Por Redacción
Entramos hoy a la Semana Mayor de la liturgia Cristiana. En pocos días sucedieron muchas cosas en la Jerusalén de entonces, como si la vida entera de Jesús fuera una lenta preparación para sus tramos finales.
El domingo de ramos tiene clima de fiesta: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!". Al fin parecía realizarse el antiguo sueño de Israel.
Pero aún los buenos judíos que habían creído sinceramente en ese Jesús tan admirable no llegaron a comprender la enorme tragedia que en pocos días habría de concretarse.
El jueves santo fue la ocasión de la despedida. Sería el último encuentro de Jesús con sus amigos antes de entregarse voluntariamente a los enemigos que lo acechaban. Fue una noche marcada por emociones contradictorias: la amistad y la traición, la seguridad y la angustia, el encuentro y la despedida. En ese clima tan especial se instituyó la eucaristía. Y el sacerdocio. Luego vino el arresto y el juicio inicuo.
El día siguiente se transformó en el "viernes trágico" por antonomasia. Siguieron los juicios, las torturas, la condena, la crucifixión. Tres horas en la cruz fueron demasiadas para un hombre abatido ya por tantas y tan largas torturas. Pero fueron suficientes para que todos los hombres de todos los tiempos fuéramos salvados por su sangre redentora.
El sábado tuvo clima de absoluto duelo. Para muchos, todo había terminado. Para unos pocos, en cambio, la promesa de Jesús se cumpliría: tras la horrible muerte vendría la resurrección gloriosa. Entre ellos, María, su madre, esperaba confiada que la muerte fuera finalmente derrotada.
El domingo a la madrugada, en una hora que nadie pudo precisar, ese cuerpo enterrado volvió a la vida. Un cuerpo diferente -"espiritual", en el lenguaje de san Pablo- no sujeto a las coordenadas del tiempo y el espacio. Simplemente, maravillosamente, un cuerpo resucitado: el primero de todos, el modelo de todos.
Que el pensamiento de ese Jesús triunfante nos haga vivir esta Semana Santa con mayor profundidad que nunca. Y que sus frutos sean abundantes para todos.
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