Por Amado Raspo
Fue Miguel Angel, Buonarotti (tal su apellido), uno de los genios del Renacimiento: lo relatado fue extractado del libro "Vida y Paisaje" de María Ercilla Robledo y María Lucía Rumora.
Un día el gran Médicis célebre Mecenas del Renacimiento, paseando por sus risueños jardines, de Florencia, se detuvo mudo de asombro, ante un pilluelo de diez años, de mirada insolente, que esculpía un fauno a su ligereza, siendo casi un maestro de la escultura. Era Miguel Angel, el mismo que años después, obligado a ser arquitecto, levantaba la basílica de “San Pedro".
Veintidós meses empleó en pintar el techo y el fondo de la "Capilla Sixtina" en el Vaticano; y durante ese tiempo guardó la llave en su bolsilla, no permitiendo que nadie entrase a contemplar el curso de su obra. Las figuras de la bóveda son hermosísimas pero el "Juicio final", es lo que atrae sobremanera.
"Jamás el cuerpo humano ha encontrado mayor glorificación que en la Capilla Sixtina", allí están centenares de figuras mostrando una riqueza prodigiosa de musculatura, cada una en diversa actitud, y sin embargo, todas en posición natural, sin el más leve esfuerzo.
Pintó Miguel Angel muchas figuras desnudas, porque el desnudo era gusto del Renacimiento, y además porque, como decía el autor, las almas no tienen sastre a la vista.
Como escultor, Miguel Angel, nos dejó en Florencia el "David", y en Roma "La Piedad" y el "Moisés"; de este último se cuenta que una vez finalizada la obra, posesionado de la misma, le dio un martillazo en un pie, diciéndole: "Habla ahora".
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