Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Notas de Opinión Lunes 13 de Julio de 2026

La infancia convertida en vidriera. Redes sociales, rendimiento y niños obligados a demostrar

La infancia dejó de ser solo vivida; también empezó a ser mostrada.

Agrandar imagen Florencia Sanabria, autora de este artículo.
Florencia Sanabria, autora de este artículo. Crédito: Archivo

Columna de opinión por la Dra. Florencia Sanabria*

Antes, muchas conquistas infantiles quedaban en la intimidad de la casa: una palabra nueva, un dibujo, una caída, un berrinche, una comida rechazada, una noche difícil. Hoy, gran parte de la infancia ocurre bajo una cámara real o imaginaria. Los niños son fotografiados, comparados, exhibidos y evaluados en un escenario social donde cada logro parece necesitar prueba pública. La infancia dejó de ser solo vivida; también empezó a ser mostrada.

En ese contexto, las redes sociales no funcionan únicamente como entretenimiento. Funcionan como un sistema de comparación permanente. Una madre ve a un niño de dos años recitando letras, otro contando en inglés, otro haciendo deporte, otro comiendo vegetales sin protestar, otro sentado perfecto en una actividad. La conclusión aparece de inmediato: mi hijo debería poder hacer eso. Y si no puede, quizás algo esté mal.

El niño queda entonces bajo una doble presión. Por un lado, la presión directa de las actividades, terapias y demandas tempranas. Por otro, la presión indirecta de representar una imagen familiar exitosa. Ya no alcanza con crecer: hay que demostrar que se crece bien. Ya no alcanza con jugar: hay que jugar de una manera que parezca estimulante. Ya no alcanza con hablar: hay que hablar pronto, claro y, si es posible, frente a otros.

En mi libro El niño bajo presión desarrollo esta idea: la infancia contemporánea está siendo atravesada por una exigencia de rendimiento que se disfraza de cuidado. Muchas decisiones se presentan como oportunidades, pero cuando se acumulan sin medida terminan saturando al niño. A los dos años, algunos niños ya tienen agendas con múltiples actividades, espacios terapéuticos, estimulación, idiomas, deportes y rutinas diseñadas por adultos que temen que cualquier pausa sea una pérdida de tiempo.

El problema no está en ofrecer experiencias enriquecedoras. El problema aparece cuando la experiencia deja de responder a las necesidades del niño y empieza a responder a la ansiedad adulta. Un niño pequeño no necesita vivir como un adulto en miniatura. Necesita repetición, previsibilidad, juego libre, contacto corporal, sueño, alimentación adecuada, exploración, vínculos seguros y tiempo no productivo. El aburrimiento, tan desprestigiado, también construye funciones psíquicas y cognitivas.

La exigencia de que a los dos años ya sepan letras, hablen fluidamente, participen sin resistencia y respondan con gracia a cada consigna desconoce la complejidad del desarrollo. Hay niños que requieren evaluación y apoyo, por supuesto. Pero evaluar no es presionar. Acompañar no es acelerar. Estimular no es invadir. Y detectar señales de alarma no debería convertirse en una obsesión cotidiana que transforme cada gesto infantil en una prueba de normalidad o fracaso.

Las redes también intensifican otra práctica: buscar respuestas inmediatas ante cualquier diferencia. Si un niño no habla como el video que una madre vio, se prueba un suplemento. Si no come como otros, se cambia la dieta. Si tiene berrinches, se piensa en trastornos. Si rechaza una actividad, se interpreta como problema de conducta. La mirada adulta, colonizada por la comparación, pierde la capacidad de preguntarse por el contexto: sueño, cansancio, sobrecarga, cambios familiares, exceso de demanda o simplemente edad.

La exposición también afecta la intimidad del niño. No todo logro necesita ser compartido. No todo llanto necesita explicación pública. No toda dificultad debe transformarse en contenido. Los niños tienen derecho a atravesar procesos sin convertirse en material de validación adulta. La pregunta ética es incómoda pero necesaria: ¿estoy mostrando a mi hijo para celebrar su desarrollo o para calmar mi propia inseguridad frente a la mirada de los demás?

En esta época, muchas madres viven una maternidad vigilada. Se les exige estimular, alimentar perfecto, detectar precozmente, consultar rápido, no medicar de más pero tampoco de menos, no llegar tarde pero no exagerar, no comparar, pero estar atentas. Esa presión puede llevar a decisiones impulsivas: dietas sin control, cambios de leche, suplementos, terapias acumuladas y rutinas imposibles. La madre queda atrapada entre el miedo a fallar y la promesa de que siempre hay algo más para hacer.

El niño bajo presión invita a frenar esa lógica. No para negar los diagnósticos ni minimizar dificultades, sino para recuperar una mirada humana, clínica y evolutiva. Un niño no es un perfil en redes, no es un proyecto de rendimiento, no es una vitrina de crianza exitosa. Es un sujeto en desarrollo. Y desarrollar no significa cumplir expectativas ajenas a los dos años. Significa tener tiempo, cuidado, límites, juego, salud y adultos capaces de mirar más allá de la pantalla.

* Médica especialista en Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes

Seguí a Diario La Opinión de Rafaela en google newa
Comentarios

Te puede interesar

Teclas de acceso