AIRE LIBRE

Suplemento Aire Libre 10 de julio de 2017 Por
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La leyenda del Braco de Weimar

foto: "Braco de Weimar: belleza, elegancia y trabajo en un solo perro"

Si entre los perros de caza confeccionáramos un ranking de elegancia y belleza el Braco de Weimar o Weimaraner estaría entre los primeros puestos. El “Weimaraner” es un perro que llega a Argentina hace dos décadas e ingresan los primeros ejemplares como perro de compañía y exposición. La raza se fue difundiendo pero, - pese a que se conocían sus virtudes para la caza - luego de algunos años se comenzó a utilizar como perro de muestra y cobro. Tal vez por ello, al principio, algunos cazadores miraron con desconfianza a esta raza a la hora de elegir un perro que lo acompañe en sus cacerías. El pointer, el bretón español, el Braco Alemán y el Húngaro ocupaban las preferencias de los cazadores. Hoy, con muchos años de campo, si elegimos un Weimaraner de buena procedencia tendremos un perro muy cariñoso, que se adapta fácilmente al grupo familiar y que además es un excelente compañero de caza. Elegante en el trote tiene una muestra segura y un cobro rápido y firme. Es un animal más inclinado a la dominancia que a la sumisión por lo que el adiestramiento debe ser firme sin ser violento. De procedencia Alemana existe una leyenda que embellece aún más a esta raza de perros de caza: “Resulta que, hace algunos siglos, un príncipe alemán recibió un regalo de parte de uno de los mejores orfebres del reino, una talla de plata de un perro de caza y le dijo que cada noche y cuando ningún humano pudiera verlo dicha estatua cobraría vida y recorrería todas sus posesiones, como si fuera un fantasma, vigilando así sus territorios.
Una de esas noches el príncipe pudo observar la transformación de la argentada escultura en perro vivo y enamorado de tanta belleza recurrió al embrujo de una hechicera real; así el Braco de Weimar de plata cobró vida y quedó -desde entonces- encarnado en lo que es hasta hoy día”. Podría decirse que es como una estatua llevada a la vida debido a su gran tamaño y su elegante porte. Lavonia Harper, autora de varios libros sobre las distintas razas de perros de caza, entre ellos uno dedicado a esta espectacular raza, cita en ella esta descripción tan poética: "Un espectro gris en medio de una pradera cubierta por la bruma, una ilusión óptica de plata líquida que se diluye en la niebla. Dos ojos dorados que rasgan la calma.... ¿Una visión, una obra de arte o un antiguo cánido?”
Debido a esta sensación que provoca -de alma vigilante en la noche- su pelaje gris plateado, brillante, combinado con las brumas nocturnas, la niebla enlazada en la vegetación y la arboleda, recibe el apelativo de "fantasma gris" o "fantasma plateado" siendo muchos los artistas, cazadores y aficionados al mundo del perro los cautivados por su naturaleza y compañía.


Relatos: el pescador solitario
Por Héctor Espilondo
Venía viajando por un camino rural cuando tuve que cruzar un puentecito sobre un pequeño arroyo que más que eso era solo un canal por donde corría un hilo de agua, pero que se transformaba en un torrente importante en épocas de grandes lluvias. Todas las corrientes de agua están conectadas entre sí y siguiendo el declive natural del terreno van a desaguar en los ríos de mayor caudal. Siguiendo la trayectoria inversa y atraídos por la comida que la corriente trae, muchos peces suben la corriente para aprovechar esa abundancia momentánea. En ese pequeño arroyito alcancé a ver en una de sus orillas un pescador solitario arrojando su línea. Picado por la curiosidad de saber que podría estar pescando en ese desolado lugar me acerqué para charlar con el pescador. Seguramente me traicionó la sonrisa socarrona que esbocé al ver el aparejo que utilizaba: una rústica caña de tacuara, unos pocos metros de piolín de albañil, un corcho haciendo las veces de boya y un anzuelo común de esos blancos espineleros. El hombre a modo de disculpa me dijo: “Que le va a hacer amigo no tengo un reel como la gente pero sin embargo me la rebusco bien… mire lo que tengo hasta ahora”. Sacó una bolsa de arpillera que tenía en el agua y me mostró tres lindas bogas y un dorado que había pescado. Me contó luego que después de las grandes lluvias sube mucho pescado y que iba a ese lugar a despuntar el vicio luego de su trabajo en un tambo cercano. Siempre volvía a casa con moncholos, dientudos y bogas. Me dijo después que había vivido tiempos mejores cuando había tenido su propio campo por el sur de la provincia donde había una laguna muy grande y podía pescar no solo pejerreyes sino que además abundaban las aves de caza. Con unos amigos tenían una embarcación de madera a la que le habían abulonado en la proa una culebrina (un pequeño cañón que todavía se puede ver en películas de piratas). Lo cargaban por la boca; primero una buena cantidad de pólvora negra que ellos mismos fabricaban, luego taconeaban la pólvora y -siempre por la boca- le ponían municiones, tornillos, bulones, clavos, lo que sea. Se acercaban navegando silenciosamente a remo entre los juncales a las inmensas bandadas de aquel entonces: patos, gansos, cisnes, etc. Cuando levantaban vuelo encendían la mecha y salía el disparo. Había que agarrarse bien de la borda ya que el retroceso hacía tambalear la embarcación. Cuando la puntería había sido buena los resultados eran extraordinarios pues las presas se contaban por docenas. Seguramente debe haber visto algunos gestos de incredulidad en mi rostro porque enseguida dijo: “En aquellos tiempos la cacería no era un deporte como ahora sino un medio de supervivencia y de esta forma teníamos comida para un largo tiempo”.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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