Por Alicia Riberi
La bandera, más que un símbolo es nuestra identidad flameando.
A veces veo cómo la agitan en marchas de protesta, en partidos de fútbol, en propagandas, y es cuando me pregunto: somos conscientes de lo que agitamos, que agitamos la historia, que agitamos el esfuerzo de un montón de hombres que la defendieron con su vida… que se enarboló hace muchísimos años para que todos nosotros selláramos nuestra identidad, una identidad que se fue desvirtuando por la corrupción, la mentira, la violencia, la incomprensión, la inseguridad, la ambición… es que hemos perdido la noción, de que somos hijos de una misma tierra, de una patria grande y generosa que cobija a todos, esperando una devolución de amor, de respeto, de protección.
Nuestra bandera no se expresa con palabras, es cierto, pero es que somos tan hipócritas que creemos que ella se yergue orgullosa, cuando la manchan de sangre… se siente cuando la bandera flamea orgullosa porque la sostiene un niño, cuando ocupa el lugar de honor en el acto de una escuela, cuando abre camino un pueblo para que ella desfile altiva. A la bandera no se la usa, se la luce con orgullo, porque nos distingue como integrantes de la nación argentina, porque muchos somos los que la defendemos, aborreciendo la mentira, el engaño, la soberbia, la corrupción.
La bandera no flamea esplendorosa cuando ve a su pueblo sufrir, llorar, tener miedo, cuando ve a un hincha de fútbol morir a sus pies, cuando ve a un montón de argentinos morir porque los trenes funcionan normalmente sin estar en condiciones, más allá de banderías políticas o de quién tiene la culpa y quién no, esto no tiene que pasar y menos aún en el siglo XXI.
A veces reflexiono y mi mente se va muy lejos, tan lejos como recordando a los hombres heroicos de la historia que defendieron la libertad de esta bendita patria, hasta con su propia vida, para que nosotros la disfrutáramos y la cuidáramos.
Yo pregunto a todos los habitantes de esta tierra: ¿podemos disfrutar cada vez que salimos de nuestro hogar de esa libertad que nos regalaron? ¿Cuidamos la libertad de nuestros mayores? ¿O es que ha avanzado tanto la opresión, la imposibilidad de decir lo que queremos, que ya no vemos la posibilidad real de defender nuestra libertad?
La bandera que nos regaló Manuel Belgrano representó un gran ideal, no hay excusas, la debemos defender con el diálogo, con la verdad, evitar que la manchen, con energía, pero sin sangre. Nunca nada vale la sangre de otro argentino, aunque algunos no se priven de derramarla. Los verdaderos argentinos, los verdaderos defensores de nuestra bandera, no derraman la sangre de otro argentino, porque la vida nos la dio Dios y solo él puede quitárnosla, cuando considere que es el momento.
A la bandera se la llama niño, se la llama joven, se la llama anciano, se la llama adulto, para todos hay lugar en la Argentina, nadie tiene derecho a quedarse con el derecho a la vida de otro argentino.
Despertemos del sueño de la comodidad, del confort, del egoísmo, del “no es mi problema”, despertemos de la parálisis que provoca el miedo de decir, porque las generaciones que vienen deben aprender de nosotros y tiene la responsabilidad de engrandecer y sanar a esta bella patria.
Maestros y profesores enseñemos con verdad y con mucha pasión, para que nuestros alumnos sean referentes argentinos en el mundo y portadores de los gloriosos colores de nuestra bandera.
Amo a mi bandera…porque no es un pedazo de paño, es una historia a defender…
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