Por Viviana Gays
A poco de comenzar el ciclo lectivo, ya comienzan a escucharse quejas acerca del comportamiento de los alumnos.
Vivimos tiempos donde la mayoría de los sujetos que componen esta sociedad, se han apartado de las reglas básicas que ordena toda cultura y que asegurarían una ordenada convivencia.
Los cambios económicos, sociales y culturales que trajo el capitalismo, impactó en todos… sin excepción. Todo sujeto quedó ligado a las leyes de mercado, todo se generaliza, hay uniformidad, se perdieron las diferencias subjetivas, y se entiende que carencias y virtudes son para todos por igual. Los cambios deben ser rápidos y a todo se le imprime velocidad, desconociendo que los valores que sustentan toda conducta deben tener una permanencia en el tiempo, que en esto no son aplicables tales leyes….
Las dificultades para establecer (y mantener!) lazos sociales se evidencian en crisis cotidianas: las rupturas, el distanciamiento, la falta de relación con los semejantes, el enfrentamiento de unos con otros, la indiferencia…Y todo esto producto, en todos los escenarios, de la intolerancia, la injusticia, la agresividad en todos sus rangos, hasta los más tormentosos, que incluyen agresión y violencia. Mucho se ha escrito y debatido sobre este punto ya.
Es como consecuencia de esto que aparece la imposibilidad de aceptar normas institucionales de convivencia, el desprecio por las jerarquías, la imposibilidad de esperar, de reflexionar dándose tiempo para esto, la imposibilidad de someterse a una conducta exigida para el normal funcionamiento de una clase, la vulnerabilidad emocional: todos, pero fundamentalmente nuestros chicos, gritan, lloran ante simples discrepancias; reaccionan pegando, se sacan!.
Me interesa en este amplísimo y complejo escenario aclarar como primer instancia, que no es lo mismo agresividad que agresión. La agresividad (con la que nacemos y que nos ayuda a vivir y a enfrentar las vicisitudes de la vida diaria) es tensión psíquica. Nos mantiene alerta y preparados para resolver situaciones diarias.
Hasta aquí, esto no constituye ningún problema. Ahora bien, la agresión, es el acto concreto y visible, que pone fin a esa tensión psíquica. Y la violencia, es el ejercicio del poder de un sujeto sobre otro, con sus consecuencias en el lazo social.
La familia y la escuela son las instituciones por excelencia que constituyen las modalidades del lazo social y también, los escenarios privilegiados para detectar el desencadenamiento del acto agresivo.
Ninguna de estas instituciones puede hacerse la desentendida ni deslindar responsabilidades…
El psicoanálisis se ocupó siempre de articular subjetividad y cultura, es decir, del análisis de las problemáticas del sujeto en una época determinada. De allí que hablamos de “malestar en la cultura”.
¿Qué sucede que nuestra cultura no brinda modelos suficientes para contener al sujeto en sus desbordes y frustraciones?
Nuestros valores y paradigmas rigen los escenarios sociales y no siempre podemos entenderlos: los viejos parámetros de comportamiento no ofrecen ya seguridad en nuestra conducta y no se vislumbran fácilmente cuales serán los futuros. ¿Por qué este desencuentro?: Nuevas formas de sexualidad, distintas concepciones de familia (¿dónde quedó la familia tipo?) y hasta las representaciones culturales del amor y de la muerte se manifiestan de nuevos modos.
Las instituciones, en gran medida, fracasan en su función legitimadora de preservar el lazo social con los púberes agresivos y esto da lugar a inhibiciones, síntomas y actuaciones, acompañadas de pasiones negativas.
La angustia que generan todos estos procesos, no es exclusiva de los chicos, hay otros en la familia que no saben qué hacer con su propia angustia, menos aún con la del hijo. Así, imposibilitados de ejercer las funciones maternas y paternas, se destituyen de sus lugares y delegan la puesta de límites en la autoridad de la escuela, de la policía o de la justicia, desconociendo que estas instituciones, también están en crisis!
Hay variadas maneras de entrar en este conflicto. Y de esto dan cuenta los constantes debates a los que asistimos.
Pero siempre, siempre, estas formas deben incluir a estos chicos como sujetos de derechos, y no como objetos a excluir. Ellos deben poder ser escuchados, deben poder utilizar la palabra como medio privilegiado para tramitar sus sufrimientos y frustraciones, sin olvidar, que de no contar con esta posibilidad, se harán escuchar de otras maneras menos sanas. El acto agresivo es una respuesta….
Si el malestar de la cultura es propio de toda forma cultural, no hay época que no produzca sus propias formas de sufrimiento. Y esto es lo esencial a entender.
Nuevas formas de abordaje, para nuevas formas de comportamiento social. Este sigue siendo nuestro desafío.
Imbert, L. y Dottori, S.: “A falta de palabra… sobre la violencia escolar y el lazo social del púber agresivo”.
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