Por María Florencia Forni
Durante más de 20 años, Silvia Bazilis fue una de las primeras bailarinas del Ballet Clásico del Teatro Colón. Gracias a sus cualidades técnicas e interpretativas, brilló sobre las tablas del mítico escenario porteño de la mano de algunos de los mejores partenaires contemporáneos como Maximiliano Guerra, Raúl Candal y Julio Bocca. También es madre, esposa, y docente. ¿Cómo logra esta mujer llegar y mantenerse en la cima?
Recientemnte, Silvia Bazilis estuvo en Rafaela coordinando un seminario en la escuela de danzas “Isadora”. Y en un brevísimo descanso, compartió un diálogo con LA OPINION.
-¿Cuándo descubriste que querías ser bailarina?
-En realidad no lo descubrí yo sino mi mamá y mis hermanas. Yo era una nena muy traviesa e hiperactiva y en el único momento en el que me quedaba quieta, como extasiada, era cuando pasaban danza. Y fue mi hermana quien propuso que yo estudiase danza y a los 5 años me llevaron a una escuela de zona, a escondidas de mi papá. A él no le gustaban las actividades artísticas, en esa época los prejuicios eran más fuertes.
EL SECRETO
-¿Cuál ha sido el secreto para convertirte en primera bailarina del ballet clásico y mantenerte allí?
-Aclaro, fui una de las primeras bailarinas, en el cuerpo de baile hay cuatro o cinco primeras bailarinas. Y fueron muchas cosas. De mi parte, seguir estudiando siempre, perfeccionando la técnica aun cuando ya era profesional y aún después de haberme retirado. Porque lo que uno corporalmente recibe y logra, si uno lo deja de pulir, se pierde. Pero hubo otras cosas. Dios me dio una oportunidad, me ayudó mi familia, me ayudó mi salud, y emocionalmente fui fuerte para soportar cosas. Es decir, no hay un secreto, sino una conjunción de varias cosas. Y de mi parte, mucho trabajo.
-¿Y qué rol ocupa la religión y la fe en tu carrera y en tu vida?
-Yo no tengo una religión, tengo una relación con Dios. La religión es todo lo que el hombre hace para acercarse a Dios, los rituales. Cuando yo tenía 22 años conocí a un Dios que se relaciona conmigo y yo con él. Y mi fe aumenta a medida que veo que esa relación es vital, que ese Dios no era, como yo creía antes, que Él estaba en el cielo y yo acá, sino que es un Dios que se interesa en mis cosas. Y entonces ya no me sentí sola y ya no tuve miedos para enfrentar las cosas que Él me iba mostrando como elecciones. Te doy un ejemplo, cuando uno es primer bailarín la profesión es todo. Pero yo me casé y en un momento quisimos con mi esposo tener hijos, porque Dios nos había mostrado que la familia era más importante. Y mis compañeros me decían que yo no debía tener hijos porque perdería muchas cosas. Pero yo le hice caso a Dios y tuve dos hijas, y no perdí ninguna oportunidad, ningún rol. Físicamente, recuperé mi peso. Y ahí me di cuenta que al elegirlo a Dios y preferirlo y ponerlo en primer lugar, Él se hace cargo de todas las cosas. Yo siento a Dios involucrado en todas mis cosas. Y no repito oraciones de memoria sino que converso con Él y le cuento como estoy, y soy franca. Y eso hace que yo diga que no tengo religión, sino relación con Dios. Una vez había leído en la Biblia el versículo que decía: “El que se humilla será exaltado”. A mí me habían enseñado que para lograr un rol en el ballet tenía que hacerme ver, no humillarme. Pero yo empecé a probar. Y en clases con coreógrafos extranjeros, en las que participábamos muchos bailarines, todos querían estar adelante. Yo en cambio me quedaba atrás, sin decir nada. Y muchas veces ocurría que se acercaban a mí y me pedían que vaya adelante y me terminaban eligiendo para ocupar roles protagónicos en sus obras.
-¿Qué bailarines te influyeron como referentes o compañeros en esta carrera?
-Por sobre todas las cosas mi maestra Gloria Kazda; con ella estudié desde los 8 años hasta los 41, cuando me retiré. Y mi esposo, que también es bailarín (Hugo Valía) y que al jubilarse, antes que yo, se dedicó a la docencia. Yo tomaba clases con él. Y muchos otros maestros, que confiaron en mí y me dieron importantes roles.
TIEMPO EN LA DANZA
-Cada movimiento del cuerpo comunica algo, una emoción, un concepto. ¿Crees que las personas somos conscientes de todo el caudal de información que trasmitimos con el cuerpo?
-No lo sé. Creo que el que hace una actividad con el cuerpo toma más conciencia y también el que ve muchos espectáculos artísticos y capta que el cuerpo es muy expresivo. Una coreografía, por ejemplo, puede contar una historia o no, puedo comunicar una emoción o un estado de ánimo.
-Y en la vida cotidiana, eso también ocurre…
-Claro y de ello no somos conscientes. Yo por ejemplo soy descendiente de italianos y mucho muevo las manos para habar y siempre recibo comentarios de mi marido. Me gusta observar los gestos de las personas y comprobar cómo con el cuerpo, enfatizan lo que dice la palabra.
-¿Qué consejos darías a los jóvenes que desean dedicarse a la danza?
-El consejo que les daría es que la danza no funciona, como ellos están acostumbrados en esta generación, de modo veloz. Porque ahora estamos acostumbrados a que todo sea rápido, pero la danza funciona con tiempo, dedicación, perseverancia y con una lentitud que el niño de hoy no está acostumbrado. El cuerpo debe habituarse y eso lleva tiempo. Los chicos se decepcionan cuando no les sale algo y lo quieren ya. En la danza, el estudio, en el trabajo el logro es lento.
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