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Información General Martes 11 de Septiembre de 2012

Secreto de la bailarina

Silvia Bazilis, bailarina clásica de trascendencia internacional, estuvo en Rafaela coordinando un seminario de danza. En esta entrevista habla de su profesión y del secreto que la ayudó a llegar y mantenerse en la cima.

María Florencia Forni

Por María Florencia Forni

Durante más de 20 años, Silvia Bazilis fue una de las primeras bailarinas del Ballet Clásico del Teatro Colón. Gracias a sus cualidades técnicas e interpretativas, brilló sobre las tablas del mítico escenario porteño de la mano de algunos de los mejores partenaires contemporáneos como Maximiliano Guerra, Raúl Candal y Julio Bocca. También es madre, esposa, y docente. ¿Cómo logra esta mujer llegar y mantenerse en la cima?

Recientemnte, Silvia Bazilis estuvo en Rafaela coordinando un seminario en la escuela de danzas “Isadora”. Y en un brevísimo descanso, compartió un diálogo con LA OPINION.

-¿Cuándo descubriste que querías ser bailarina?

-En realidad no lo descubrí yo sino mi mamá y mis hermanas. Yo era una nena muy traviesa e hiperactiva y en el único momento en el que me quedaba quieta, como extasiada, era cuando pasaban danza. Y fue mi hermana quien propuso que yo estudiase danza y a los 5 años me llevaron a una escuela de zona, a escondidas de mi papá. A él no le gustaban las actividades artísticas, en esa época los prejuicios eran más fuertes.


EL SECRETO

-¿Cuál ha sido el secreto para convertirte en primera bailarina del ballet clásico y mantenerte allí?

-Aclaro, fui una de las primeras bailarinas, en el cuerpo de baile hay cuatro o cinco primeras bailarinas. Y fueron muchas cosas. De mi parte, seguir estudiando siempre, perfeccionando la técnica aun cuando ya era profesional y aún después de haberme retirado. Porque lo que uno corporalmente recibe y logra, si uno lo deja de pulir, se pierde. Pero hubo otras cosas. Dios me dio una oportunidad, me ayudó mi familia, me ayudó mi salud, y emocionalmente fui fuerte para soportar cosas. Es decir, no hay un secreto, sino una conjunción de varias cosas. Y de mi parte, mucho trabajo.

-¿Y qué rol ocupa la religión y la fe en tu carrera y en tu vida?

-Yo no tengo una religión, tengo una relación con Dios. La religión es todo lo que el hombre hace para acercarse a Dios, los rituales. Cuando yo tenía 22 años conocí a un Dios que se relaciona conmigo y yo con él. Y mi fe aumenta a medida que veo que esa relación es vital, que ese Dios no era, como yo creía antes, que Él estaba en el cielo y yo acá, sino que es un Dios que se interesa en mis cosas. Y entonces ya no me sentí sola y ya no tuve miedos para enfrentar las cosas que Él me iba mostrando como elecciones. Te doy un ejemplo, cuando uno es primer bailarín la profesión es todo. Pero yo me casé y en un momento quisimos con mi esposo tener hijos, porque Dios nos había mostrado que la familia era más importante. Y mis compañeros me decían que yo no debía tener hijos porque perdería muchas cosas. Pero yo le hice caso a Dios y tuve dos hijas, y no perdí ninguna oportunidad, ningún rol. Físicamente, recuperé mi peso. Y ahí me di cuenta que al elegirlo a Dios y preferirlo y ponerlo en primer lugar, Él se hace cargo de todas las cosas. Yo siento a Dios involucrado en todas mis cosas. Y no repito oraciones de memoria sino que converso con Él y le cuento como estoy, y soy franca. Y eso hace que yo diga que no tengo religión, sino relación con Dios. Una vez había leído en la Biblia el versículo que decía: “El que se humilla será exaltado”. A mí me habían enseñado que para lograr un rol en el ballet tenía que hacerme ver, no humillarme. Pero yo empecé a probar. Y en clases con coreógrafos extranjeros, en las que participábamos muchos bailarines, todos querían estar adelante. Yo en cambio me quedaba atrás, sin decir nada. Y muchas veces ocurría que se acercaban a mí y me pedían que vaya adelante y me terminaban eligiendo para ocupar roles protagónicos en sus obras.

-¿Qué bailarines te influyeron como referentes o compañeros en esta carrera?

-Por sobre todas las cosas mi maestra Gloria Kazda; con ella estudié desde los 8 años hasta los 41, cuando me retiré. Y mi esposo, que también es bailarín (Hugo Valía) y que al jubilarse, antes que yo, se dedicó a la docencia. Yo tomaba clases con él. Y muchos otros maestros, que confiaron en mí y me dieron importantes roles.


TIEMPO EN LA DANZA

-Cada movimiento del cuerpo comunica algo, una emoción, un concepto. ¿Crees que las personas somos conscientes de todo el caudal de información que trasmitimos con el cuerpo?

-No lo sé. Creo que el que hace una actividad con el cuerpo toma más conciencia y también el que ve muchos espectáculos artísticos y capta que el cuerpo es muy expresivo. Una coreografía, por ejemplo, puede contar una historia o no, puedo comunicar una emoción o un estado de ánimo.

-Y en la vida cotidiana, eso también ocurre…

-Claro y de ello no somos conscientes. Yo por ejemplo soy descendiente de italianos y mucho muevo las manos para habar y siempre recibo comentarios de mi marido. Me gusta observar los gestos de las personas y comprobar cómo con el cuerpo, enfatizan lo que dice la palabra.

-¿Qué consejos darías a los jóvenes que desean dedicarse a la danza?

-El consejo que les daría es que la danza no funciona, como ellos están acostumbrados en esta generación, de modo veloz. Porque ahora estamos acostumbrados a que todo sea rápido, pero la danza funciona con tiempo, dedicación, perseverancia y con una lentitud que el niño de hoy no está acostumbrado. El cuerpo debe habituarse y eso lleva tiempo. Los chicos se decepcionan cuando no les sale algo y lo quieren ya. En la danza, el estudio, en el trabajo el logro es lento.

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