Por Orlando Pérez Manassero
Desfila por las ventanillas el paisaje frío, gris, con un fondo de añosos árboles levemente esfumados por la tenue niebla. El cielo cubierto por nubes oscuras parece anunciar alguna probable llovizna. Pero el pálido sol del otoño se resiste a dar vía libre al mal tiempo y, de vez en cuando, encuentra una pequeña ventana abierta para iluminar el avance del tren por su camino de acero. Dentro del vagón comedor ha concluido el almuerzo y los mozos van y vienen por el pasillo en su afán de retirar la vajilla. Los pasajeros hablan, ríen o contemplan pensativos esa pintura viva que va desplazándose detrás de los vidrios. Alambrados, casas cercanas, casitas lejanas, pastizales, perros corriendo solitarios y alegres detrás de desesperados cuises. De tanto en tanto suena el pito de la locomotora y hay manos agitadas saludando desde algún paso a nivel. Vaya uno a saber porqué pero la mayoría son manos de niños. En el viejo vagón comedor de madera marrón van disminuyendo los crujidos y apenas se escucha el sordo ruido metálico de las ruedas sobre las vías. Por el contrario, aumentan las risas y las conversaciones de mesa a mesa. Alguno que otro viajero ya busca su abrigo. El fin del camino está cerca. De pronto una sacudida y estallan los aplausos. Tras los cristales, el andén de la estación está esperando. Ha concluido el viaje.
No sucedió esto ni a principios ni a mediados del siglo pasado. Fue el fin de semana último, en una tarde de domingo distinta donde los Amigos del Museo Histórico, los integrantes de la Asociación Ferromodelista y Amigos del Ferrocarril de Rafaela con sus invitados, rememoraron de esa manera aquellos viajes que habitualmente realizaban los abuelos hace ya tantos años. Y no era el transiberiano atravesando la estepa sino una máquina y un vagón llegando apenas hasta los límites de nuestra ciudad. La imaginación de los pasajeros hizo el resto. Gracias a todos.
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