Por Redacción
ENTRE EL CIELO Y EL MAR….“LE CINQUE TERRE” (1º PARTE)
Amigo lector, le interesaría convertirse-por un período de tiempo- en un investigador amateur e intervenir en las aventuras del mar. Unir belleza con geología y romperse la cabeza tratando de develar el misterio de esas rocas que caen a pico sobre el mar Mediterráneo, descifrar el significado de los abismos y los acantilados con sus diseños casi indescifrables. Ud. Cree que es un sitio fantástico nacido de la imaginación y plagado de misterios. Le puedo asegurar que el lugar existe, los secretos, también y demasiados enigmas por descubrir. El sitio se llama Le Cinque Terre. Desde hace poco tiempo un sendero une esta fantástica zona con La Spezia. Le explico, en Liguria al Este de Génova se extiende la Riviera de Levante y en un sector de aquella se encuentran Le Cinque Terre, cinco pueblitos que cuelgan verticalmente de la montaña para asomar a las aguas azules o turquesas que bañan el Golfo de La Spezia. La UNESCO desde 1998 los ha declarado patrimonio de la humanidad; un galardón que por cierto no admite discusiones ya que Rio Maggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso poseen riquezas naturales y paisajísticas difíciles de olvidar. Si está decidido no queda otra que abrir un mapa de Liguria, localizar el futuro destino y comenzar un tour peatonal que recordará por muchos motivos, entre ellos sus pobres pies que tendrán que enfrentar un verdadero desafío. Antes que partir igual que siempre repasé mentalmente los datos con los que contaba y que ahora comparto con Ud. Un hecho me provocó esta pregunta: ¿Cómo sería penetrar en un mundo donde la naturaleza dominaba las acciones de los hombres y estos se negaban siquiera a perturbarla? La respuesta no tardó en llegar. La conocía apenas traspuse los confines de Le Cinque Terre. Resultaba imposible no rendirse ante semejante belleza. Es que en un particular aislamiento y en un área que abarcaba pocos kilómetros, estaban reunidos la gama más amplia de colores, aromas y sonidos que pudiese encerrar una tierra litoral: costas abruptas y montañosas; promontorios rocosos hundiéndose en el Mediterráneo, aguas tan cristalinas que permitían ver el fondo del mar, edificios encaramados a los acantilados, callecitas convertidas en laberintos, escaleras talladas en la roca que después de un descenso vertiginoso desaparecían en alguna minúscula playa de arena blanca o en puertos que de tan pequeños casi no existían y además, bosques de pinos, olivares, viñedos, cítricos y flores, muchísimas flores ¡Toda la zona no es sino una valiosa reserva ecológica con más de mil especies de fauna y flores regionales! Durante la primavera la intensidad del colorido y los perfumes justifican de por si la visita: Ciclamenes, campanillas, amapolas, lilas y orquídeas se prodigan sin límites.Es un verdadero paraíso escondido en plena rivera Lígure, aunque no siempre fue así.
MI PASADO ME CONDENA.
Hace ya mucho tiempo nadie esperaba demasiado de una tierra donde el arado no podía penetrar y las viviendas parecían a punto de caer al vacío cada vez que soplaban vientos de tramontana, trayendo fuertes y secas ráfagas del oeste. Allí solo la “macchia” mediterránea se atrevía a subsistir e igual a un mosaico en el cual alternaban tonalidades de verde, extendía sus arbustos de mirto, eneldo, romero y lavanda a lo largo de la costa. Aquel paraje se mostraba imposible para cualquier tipo de cultivo. Todo era roca, aridez y desolación…Sin embargo con el transcurrir de los siglos los habitantes intentaron una y otra vez transformar el desierto que les había tocado en suerte. Necesitaron ingenio y trabajo duro para lograrlo. Quizás por eso, cuando estuve frente a aquella vegetación exhuberante y a tanta superficie cultivada me pregunté: ¿Qué habría provocado el milagro, una obra de ingeniería campesina o una arquitectura cuyos elementos primordiales eran tierra y piedra? Más tarde me enteré que fueron ambas cosas. Los primitivos pobladores al hallar condiciones tan hostiles en el lugar, debieron agudizar los sentidos y la creatividad para descubrir el modo con el cual “fabricar” y obtener espacios fértiles. Para ello separaron la tierra de las rocas y con estas últimas construyeron muros de sostén “ a secco” sin ningún material que mantuviese unidas las piedras apiladas. Así surgieron las terrazas y sobre aquellos escalones de tierra que surcaban las laderas montañosas, cultivaron vides, cítricos y olivares que junto a los frutos obtenidos del mar se convirtieron en la base de un porvenir ligado más que nunca a la tierra y al Mediterráneo.
LE CINQUE TERRE: (2º PARTE)
Ud. y yo hemos decidido recorrer los cinco pueblitos colgados de los acantilados que se asoman al mar Tirreno y se ubican a una altura (400 mts) que les otorga dominio en la zona. No esperemos más. El tren que partió de la Spezia hace pocos minutos cargado de pasajeros que llaman nuestra atención por su diversidad. En tal “multitud” que se mueve, cambia de ubicación, habla distintos idiomas, nos hallamos nosotros prontos a comenzar el ritual del tour de “Le Cinque Terre”: descender en el primer poblado. En Monterosso, y simultáneamente comenzar a admirar y a caminar (simultáneamente) sin pensar en los límites del trayecto. Monterosso da inicio al itinerario que resulta al fin de cuentas muy personal ya que cada uno le imprime su propio modo de verlo. Le comento alguna de sus características.
RIOMAGGIORE:
Recorrer Le Cinque Terre desde Riomaggiore a Monterosso, los dos puntos extremos del trayecto solo es posible a través de un medio y me dispuse a practicarlo ¡En estos pueblitos no circulan autos ni motocicletas! La gente se traslada de un sitio a otro caminando…Y los visitantes, por supuesto imitan la situación. A poco tiempo de partir, y escasos kilómetros de la Spezia, se cumple la primera etapa del viaje y el perfil de Riomaggiore comienza a dibujarse al final del túnel que une la estación del ferrocarril a la placita del pueblo. El túnel, oscuro y ruidoso - por encima de su estructura corre el rio Major – resulta el preámbulo perfecto de una visita donde el elemento dominante será la luz, la cual sorprenderá al viajero apenas asome del túnel y le permitirá descubrir una localidad dividida en dos por las aguas torrentosas del rio, ahora visibles. Una escalera tallada en la roca fue mi guía. A medida que descendía en busca del mar, no dejaba de admirar aquel grupo de casas que sujetas unas con otras, semejaban cubos de colores tratando de conservar un precario equilibrio. Poco después una playa de arenas blancas y sobre un promontorio, una iglesita construída en el 1200 en honor a San Rocco. Sin embargo, no es este el único ejemplo de la fe de sus habitantes. Existe otro en la cima de la montaña que está a sus espaldas. Es el santuario de la Madonna del Monte Kero, a 340 mts de altura. Allí cada atardecer, los niños cantan a la Virgen de rostro moreno, ennegrecido, tal vez, por el paso de los siglos o el humo de tantos cirios que los devotos depositan con sus ruegos – escritos en papelitos- e introduciéndolos en las grietas del Santuario. Pero todavía hay más, Riomaggiore, reserva otra sorpresa. En los confines del pueblo se inicia un sendero muy singular que sirve para comunicarlo con la población vecina: Manarola. Es un angosto camino de cornisa, cavado en pendientes rocosas que caen a pico en el mar. Caminar kilómetros a lo largo de esa cuña abierta en la roca, donde los peñascos se proyectan sobre nuestros cuerpos vulnerables y las olas del Mediterráneo estallan contra los acantilados a casi 100 mts de nuestros pies, allá muy abajo provocan vértigo y emoción. Las personas lo transitan en silencio. Intentan capturar en su mente la vivencias y sentimientos que surgen de aquel sendero suspendido entre el cielo y el mar. Tiene el nombre que le corresponde. Lo llaman “La via dell´Amore”.
MANAROLA: (3º PARTE)
Estimado lector: ¿decidido a compartir la aventura? Si es así, pondremos bajo la mira, cada uno de los ingredientes de “Le Cinque Terre”. Continuemos, luego de Riomaggiore con Manarola.
No se diferencia demasiado de las demás poblaciones de Le Cinque Terre, salvo por tener la “Via dei Mulini”, un camino flanqueado por molinos que funcionan con la fuerza del agua arrastrada por los torrentes de montaña, los cuales –a partir del siglo XV- son la fuente de su economía. En ellos se trituran los granos de uva y las aceitunas para la obtención de los preciados productos locales. El nombre del pueblo deriva de Manium Arula, haciendo referencia a un templo erigido en el siglo I d.C. por los romanos en honor a los “mani”- sus antepasados fallecidos, de quienes estaban conmovidos de recibir protección. En la actualidad Manarola se destaca además por otro motivo: durante la época navideña los más hermosos pesebres ocupan las montañas circundantes. Por la noche permanecen iluminados mientras que la nieve que cae incesante les otorga una apariencia entre mística e irreal.
CORNIGLIA:
Extendida sobre un alto promontorio rocoso es el sitio ideal desde donde se puede observar en su totalidad la costa de Le Cinque Terre. Para visitarlo solo existe un modo. Luego de abandonar el tren, juntar fuerzas y ascender por una zigzagueante escalera de 365 peldaños “uno para cada día del año” comentan sonrientes los lugareños.
Alcanzada la cima – una especie de altiplano- un puñado de casas asomadas a un profundo precipicio confirma su pasado remoto. ¡Y no es para menos!. En el 117 d.C. la familia romana de los “Cornelius” (de ahí deriva su nombre) llegó a estas tierras y se dispuso a cultivar un tipo especial de uva que dieron origen a un vino legendario: el “Vernaccia” el cual ya citado por Boccacio en el Decameron (siglo XIV) continúa hoy deleitando a quienes lo degustan quizá acompañando un plato típico de Corniglia creado hace cientos de años con el fin de perpetuar la antigua nobleza lígure. Son los “Corzetti”, pequeños discos de pasta que llevan impresos los escudos heráldicos de las familias de antaño. Dicho plato se sirve al pesto o con salsa de hongos. Ah! Olvidaba mencionar que los de la zona resultaban tan exquisitos que Gioscchino Rossini –gran músico y gourmet- pedía se los enviasen periódicamente a París donde residió en una etapa de su vida.
VERNAZZA:
Es el más atractivo de los pueblitos de Le Cinque Terre. Los lugareños lo comparan con un pendiente de gema de colores con dos brillantes. Creo que es porque lo conforman un grupo de casas rojas, blancas y ocres que colgando de las montañas flanquean la única calle de Vernazza y sirven de residencia a sus pocos menos de 500 habitantes. Tal anfiteatro de construcciones encimadas rodean una playa bellísima, angosta, de arenas blancas, que forman un semicírculo coronado por dos “brillantes”: una iglesita de líneas árabes en honor a Santa Margarita de Antioquía (siglo XI) y un castillo fortaleza (siglo XII) destinado a la defensa de los pobladores de los frecuentes ataques piratas. Ambas ocupan los extremos de la bahía. También existe una larga escollera que se sumerge profundamente en el mar. Allí se esperan los barcos pesqueros, que como cada día retornan con las bodegas colmadas de sardinas y anchoas plateadas. Al ser una región costera todas las actividades referentes a la misma se aprenden de niño, quienes “fiocina in mano”- un anzuelo consistente en un eje con tres puntas de dientes fijos- recorren la escollera tratando de introducirlos en los espacios presentes entre las rocas. Los viejos marinos en cambio preparan los “palamiti”, una larga cuerda en la cual a intervalos regulares cuelgan gruesos hilos provistos de anzuelos. Dicha labor significa además un motivo de reunión y de complicidad entre los participantes que al finalizar entres risas y anécdotas, comparten una jarra de vino.
MONTEROSSO:
“Rubra” fue la antigua denominación que se le dio, a la entonces, colonia romana.
Durante la época medieval, en el castillo situado en las cimas más altas de las montañas que enmarcan Monterosso habitó un noble a quien los súbditos llamaban secretamente “Rufus” por el color rojizo de sus cabellos. Así fue como el sitio cambió de nombre y comenzó a ser conocido como “U munte da Russu”, la montaña del pelirrojo. Actualmente, el pueblito está enclavado entre dos promontorios, Mesco y Capuchino (ahí funciona un convento de dicha orden) Cuenta con playas de arena blanca, plantaciones de cítricos y un puerto muy acogedor el cual está rodeado por viviendas construídas enteramente en piedra y dominando el área la escultura de un imponente Neptuno, la cual de más de 30 mts de altura es llamada por los habitantes simplemente: “El Gigante”. Si bien la flora de Le Cinque Terre es muy variada en Monterosso predominan orquídeas y helechos, que crecen en hendiduras o grietas en las rocas. En cuanto a la fauna son notables las gaviotas reales- nidifican regularmente en este sector de la ribera-, también los cardenales, petirrojos, mirlos, alondras, así como el halcón peregrino y el búho real, casi en extinción en el resto de Italia.
Impactada y sorprendida por todo lo visto me marché esa tarde de Le Cinque Terre, pensando que allí la naturaleza era pródiga porque el hombre fue respetuoso y creativo al mismo tiempo: el esfuerzo transformó a la roca, el trabajo la hizo fértil…y el amor, fiel a sus principios de unir seres y destinos, tuvo su propio camino.
Dra Ana Maria Vottero.
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.