Por Marcos mensa
Días pasados hubo dos acontecimientos que bien pueden rotularse como agravios al genial Manuel García Ferré. Al menos, así lo puede interpretar cualquier persona medianamente culta.
En horario central, minutos antes de la placa de protección al menor, cierto programa de televisión reprodujo uno de los capítulos de “El Libro Gordo de Petete”, pero con un doblaje burdo, cargado de detalles sexuales explícitos. Ni siquiera se utilizó la picardía con doble sentido de los capocómicos de otrora. No. El guión parecía escrito por un adolescente en el peor momento de la edad del pavo. Y posiblemente quienes realizan dicho show (y tantos otros) están psicológicamente estancados en esa etapa.
Vale decir, una creación artística adorable, un personaje entrañable, lleno de ternura y que, por si fuera poco, hasta tenía un mensaje educativo, fue bastardeado de forma muy baja por gente sin ideas. Porque ni siquiera se trata de una ocurrencia propia, ya que en “youtube”, desde hace unos años hay montajes similares. Si hoy uno quisiera mostrarle a un niño videos de Petete en ese sitio web, debe tener cuidado porque un aspirante a gracioso publicó doblajes groseros, jugando con las dos primeras sílabas del nombre del dulce pingüinito.
La otra impertinencia sucedió en una radio porteña. Mientras los locutores jocosamente comparaban a una figura pública con Larguirucho, el operador técnico puso de fondo la música de la presentación del dibujo animado “Las aventuras de Hijitus”. La cuestión es que los rápidos ocho compases se repitieron aproximadamente unas veinte veces, provocando una tortura auditiva desesperante, dado que dicha frase musical está concebida para escucharse una única vez. Teniendo en cuenta que García Ferré eligió personalmente y con sumo cuidado la musicalización referida, es enojoso que un botarate sin sentido estético y sin criterio la manoseara de esa manera, en una emisora que es sintonizada por cientos de miles de personas.
Ambos casos no merecerían el más mínimo comentario si fueran situaciones aisladas. Pero ocurre que esta injuria grotesca se suma con énfasis a tantos otros signos de mediocridad creciente, la cual resulta grave porque es generada desde los medios de comunicación. La resonancia, entonces, adquiere una dimensión imponente.
Además, aunque no haya sido intencional -y por eso pueda justificarse como mera torpeza- supongo que igual es prudente no pasar por alto la más mínima sombra de insulto al arte y al ingenio de un grande como García Ferré. Y de ningún otro.
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