Los chicos en la calle: ¿te animás a estar en su lugar?

Información General 11 de enero de 2011 Por
“Sin una infancia sana, amasada y entera es impensable una Argentina mejor. Porque un país que condena a sus niños a las mínimas posibilidades de desarrollo es un país que se condena a sí mismo..." (Alberto Morlachetti)
NOTA II

Al acercarnos a “La casona de los pibes”, organización civil que atiende a chicos que carecen de atención familiar durante el día (en relación a ello ver nota publicada el pasado sábado por este medio), su precursora, Ana Santucci, nos explicaba el modo de pensar a los chicos como “sujetos con derechos y sujetos políticos capaces de decidir el día a día de sus vidas, más allá de la mirada del adulto”.
De acuerdo a esa perspectiva, el domingo 12 de diciembre, en el marco de la Marcha por Silvia Suppo, organizada por el espacio Verdad y Justicia por Silvia Suppo, la institución participó con una intervención callejera a través de un cuadro en donde la gente podía fotografiarse junto al mensaje: "Si miramos todo desde la inseguridad, vemos detrás de cada pibe un prontuario. ¿Te animás a ponerte en su lugar?"
Maricel López, colaboradora del lugar, comentó a LA OPINION que: “la idea fue trabajar los Derechos Humanos con los pibes de acá; que ellos puedan ubicar en un dibujo al adulto, quienes ven que vulnera sus derechos y en qué situación se ubican ellos. A partir de ese trabajo salieron cosas muy locas. Lo primero que salió es la cuestión de la policía, pero salieron otras cosas, por ejemplo, los pibes dibujaron gente con guardapolvo, como médicos o maestros. Y nos llamó la atención que uno de los dibujos hablaba del alma mula como adulto. El alma mula en la jerga popular es el abusador, generalmente relacionado al vínculo de la familia incestuosa. Y que alguien dibuje eso cuando hablamos de derechos humanos nos movilizó a seguir trabajando. Porque esta es una cuestión cultural, más allá del Estado, parece que está aceptado socialmente”.
Los niños en situación de calle son un reflejo de la realidad económica, política y social del país; y la principal causa por la que llegan a las calles en lugar de estar en la escuela y la familia está vinculada en la mayor parte de los casos a las condiciones socioeconómicas porque cuando los padres están excluidos del mercado laboral, por ejemplo, la situación repercute en los chicos.
Estos pibes ven vulnerados sus derechos pero paradójicamente son vistos por la sociedad como "potenciales delincuentes", y muchos de ellos terminan presos de las acciones de un sistema que, en lugar de restituir sus derechos vulnerados, pareciera, los castiga por ser pobres.
¿Qué pensamos cuando un niño se nos acerca en la puerta de un supermercado? ¿O cuando los vemos en una esquina, o cuando nos dejan una estampita en bondi? ¿Cómo los vemos? ¿Los miramos a los ojos?
Maricel, continúa explicando: “El trabajo de los Derechos Humanos se trabaja con los pibes no como una clase en una escuela sino continuamente, por ejemplo a través de los juegos o en los llamados momentos de asambleas. Es decir, ellos no nos plantean los temas directamente pero los expresan, por ejemplo, cuando llegan muy acelerados o cuando te agradecen. Pero cuando vos le brindás un espacio como este, los pibes se sienten cómodos”.
En la construcción de un día a día mejor, en esa convivencia donde la comprensión y el cariño ocupan un lugar significativo, es valiosísimo el aporte de dos seres especiales: Claudia Elsener y Ramona Ramallo, las dos personas que están en todo momento con los pibes de la Casona.
En una nota de Alberto Morlachetti titulada “¿Son irrecuperables”?, el autor explica: “No se trata de recuperar al chico para la sociedad puesto que si está en la calle, es la sociedad la que ha producido su expulsión. Se trata de crear las condiciones individuales y colectivas para generar el lugar social que desde la comunidad, la escuela, la familia le ha sido negada. O, en otros casos, desde estos mismos ámbitos se tratará de potencializar los precarios lazos y soportes que mantienen su lugar.
Suele pensarse, en este sentido, que con brindarle abrigo, alimento, cariño, comprensión, será suficiente para que "no vuelva a la calle". Es necesario, desde el principio, alejarse de las consideraciones simplistas, románticas e idealistas que, como conducen al fracaso, terminan por confirmar el prejuicio acerca de la "irrecuperabilidad" del chico de la calle, adscrito al estereotipo que le asigna como destino el delito”.
“Es honra de los hombres proteger lo que crece, cuidar que no haya infancia dispersa por las calles, evitar que naufrague su corazón de barco, su increíble aventura de pan y chocolate” (Armando Tejada Gómez).

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