Por Edgardo Peretti
"Milonga” es uno de esos personajes que, de tanto andar por la ciudad, un día desaparecen y se llevan su cuerpo y sus pesares, pero dejan su imagen, su sello y hasta andanzas de toda laya que se transforman en motivo de charlas y anécdotas familiares; todo, hasta que el propio tiempo se encarga de actualizar todo en cero con esa interminable costumbre de apelar a la inevitable trampa del paso del tiempo.
El nombre propio de “Milonga” lo hemos buscado en infinidad de testimonios y, luego de ellos, la única convicción que nos ha quedado es que no hay coincidencias en la definición. Por ese motivo, hemos acordado con el libro de la vida en llamarlo simplemente así, como la gente lo hacía, como los pibes lo convocaban y como a él mismo le gustaba.
Pero en esta ocasión, merced al archivo de fotos de la familia de Aldo Giacosa, accedimos a una imagen de “Milonga”. En el medio de la foto, protegiéndose el rostro ante la herida del flash, con un gorro tipo “Pochito” (nominado así porque dicen que era similar a uno que usaba Perón), con el bastón sostenido con la mano derecha y a su lado el cajón de los caramelos, descansando en medio de un acto.
¿Dónde era esto? Según nuestras investigaciones en uno realizado en la sede de la Comisión Vecinal del barrio General Mosconi, en Sargento Cabral esquina Eduardo Oliber, donde se advierte – al fondo- la “casa de la familia Molina”, tal como reza en el dorso de la fotografía, donde también se menciona la calle de tierra.
Y estos, ¿quiénes son? Este tipo de documentos gráficos tiene la virtud de obligar al redactor a mirar todo, a preguntar lo que surge y a registrar lo que queda.
Pese a que el paso del almanaque se ha consumido un sector de la muestra, en un primer plano aparecen las hermanitas Norma y Alicia Barlassina y otra niña a la que no hemos podido identificar. Pero sí a otros.
Desde la izquierda (con corbata y pantalones largos) el niño Peralta. A su lado (saco, corbata y pantalones cortos), el peluquero Aldo Giacosa, detrás, el maestro Oscar Lamagni (riguroso saco y corbata oscura), un docente de alma y vecinalista de corazón que se fue joven y dejó una profunda huella.
El otro terceto de adultos lo integran Arcadio Sara (vecino aún hoy del barrio), y detrás de él, el periodista Carlos Daniel Beceyro y el polifacético Antonio Terragni. Siguiendo el derrotero hacia la derecha, Alfonso Giacosa (padre de Aldo), dos damas no identificadas y Evelina “Chona” Bessaccia de Sara con su hijo Jorge (de moñito) y Ricardo Camilatti.
La visión de algunos consultados no aportó mayores detalles – el paso de los años hace de las suyas no solamente en las fotos- e identificó a los hermanitos Quiroga sentados en el borde de la vereda, al lado de “Milonga”.
Sin embargo, una revisión mayor nos permite reconocer en un costado de la gráfica, con un sombrerito a un muy joven Héctor “Chiche” Del Signore, quien ejecutaba el redoblante en la Banda Municipal de Música que dirigía el maestro Nicolás Providenti. “Chiche” es hermano del inolvidable Florio, otro tipazo que dejó marcas por donde anduvo.
LOS MOTIVOS DE LA FIESTA
A todo esto, se nos estaba pasando alguna ubicación temporal un poco más precisa, elemento necesario para la referencia periodística que no siempre puede complacerse. Una mirada inicial nos ubica a principios de la década del sesenta y se trataba del acto por el cual se inauguraba -o algo así- la instalación de una estructura de metal que simbolizaba la torre de petróleo que era sinónimo de la gesta del General Enrique Moscón, un argentino que marcó con sus convicciones a la Patria.
El caso es que, nos dicen, la referida torre (de unos cinco metros de altura) estuvo fabricada originalmente para ser parte de una carroza representativa del barrio en una de las primeras (¿la primera?) Fiesta de Rafaela, donde el barrio se llevó a la reina, la señorita Marta Curto. Finalizados los festejos, la torre fue emplazada en el patio de la Vecinal, donde permaneció muchos años, y desde donde se trasladó al Jardín Infantil “Pedro Ercole” (en San Lorenzo y Estrada), pero nada allí atestigua ello.
Otra anécdota recogida en el barrio da cuenta que los hermanos Quiroga junto a los Gaitán eran especialistas en quedarse con el premio por subir en el palo enjabonado, una práctica que se lograba con esfuerzo grupal y participación individual, y que dejaba como saldo el premio que estaba arriba y un baño completo para sacarse la grasa de chancho que servía de resbaladizo lubricante.
Se hace una obligación pedir disculpas por adelantado si algún nombre se obvió o se equivocó; la idea es reflejar un momento en la historia de una comunidad con la mejor de las intenciones.
¿Y “Milonga”? El fin del vendedor de caramelos nunca se supo con detalles. Sólo hay coincidencias en que un día se dejó de escuchar su pregón “Caramelo, pastilla…caramelo, pastilla..primero los come después los….caramelos, pastillas…”, y que nunca se encontró su cajoncito; bueno, eso hasta hoy, porque ahora hay un documento que le mostrará a las nuevas generaciones que alguna vez existió un tipo cuyo apodo fue más fuerte que su nombre. Por todo ello, perdón, “Milonga”.
¿Y “Milonga”? Sostienen algunos memoriosos que siempre andaba por las tribunas, con sus piernas chuecas y vencidas, sin asustarse por las alturas, pero que un día se subió a la de Atlético, la que da sobre Primera Junta, alta y empinada, y ya no lo vieron bajar más, ni siquiera al cajoncito que era su otro yo. Tan solo un papel de caramelo volvió hacia el piso, siendo la única muestra; que la guardó Pepe Frenguelli, que andaba pegado al tejido con su infaltable radio en la mano y nunca le dijo a nadie cuál había sido el último mensaje de “Milonga”.
Quizás haya sido simplemente “hasta siempre”.
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