Por Tito Valenti
Libreta de ahorro
Hay cosas que después de mucho, muchísimo tiempo transcurrido, cuando aparecen en nuestra memoria pareciera que esta nos jugó una mala pasada, “mostrándonos” algo que no se ajustaría cabalmente a la realidad evocada. Es que hoy, esas cosas del pasado pueden parecernos raras, hasta francamente inverosímiles.
Por ejemplo, recordar que cuando éramos pibes -allá en la década del cuarenta- podíamos comprarnos un helado...¡con cinco centavos! Claro que era el más chiquito de los que se vendían entonces. Era un vasito de pasta de escasos cinco centímetros de altura, y de un solo gusto: o chocolate, o crema, o limón......Pero... ¡cómo lo disfrutábamos ! Sobre todo si se lo “comía” a la hora de la siesta, comprado a doña María, la heladera ambulante, con su blanco y enorme sombrero, que en su carrito tirado por un solo caballo (que también tenía su sombrerito para protegerlo del sol) recorría despaciosamente las calles de aquella Rafaela del ayer, la mayoría de tierra.
¡Cinco centavos! En aquellos tiempos las “chirolas” servían y se las cuidaba. Con monedas podía comprarse un kilo de pan o uno de azúcar; recordemos que a esta última (fuese en terrones o molida) se la vendía suelta. Precisamente porque las monedas tenían valor, a los pibes se les regalaba una alcancía (¿los chicos de hoy tienen alcancía?) para inculcar el hábito del ahorro. Las había de distintas formas y materiales (una casita, un buzón postal de los que estaban en las esquinas, etc.), pero la más común, la clásica, era el chanchito de cerámica. Lo malo del chanchito era que cuando se llenaba, sólo podía vaciárselo tomando la “heroica” decisión de romperla. ¿Qué monedas se ponían en la alcancía? Las que uno se “ganaba” haciendo los mandados de la casa, algún regalo del padrino o de alguna visita, etc.
Una forma de crear la “cultura del ahorro”, era fomentar el uso de la Libreta de la Caja Nacional de Ahorro Postal (entidad creada en 1915, durante la Presidencia de Victorino de la Plaza), tarea compartida por padres y docentes. Las estampillas que se pegaban en la libreta como constancia del “depósito”, se las compraba en el Correo o en la misma escuela. Había estampillas desde uno y dos centavos. También en el servicio militar la libreta de ahorro era obligatoria para cada “colimba”. Allí se les depositaba mensualmente parte del “sueldo”, y a la “baja” recobraban el total de lo depositado.
Hoy, una de aquellas libretas de la Caja de Ahorro es una reliquia que más de un coleccionista quisiera tener. ¿No le parece?
Dios mediante, será hasta el próximo sábado. Chau.
Tito Valenti
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.