Gael se pasó toda la película haciéndome seña con la mano para que lo emparejara”. Una película muy divertida, la prueba está que ha tenido un éxito notable, se ha visto en todo el mundo, está traducida a muchos idiomas. Con Alberto Granado éramos muy amigos, a veces pasaba tiempo sin vernos, pero cuando nos encontrábamos nos sentábamos y el hijo -Albertico- decía: “¿De qué hablan ustedes tanto tiempo?”. Y era sobre el mismo tema: sobre Ernesto, sobre el viaje, sobre la vida.  

LP - Cuando lo vio a Granado después de su viaje...

C.F. - Estando en Caracas con Granado, teníamos unas cartas con Ernesto que estaba en Guatemala. Hasta nosotros le mandábamos unos mangos que él lo agradeció y lo cuenta en un libro: “Calica y Alberto me han mandado unos mangos que me han venido muy bien porque he podido comprar yerba, he pagado la pensión”. Hasta que en un momento dado  nos llama la atención no tener noticias de él. Y un día el “Petiso” Granado viene con la tapa del diario Nacional que es el diario más importante de Venezuela y me dice: “Mirá”. Había una foto grande y se leía: “Cubanos intentan invadir la isla de Cuba. Al frente un abogado, fulano, sultano, y un médico argentino Ernesto Guevara de la Serna”. No te puedo decir la impresión que  nos dio, pensando en qué estará metido éste, porque no sabíamos muy bien de qué se trataba, y él tampoco podía escribirlo en una carta porque la policía estaba detrás de ellos y todo lo hacían a escondidas.

LP - ¿Cómo llegaba esa carta, ese dinero?

C.F. - Correo por barco. Así como por ejemplo para llamar por teléfono a Buenos Aires te podías pasar veinticuatro horas esperando turno.

LP - ¿Y  cuando triunfa la Revolución?

C.F. - Cuando triunfa la revolución, Alberto me dice un día: “Voy a ver qué pasa, tengo ganas de irme para allá”. Se fue, viajó a Cuba, Ernesto lo recibió exactamente con el mismo afecto que había tenido cuando eran amigos. Como Ernesto trabajaba tanto, le decía: “Mañana tengo que salir en avioneta para revisar una parte de la isla, venite conmigo porque en el avión podemos conversar ya que vamos solamente con el piloto”, así que hizo varios viajes con él. Y lo convenció de que se fuera a Cuba, porque Granado quería saber de qué se trataba esa revolución porque después tenía que llevar a su mujer y a Albertico y a Delia chica, y con la familia ya era otra cosa. Se fue a Cuba, le gustó y decidió irse. Me acuerdo que Ernesto había estado con él, le preguntó por mí, y me mandó a decir exactas palabras: “Decile a Calica que lo espero cuando quiera, que se venga, pero que sepa que rompemos relaciones con el mundo occidental en poco tiempo”. Como diciéndome que si yo estaba tratando de ayudar a mi familia como hacía desde Venezuela, en Cuba eso era imposible. Tanto es así que mandó una cartera de regalo, y un amigo mío me decía que eso era para decir que a mí me gustaba más la guita que los ideales (risas), y la tengo ahí como un recuerdo muy especial. Y Granado me dijo que se iba para allá, y se fue a trabajar a Santiago de Cuba que es uno de los que comenzaron la Escuela de Medicina, después hizo otras cosas. Muerto Ernesto, años después en el noventa me invitaron a ir a Cuba, pero en el ínterin Granado había hecho varios viajes a Buenos Aires, hizo un viaje a Córdoba. Así que nos veíamos mucho y siempre teníamos muchos temas para hablar de Ernesto. Me acuerdo que nos despedíamos y yo le decía mirándolo: “Prohibido morirse”. Y él me decía lo mismo a mí, hasta que un día incumplió la palabra y se fue.    

LP - ¿Cómo se enteraron que el “Che” había sido prisionero y fallecido?

C.F. - Estando en Bolivia el “Che” ya se sabía que eran las últimas acciones de la guerrilla en ese país, sale la foto de un cadáver que se supone era de Ernesto. Yo en ese momento estaba en Caracas, la vi y se ve que mi subconsciente me traicionó y dije: “Este  no es Ernesto”. Después arreglaron un poco el cadáver y como consecuencia de la vida que hacía el aspecto no parecía ser él. Después Granado me contó que el mismo día que salió la foto, Fidel Castro le mandó la foto que tenía él a Granado a la casa para ver si era Ernesto, Alberto lo confirma y ahí Fidel da la noticia que Ernesto había muerto. Después cada vez que hablábamos de Ernesto siempre había una novedad que me contaba él alguna cosa que no sabía.

LP - Sabiendo que era el cadáver del “Che”, ¿se hicieron funerales?

C.F. - No, porque estuvo como cadáver N.N. durante treinta años, aunque se lo recordaba siempre. Supongo que le han rendido homenajes, donde Granado habrá estado en primerísima fila. Inclusive la casa donde vivió la familia Granado cuando se traslado de Santiago de Cuba a La Habana, se la consiguió Fidel. Y así fue, Granado se quedó allá. La última foto que hay de Granado con vida se la sacó un muchacho que le mandé a él y fue a visitarlo a Cuba. Le sacó la foto y al día siguiente se acostó a dormir la siesta y no se despertó más, Granado ni se dio cuenta cuando falleció.

LP -. ¿Qué análisis hacían ustedes de la vida del “Che”, de sus actitudes, y del proyecto tan aventurero?

C.F. - Orgulloso de todo lo que hizo Ernesto, de su conjunción, de su hermanamiento total con la revolución cubana y con Fidel. Hay un dato que te voy a dar para discutir esa terrible mentira que hacía correr la CIA en el mundo de que Fidel lo había abandonado al “Che” y estaban distanciados. Si vos tomás el libro donde está el cuaderno del “Che” de Bolivia, el día veintiséis de julio -faltaba agosto, setiembre y algo de octubre, y ya las cosas no andaban bien- Ernesto hace una suspensión de actividades y durante una hora hace un homenaje al “Movimiento 26 de Julio” a Fidel. Quiere decir que no fue así, lo que pasó fue que estaban incomunicados, y estaban aislados porque habían perdido por el camino los artefactos para hacer las conexiones. Tengo el facsímil del Diario del Che en Bolivia que me envió Evo Morales y viene en una reproducción de su mochila también.

LP - Historias de vida para recordar siempre.

C.F. - Puedo escribir un libro de todas las anécdotas que tengo con Granado. Esa es a groso modo de la historia de mi amistad con Alberto Ganado y lo que puedo decir sobre el libro “Con el ‘Che’ por Sudamérica”.

por Raúl Vigini

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