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Información General Miércoles 3 de Agosto de 2011

Reponen la obra "Las reglas de urbanidad"

Será el viernes 5 a las 22:00 y el domingo 7 de agosto a las 21 en la sala L del Centro Ciudad de Rafaela.

Redacción

Por Redacción

El viernes 5 de agosto a las 22:00 y el domingo 7 de agosto a las 21 horas se presentan en la sala L del Centro Ciudad de Rafaela dos nuevas funciones de la obra de teatro "Las reglas de urbanidad en la sociedad moderna" de Jean Luc Lagarce a cargo del grupo local Caldo de Cultivo, protagonizada por Marisa Gutiérrez y dirigida por Diego M. Ferrero.

Fue estrenada recientemente en el Festival de Teatro de Rafaela, siendo uno de los espectáculos ganadores del certamen de co-producciones que se organiza anualmente. La reserva de entradas puede realizarse en la boletería del teatro, o llamando al 503124.


FICHA TECNICA

Las reglas de urbanidad en la sociedad moderna. Autor: Jean-Luc Lagarce.

Traducción: Ingrid Pellicori. Adaptación: Diego M. Ferrero. Actúa: Marisa Gutiérrez. Diseño de Vestuario y escenografía: Mabel Sepliarsky y Alicia Lorenzatti. Diseño de Iluminación: Diego M. Ferrero. Peluquería: Alejandro Calderón. Música: Jorge Beninca. Asistencia: Jamil Yacobo. Dirección general: Diego M. Ferrero.

Síntesis argumental: una dama, como una especie de misionera de la tradición, desgrana con precisión las diferentes reglas que han de ser respetadas en la organización de las principales ceremonias que marcan la vida: bautismo, compromiso de boda, matrimonio, bodas de plata, de oro y entierro. Obsesionada por asegurar el exhaustivo respeto de la estética oficial en todas sus variantes, deja colar sus comentarios personales, como si quisiesen adueñarse del juego de la vida, controlarlo, reconocerse en el espejo del mismo. En el fondo, se nos cuenta el fracaso de la vida organizada, de la previsión, de la construcción de la felicidad por medio de las apariencias y lo que vemos es el temor de lo imprevisto, de la imprecisión, del desorden.


REGLAS DE LA VIDA

Florencia Miranda escribió una crítica sobre esta obra en www.elcircuitodeteatro.com.ar: "tiene la ventaja y la desventaja de ser un texto simple, monoplánico. Es decir: una dama de la alta sociedad de principios del siglo XX (aproximadamente) se planta frente al público y declama casi enterito un manual de reglas de etiqueta. La obra es eso, ni más ni menos. Voy a caer en el lugar común (inevitable) al decir: Lagarce plasma, en rituales institucionales sucesivos como el bautismo, el compromiso, el casamiento, las bodas de plata, de oro y el entierro, la ridiculez y el vacío de la vida organizada y convencional. Ya. Dije el lugar común. Pasado este exabrupto, podemos continuar.

"La labor actoral de Marisa Gutiérrez es digna de mención; a lo largo de los cincuenta minutos siguientes, esta mujer mantendrá una postura tan erguida como su discurso; oscilando entre el cinismo, el orgullo y la resignación, a través de la enumeración de obligaciones y llenando su discurso de reiteraciones y clichés, atraviesa la obra con total éxito y uno termina sin entender si todo el tiempo se estuvo burlando de nosotros o si ella también es una víctima de su mensaje monolítico y exasperante.

"La puesta en escena es simple; la mujer, una silla, dos mesas con sus respectivos candelabros es todo el espacio que Gutiérrez necesita para condensar la vida entera. La obra -como la vida misma- está compuesta por fragmentos cuyo pase se resuelve con un simple apagón de luces y la inclusión de una pieza musical. La sencillez de la escenografía está a tono con la simplicidad estructural de la obra, que carece de vueltas o brusquedades; sin embargo, esta linealidad, lejos de resultar cansadora, tiene como resultado final un producto que entretiene y arranca carcajadas de humor negro a todos los presentes.

"Salgo de la obra preguntándome qué vigencia tiene la crítica a las instituciones llevada a cabo en la obra, que fue escrita en 1994 y habla sobre un manual de reglas del siglo XIX. Claramente, los ritos sociales como el bautismo, el matrimonio o incluso el entierro han cambiado el valor que se les asignó en los siglos anteriores. Sin embargo, algo de horror nos debe embargar a todos cuando la dama acuesta una mesa de luz y nos encontramos, sorpresivamente, ante un ataúd. Puede suceder, dice la dama, con una frialdad rayana en el espanto, que un cónyuge muera, es natural, no es desdeñable, y yo empiezo a pensar que tal vez esa enumeración de reglas que parece tan ridícula es la que le da sentido a esto («esto» entendido como la vida y la muerte y todo lo que transcurre en el medio).

"Por muy risibles que suenen hoy los ceremoniales del siglo XIX, los momentos vacíos de sentido, las situaciones que nos dejan frente a frente con el amor y la muerte, esos dos grandes absolutos desestabilizadores de la relatividad, siguen necesitando algo, aunque sea un manual de reglas, que los explique de alguna manera. Y es en este sentido que la obra de Lagarce recobra su vigencia, y lo seguirá haciendo mientras haya un espectador que se sorprenda ante la aparición de un ataúd".

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