Por Redacción
Carlitos era un chico de buenos sentimientos, pero muy travieso. Eso sí, cada mañana y cada noche decía sus oraciones, siempre a su modo. Acostadito y a punto de dormirse llega la mami para darle el beso de las buenas noches y de paso reprocharle su mala conducta del día. "¿Ya rezaste, Carlitos?". "Sí, ma". "Le contaste a Dios lo mal que te portaste hoy?". "No, ma. Creo que es mejor que ese asunto de familia quede entre nosotros"...
El nene rezaba, sí, pero había aprendido ya a escamotearle a Dios algunos temas. Sobre todo, los conflictivos. Esto me hace preguntar si nosotros sabemos rezar verdaderamente.
"Me parece que no sé rezar" se titula una plegaria del padre Zezhino (incluida en su librito "Disculpa, Dios, no sé rezar").
¿No quisiera tenerla a mano?
"Acabo de descubrir una verdad que me lastima. Pensé que sabía, pero desgraciadamente comprobé que realmente no sé rezar. Eso es, Dios, no sé tener un diálogo contigo.
"En realidad, para empezar la charla no sé como tratarte. No sé si es respeto o falta de respeto llamarte tú, vos o usted. En ese momento se me mezcla todo y termino no diciéndote nada.
"Pero eso no sería el problema. El verdadero problema soy yo, que muy pocas veces dialogo. Pido mucho y no tengo motivo; y cuando tengo es para hablar de lo que necesito y no de quién soy frente al ser que eres.
"Lo que yo quería es sentirme un hijo. Siempre; y actuar siempre como un hijo afectuoso ante el padre.
"No quiero y no deseo repetir fórmulas que no expresen lo que siento; y si las repito quiero entenderlas.
"Eso es, Dios, me parece que no sé rezar, pero algo me dice que me aceptas como soy; y eso me consuela.
"Quiero rezar bien. Enséñame a rezar. Enséñame a conversar contigo, Amén".
Como toda actividad humana, la oración requiere un aprendizaje. A caminar se aprende caminando, a rezar se aprende rezando.
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