Por Antonio Fassi
Cuarenta años de sueños e ilusiones en que miles de jóvenes y adultos se acercaron al escenario que lleva el nombre del gran maestro Atahualpa Yupanqui, a fin de alcanzar el título de “ganador” en algunos de los rubros de danza y música, y actuar luego, exponiendo sus cualidades artísticas en el festival folklórico más renombrado de América Latina.
Porque el Pre Cosquín es sobre todas las cosas el gran formador de talentos con que nutre su savia la música de esta bendita tierra.
Horas de trabajo y sacrificio pide ese “primer premio”, preparación esmerada y sin fisuras, donde un solo error, priva a bailarines, músicos y cantantes del ansiado galardón máximo.
Y el Pre Cosquín no premia en metálico pero sí premia desde lo invisible a los ojos físicos, en lo más profundo del ser interno, allí donde el alma se sumerge en lo inmarcesible de felicidad del éxtasis emocional.
Es el sublime goce de la tierra en tierna oración hacia ese cosmos que sólo se experimenta desde lo interno; es la gloria sin soberbia y sin orgullo; es la satisfacción del deber cumplido; es el antes y el después del verdadero artista; es el haber encendido una candela, una zarza del Sinaí dentro del propio ser; es el Olimpo mítico de los griegos, es el Balhala de los dioses wagnerianos; es el tocar el cielo con las manos.
¿Puede pedir el verdadero artista argentino, aquel que, -como decía el gran don Ata- quiere alumbrar y no deslumbrar con su arte, otro galardón mayor? ¡No, sinceramente creo que no!
Y en ese cuadragésimo Pre Cosquín, un rafaelino, Julio Cepeda, acompañado por Claudio Duverne en piano y Ramón Bouhier en bandoneón (este último, ganador en 1994 como solista instrumental) fue quien logró el máximo galardón en la categoría solista masculino de tango. Enhorabuena Julio, y ojalá tu sapiencia y tu sabiduría te ayuden a cumplir de aquí en más, ese largo y sinuoso camino que el primer premio te va a exigir.
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