Por Redacción
Una viñeta de José Miguel Heredia muestra a un padre que presenta a su hijto de pocos años en el mostrador de plazo fijo de un banco. Le dice al empleado:"Estoy preocupado por el futuro que deberá enfrentar mi hijo.Quiero hacer un depósito para que lo ayude a vivir cuando sea adulto". El bancario pregunta:"¿Cuánto dinero?"."¡Nada de dinero!", contesta el hombre
Quiero depositar su actual inocencia, su ternura, imaginación, cariño y pureza para que las conserve de grande". A lo que el empleado responde, con seriedad profesional y como disculpándose:" No damos garantía sobre esos depósitos, señor"...
¿Para sonreír? Desde luego. Pero tal vez también para llorar. Porque no deja de ser triste aquella verdad expresada por Braceli:"Los hombres, a medida que nos hacemos adultos, nos vamos adulterando"...
No es exacto decir que nacemos inocentes y que nos arruinamos después (dado que esa "falla de fábrica" que llamamos pecado original está en nosotros desde el momento de existir), pero debemos reconocer que muchas buenas cualidades que florecen espontáneas en la niñez corren peligro de marchitarse después, por influencia exterior o por nuestra propia debilidad.
Para el filósofo Séneca, "nos somos virtuosos por naturaleza, sino que tenemos que hacernos". Algo de razón tiene. Habría que abregar tal vez que si virtud quiere decir fuerza, capacidad, cualidades, posibilidades, las virtudes con que nacemos vienen con nosotros en estado embrionario, y de nosotros depende que ellas se desarrollen o , por el contrario, se atrofien por falta de estímulo.
En otro orden, "la virtud es algo tan bueno que hasta los enemigos la aplauden y admiran", escribió san Juan Crisóstomo; aunque a veces, hay que reconocerlo, las virtudes se tornan molestas hasta para los amigos. Por ello recordemos lo que alguien comentaba con bastante sabiduría:"No basta poseer las virtudes: es necesario que nuestras virtudes no pesen sobre los demás"...
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