Por Redacción
Vivir dos veces
Mario Valerio Marcial, poeta latino que vivió en el primer siglo de la era cristiana, afirmó que “poder disfrutar de los recuerdos de la vida, es vivir dos veces”. No sé si será tan así, pero creo que tal expresión algo de verdad encierra. Precisamente, evocaciones y reminiscencias constituyen la “materia prima” con que se elaboran estas modestas notas.
Recuerdos que como primera finalidad tienen el “mostrar” cómo era aquella Rafaela del ayer. No sólo en su aspecto urbano (poca extensión de la ciudad que entonces albergaba unos veinticinco mil habitantes, amplio predominio de las calles de tierra, sólo cinco o seis barrios, escaso tránsito vehicular, chatura de la edificación, etc.); sino también en lo que hace a la forma de vida de entonces.
“Forma de vida” que no sólo comprende a los usos y costumbres (sociales y domésticos), sino también a las “comodidades” (no creo que hubiera podido hablarse de confort) disponibles en los hogares de aquella década del cuarenta (fuentón con hielo en lugar de heladera, el brasero con carbón en vez de la estufa, pileta y tabla de lavar como “precursores” de los lavarropas,
etcétera).
Cada hecho ocurrido o situación planteada en aquel lejano pasado en que transcurrió nuestra niñez o adolescencia; cada una de las circunstancias que puedan haberlo rodeado, cuando hoy son recordados no “aparecen” como esqueletos descarnados; por el contrario, están “revestidos” de sentimientos y de sensaciones, a veces complejos y hasta contradictorios, como esa mezcla de alegría y de tristeza que suelen generar. Esos sentimientos y sensaciones con que se nos presentan los recuerdos, ¿son los mismos que experimentamos cuando vivimos el hecho evocado?
¿O el tiempo los ha transformado en su sustancia e intensidad, tal vez sublimándolos? (por aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”).
Lo expresado anteriormente, rige para los hechos vinculados a lo "personal", a lo "íntimo". En otros casos, la comparación entre el pasado y el presente sólo depara una sensación de sorpresa, rayana en la incredulidad. Por ejemplo, cuando camino por Colón y paso frente al Colegio de la Misericordia, y recuerdo que la vereda de la escuela estaba unos cincuenta centímetros por encima de la calle (entonces de tierra)… me cuesta creer que así haya sido.
Chau. Si Dios quiere, nos volveremos a encontrar el sábado.
Tito Valenti
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.