Por Bryan J. Mayer
“El cambio es un tren de alta velocidad” expresa el Dr. Ricardo Lorenzetti frente al auditorio de la Universidad del CEMA. Reconoce rápidamente que, sin embargo, los grandes problemas humanos son siempre los mismos. El punto está en que a diferencia de otros tiempos, advierte el rafaelino, ahora la sociedad está cada vez más fragmentada y es gradualmente menos frecuente la homogeneidad entre los miembros de un mismo grupo social o comunidad. Es decir: en una misma fábrica puede haber tantas ideologías o afiliaciones partidarias como número de empleados. La estrategia de causa común es cada vez menos posible por esto.
Ante ese planteo, lo que captó la atención del autor de este artículo durante la presentación del último libro del ministro de la Corte es la premisa de su título: “El liderazgo del caos”. No solamente por la relación mental que uno hace automáticamente a una exquisitez de análisis comunicacional y político como es la obra de Da Empoli cuyo nombre es muy similar, “Los ingenieros del caos”, sino por el desafío que imprime y que el experto en derecho remarcó: “¿cómo se conduce una sociedad fraccionada?”. Sucede que Da Empoli expone los mecanismos para construir caos y Lorenzetti propone cómo superarlo.
Hay un severo error cuando se apunta contra la población al cuestionar la famosa “falta de participación”. En realidad, es uno de los primeros efectos de la “falta de representación” por parte de entidades colectivas.
Para acotar la exposición, estas líneas se apoyarán únicamente en un actor social que, en el marco dado, fue puesto en el estrado: las instituciones civiles de representación intermedia. En el ámbito local, como en el mundo, hay sobradas muestras de la crisis que tienen para conectar con la realidad de sus representados.
La velocidad de los cambios, las divisiones sociales y las distintas crisis (coyunturales o estructurales) que afectan a las sociedades generaron un estado de disociación entre lo planteado en los estatutos institucionales y lo que efectivamente realizan sus autoridades en el ejercicio diario.
La crisis de representación se ve manifestada de diversas maneras: instituciones que dejan de tener y buscar impacto u opinión en la toma de decisiones por incapacidad de explotar los recursos que existen como herramientas o comisiones directivas cuya prioridad de no ofuscar al nivel político está por encima de favorecer los intereses de sus representados.
En el peor de los casos se ven cambios casi extremos en los roles institucionales: los dirigentes civiles dejan de trasladar las inquietudes del sector a las oficinas del poder para - en sentido contrario - canalizar argumentos y excusas de los decisores políticos hacia el sector al que debieran representar. Es decir, la génesis en esta cadena de representatividad no es su ausencia, sino que se distorsionó en las instituciones a quién debe representarse y cómo hacerlo. Se invirtió la representación.
“Repolitizar la democracia es fortalecer los valores humanos” exclamó el Dr. Lorenzetti. En términos ideales, no es necesario ser politólogo para compartir el deseo de “más y mejor política” que algunos proponen como intermediación de conflictos, más aún en este tipo de instituciones civiles. Sin embargo, las alarmas mencionadas anteriormente reclaman medidas reales y concretas de manera urgente.
“No miren arriba” es una película citada por el juez para ilustrar que algo catastrófico está por suceder y nadie parece prestarle atención. Eso pasa ahora mismo en las entidades civiles.
Una salida a esta situación suele ser crear nuevas organizaciones que buscan cubrir el vacío. Esto es una trampa, ya que solamente crea más actores detrás de los mismos intereses y con menos fuerza en los hechos, por la dispersión que se genera. En su lugar, quienes conducen las estructuras intermedias deberían volver al cumplimiento de sus bases constitutivas.
Si no dejan de administrar hacia abajo las decisiones del poder en lugar de volver a representar a los suyos, no solamente habrá instituciones vacías sino un escenario de lucha individual de intereses que terminará en una nueva y final “ley de la selva” del “sálvese quien pueda”.