Por Redacción
“Yunta oscura trotando en la noche. Latigazo de alarde burlón. Compadreando de gris sobre el coche por las piedras de Constitución”.(1) El Pescante es un tango compuesto en 1934. La música pertenece a Sebastián Piana y la poesía a Homero Manzi. Fue grabado por Canaro con Famá pasando por Lucio Demare con Raúl Berón hasta llegar a Pugliese con Alfredo Belusi. Tuvo una aceptación espontánea por el público porteño y en sintonía con su visión evocadora, Manzi rememora en su letra, el paisaje urbano de los viejos coches victoria o también “mateos” como se los identificaba y eran usados para el transporte urbano de pasajeros. Hasta 1930 fueron de uso masivo en la gran ciudad, luego su número fue disminuyendo en forma gradual, fundamentalmente con la aparición del tranvía ya que este era un medio de transporte más popular.
Se los conocía también como coches de plaza porque aparcaban en las más importantes de Buenos Aires: Congreso, Miserere, Plaza Flores... Hacia mediados de la década del 20 una obra teatral les cambió la denominación: se había estrenado en el Teatro Nacional una obra escrita por Armando Discépolo (hermano de Enrique Santos) la cual narraba la vida de un inmigrante italiano llamado Miguel. En la íntima confesión de su vida colmada de penurias, el tano- cochero le hablaba confidentemente a su caballo que precisamente se llamaba “Mateo”. Desde entonces, a este tipo de carruajes se los comenzó a denominar de ese modo, en una demostración tajante de la influencia que tuvo una expresión cultural en el lenguaje jergal de un pueblo “Tungo flaco tranqueando en la tarde, sin aliento al chirlazo cansao, fracasao en su último alarde, bajo el sol de la calle Callao. Despintao el alón del sombrero, ya ni silba la vieja canción pues no queda ni amor ni viajeros para el coche de su corazón”. (1)
En Rafaela hacia 1923, existían también “las victorias” como se los denominaba por aquella época a este tipo de carruajes. Una de las más caracterizada era la de don Tomás Díaz quien tenía su domicilio en Pueyrredón 938, en lo que se conocía en aquel entonces como el barrio La Feria. En la parte posterior de su casa, depositaba el coche y allí mismo se encontraba la cuadra donde don Tomás guardaba y atendía a los yeguarizos. Contrariamente a los coches que existían en Buenos Aires, las victorias de Rafaela tenían dos caballos, en el caso de Díaz eran de pelaje negro.
Según narra su hija -la famosa Petrona Díaz, docente de alma y a punto de cumplir 100 años- su padre adquirió el coche en Rosario. A tal fin se trasladó a aquella ciudad acompañado por un experto en la materia: Don Evangelista Rossetti, propietario de una de las casas de pompas fúnebres que existían en la ciudad. Este coche tuvo la particularidad de ser el único con ruedas de hierro cubiertas con goma, lo que hacía que el viaje fuera más placentero. Además, los asientos estaban dotados de un mullido capitoné. A cada lado, el coche tenía dos faroles de bronce. En Buenos Aires regía una ordenanza que establecía que “debían llevarse encendidos cuando no hubiera luna llena”. En Rosario, la empresa vendedora (por lo general los coches eran de procedencia francesa) le proveyó al adquirente de una pasta especial que se le aplicaba a la capota para protegerla de las inclemencias del tiempo.
La parada del coche de don Tomás Díaz estaba en el bar La Gloria, frente a la plaza principal, pero obviamente en los horarios en que llegaban los trenes, hacia allí acudía el cochero en búsqueda de clientes. También –me cuenta Petrona- se los usaba mucho para carnaval y para los sepelios. En el primer caso con la capota baja, se los adornaba con flores y era alquilado por señoritas de buena posición económica para pasear por el corso, el que se realizaba en la Avenida Santa Fe “Te acordás de aquella noche, cochero que me quisiste, que contento te pusiste porque un cariño encontré, y aquella otra que apenado me dijiste vea niño: hace un rato su cariño, en otro coche se fue” (2)
Pasaron los años y poco a poco fueron desapareciendo de la acuarela urbana. Irrumpieron los vehículos que los reemplazarían: “autos de alquiler con reloj taxímetro” como se los denominaba por aquella época.
“Viejo coche, que cuando era un muchacho calavera de madrugada ocupé, del pasado me ha quedado como un recuerdo grabado de mis éxitos de ayer, eras nuevo y lustroso y tu buen caballo brioso por el centro te lució, viejo coche, quién diría que a la larga rodarías como también rodé yo” (2).
Fuente: Secreta Buenos Aires. Eduardo Parise. Entrevista a Petrona Díaz 10/10/12.
(1) El Pescante. Tango. Piana y Manzi. (2) Viejo Coche. Tango: Celedonio Esteban Flores y Pereyra. Grabado por Angel Vargas con la orquesta de Armando Lacava.
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