Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Locales Domingo 30 de Enero de 2011

El peón y el mediero en la Colonia Rafaela

Cuando los inmigrantes, a pesar de no ser propietarios de la tierra que labraban, recibían la mitad de la cosecha, lograban un importante ahorro que, en muchos casos, después les permitió adquirir su propio campo.

Blanca M. Stoffel

Por Blanca M. Stoffel

SEGUNDA PARTE

Resulta evidente que el hecho de recibir la mitad de las cosechas era absolutamente redituable lo que les permitía a los inmigrantes en muy poco tiempo hacerse de algún dinero y acceder a la propiedad de la tierra.
Otro hecho que evidencia la instalación de medieros en nuestros campos desde el primer momento, es la circunstancia de que muchos de nuestros inmigrantes compraron tierras en lugares distantes unos de otros. La compra de concesiones en varios sitios, véase por ejemplo el caso de Storero o el de Lorenzatti, les impedía atender simultáneamente todos los campos, a lo que se sumaba la carencia de caminos y medios de transporte. Necesitaban pues de medieros. El Inspector de Colonias Bouchard, decía en 1882 “…son 69 las familias que han comprado tierras pero solamente 11 de ellas se han instalado” (10), pues los que han comprado en Rafaela ya son propietarios de concesiones en Cavour, San Carlos, Esperanza, San Agustín, Humboldt, Nuevo Torino y Franck.
Lo asegura también don Guillermo Lehmann en una carta que envía a Gabriel Carrasco su administrador (11), en la que le informa: “Santa Clara y Egusquiza, las que estando vendidas en su mayor parte han quedado abandonadas otra vez a causa del bajo precio del trigo, que hace imposible allí el cultivo mientras no tengamos medios de transporte, circunstancia sobre la que no me extiendo más, porque lo creo a Usted demasiado al corriente del asunto…”.
Esto nos hace pensar también que no es seguro que los 11 ranchos primitivos que tuvo la aldea recién fundada, hayan pertenecido todos ellos a propietarios de la tierra y que estos hayan residido siempre aquí, desde 1881, o sea desde el primer momento, pues el hecho de ser propietarios en otros pueblos los obligaba en cierta manera a trabajar en una u otra colonia.
Asimismo, resulta muy difícil, por la disparidad de información que se posee, asegurar en qué año vino cada uno de ellos a residir al pueblo de Rafaela.
Claramente lo disponía también Lehmann en los contratos cuando en ellos estipulaba que: “si el comprador no ocupara el terreno en los meses de invierno próximo o lo abandonara después (…) queda autorizado el vendedor a anular el presente contrato tomando para sí el terreno…”.
Don Pedro Pfeiffer como Juez de Paz especifica que: ”Don Juan Balangero a vantonado (sic) las cuatro concesiones de la Colonia Rafaela (…) sin haber trabajado en ellas (…) por lo cual estas se “retroceden” al Sr. G. Lehmann con la vivienda edificada, el pozo cavado y todo lo labrado y sembrado” (12).
Adelina B. de Terragni así lo manifiesta: “Se conservan todos los boletos que atestiguan estas compras y del estudio de los mismos surge que no todos los adquirentes primitivos trabajaron estas tierras y algunos de ellos ni siquiera estuvieron en sus predios para observar el terreno que habían comprado” (13) y agrega más adelante que ”resulta pues difícil establecer con estricta precisión quiénes hollaron la tierra de la Colonia Rafaela por primera vez ya que los documentos demuestran las cesiones, los cambios, las renovaciones y las diversas alternativas de las ventas efectuadas por Guillermo Lehmann” (14).
Sabemos que fueron numerosos los que primero trabajaron como medieros o braceros en Pilar, Esperanza, San Agustín, Franck y Las Tunas antes de poder adquirir las tierras que deseaban trabajar para convertirse en propietarios.
Los inmigrantes que arribaban a Santa Fe venían en su gran mayoría de Europa con distintos destinos y con diferentes ambiciones. La mayoría de ellos, los que venían del Piemonte eran chacareros pero otros tenían profesiones: eran albañiles, carpinteros, herreros, sastres o peluqueros. Muchos de ellos se instalaron en los pueblos o en las todavía incipientes ciudades. Casi todos desconocían el idioma y allí empezaban las primeras dificultades para integrarse a una sociedad. Gran parte de ellos eran descendientes de aquellos terribles “frigoribus infames alpinorum”, esto es infames y despreciables hombres de los Alpes (15), llamados así por los romanos.
De allí proviene posiblemente su fortaleza, su tenacidad para el trabajo, su perseverancia frente a las adversidades. Los hemos visto en infinidad de fotografías descender de los barcos que los trae a la tierra prometida, vestidos con ropas usadas y oscuras, hombres, mujeres y niños, los rostros curtidos y ceñudos y en los ojos desesperanza.

JORNALEROS
Algunos llegaban “sin familia y entonces se establecían en alguna fonda, se insertaban en el medio como jornaleros, dependientes, carreros o desarrollando cualquier oficio para los cuales muchas veces no estaban suficientemente capacitados” (16).
Sobre el particular Guillermo Perkins dice: “El desconocimiento de las posibilidades que brinda nuestro país, convierten lamentablemente, a un buen artesano en policía o vendedor de naranjas” (17). La necesidad de poblar con cierta urgencia el territorio mediante las ofertas de empresas particulares y del mismo Estado, incrementó la afluencia de inmigrantes quienes hacían viajar poco después de su arribo a los parientes más cercanos relatándoles en sus cartas las posibilidades de trabajo y el futuro que se les ofrecía en América. Añade García: ”Que el predominio de esta etnia (la italiana, sobre todo la piamontesa) evidenció la necesidad de continuar con sus costumbres, su idioma, todo aquello que les recordara la Italia natal, al mismo tiempo que existía un recelo de confiar algo de su privacidad en una persona que no fuera un connacional. Y en este sentido se mantuvieron aferrados a sus tradiciones” (18).
¿Qué hacía el colono cuando necesitaba mano de obra para que le ayudara en las tareas de la siembra o la cosecha? Contrataba por días a jornaleros o braceros a los que alojaba en el galpón de la chacra. Allí tenían un techo para dormir durante todo el tiempo que durara el trabajo. García nos cuenta que: “El colono iba en carro a buscar a los jornaleros que empleaba al pueblo con una chata tirada por caballos, donde cargaban colchones, ropa y hasta el brasero que utilizaban para cocinar sus alimentos” (19).
También se acercaban a las chacras desconocidos que deambulaban por los campos en busca de trabajo. Se los solía llamar “linyeras” o “aparceros”. A estos se los trataba con cierto recelo pues venían desprovistos de todo, sólo con un atadito de ropa en el extremo de un palo que portaban sobre el hombro. Pero cuando era muy necesaria la mano de obra, en tiempos de la cosecha, se los contrataba por extrema necesidad. Eran inmigrantes también como los otros, pero sin destino fijo. Estos braceros o aparceros aparecieron en la época de la organización nacional y eran contratados como cuidadores del campo y de la hacienda, a cambio de un tercio de la cría y entonces se los llamaba “tercianeros” y constituyeron un ejemplo más del proceso de colonización que sentó las bases de un modelo de desarrollo que hoy ha desaparecido desplazado por la tecnología.
También hubo otros jornaleros a los que se les llamó “golondrinas” a los que define Daniel Imfeld como “mano de obra flotante” y el ”desplazamiento de los cuales generaba en los meses de cosecha un panorama de activo movimiento en las chacras y en los pueblos” (20).
La mayoría de los inmigrantes extranjeros que se radicaron en los pueblos y en las pequeñas ciudades, se adaptaron más rápidamente al medio, amoldándose a las particularidades argentinas casi de inmediato. Fueron también quienes insertados en la sociedad llegaron a ocupar cargos públicos, actuaron en los clubes y en las sociedades benéficas, ocupando los espacios más importantes dentro de la comunidad.
También lo hicieron algunos de los primeros chacareros que después de varias exitosas cosechas lograron obtener una “posición” desahogada y vinieron a residir al pueblo en donde construyeron una casa confortable con ladrillos y pisos de mosaicos, abandonando el primitivo rancho. El caso más conocido es el de Francisco Lorenzatti.

(10) Inspector de Colonias P. Bouchard, 1882
(11) Nota de G. Lehmann a Carrasco de fecha 26 de marzo de 1884.
(12) Citado por Emilio Jullier en: La Fundación de San Jerónimo del Sauce. Conferencia inédita.
(13) Terragni, Adelina B. de. Historia de Rafaela. Ciudad santafesina. 2da. Edic. Santa Fe, Colmegna, 1972, pág. 32
(14) Ibidem pág. 34
(15) Borga, Laura. En la tierra de promisión. Villa María (Córdoba) Tall.Graf. Imprs., 2002, pág. 13
(16) García, Lía Claudia. Historia integral de Arequito ob.cit. pág. 54
(17) Perkins, Guillermo citado por Ada Lattuca de Chede en: Breve análisis de la Inmigración Italiana. Anuario de Investigaciones Históricas Nº10 Universidad Nacional de Rosario. Fac. de Filosofía,pp. 331-353
(18) García, pág. 81
(19) Ibid, pág.81
(20) Imfeld, Daniel.

Seguí a Diario La Opinión de Rafaela en google newa

Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.

Te puede interesar

Teclas de acceso