Por Redacción
El Cairo secreto: ¿Desea descubrirlo? No tiene más que acompañarme. Se parte de la estación, y a pie en cinco minutos se alcanza Mari Girgis y se entra en un ángulo impensable. Se encuentran aquí las iglesias de los griegos ortodoxos como San Jorge, aquellos de los copti cristianos San Sergio y el Moallaqa, la iglesia dedicada a María, suspendida sobre bastiones de una puerta romana. El museo copto es un lugar de silencio no lejos de la pequeña sinagoga.
Los 214 km2 se pierden en un velo oscuro grisáceo de smog. Sin embargo, en lo alto, el cielo está dibujado con los torreones de los muros -bab en árabe- y la fortaleza es una secuencia de mezquitas y mausoleos de gran valor arquitectónico. Imprevistamente aparece el ingreso de un suq del 1600 donde son fabricadas telas bordadas. Una delicia absoluta. La palabra suq nos lleva inexorablemente al Khan, el más grande laberinto de bazar de Africa.
Lleva el nombre del sultán y domador de caballos Amir Jarkas el Kalili que había puesto en pie en pleno Medioevo un “caravanserraglio”, lugar donde encuentran refugio por la noche personas y animales en el desierto y en los mercados. Hoy es un sitio colmado de objetos y baratijas para turistas donde no se encuentra más nada auténtico o mejor dicho nada antiguo ni original. Los habitantes de El Cairo para comprar telas con las cuales coser las “galabije” los bellísimos y largos vestidos decorados -simples o fastuosos- no importa su destino, cada bordado deja tras de sí una impresión imborrable.
El Suq de Khan de Alkhan El Khalili.
¿Desea conocer las características del más grande laberinto del bazar de Africa? Prepárese para gozar de la escenografía y de la personalidad de sus habitantes. De noche y de día resplandece el antiguo suq. Entre los artículos elaborados se dispara el comercio que agita a los hombres más que un temporal. Del alba al atardecer resulta una continuidad de regateos y de cambios y cuando arriba la noche, bajo la luna, entre el ulular de los perros existe siempre el encanto de la espera de aquello que ocurrirá el día después. El suq de al Khalili es como un cerebro fresco que no se detiene jamás. Bajo el sol que seca todo, hombres y mujeres destilan chispas dan y toman, se saludan para no verse más y también tiemblan entre los velos y el cardamomo, pelean y se quieren bien. Es que están inmersos dentro de una Babel de pimienta y canela, dátiles, pavos y cabras, langostas fritas, ágatas, menta, collares y brazaletes, almendras e higos, incienso y café. Seguro que resulta para el hombre una lucha divertida donde puede suceder todo, y todo, se encuentra y se pierde. En el corazón del suq se encuentran los asnos enfermos y la gente los nutre con heno y caricias. Hay un caravanserraglio escondido donde los hombres duermen de noche en nichos blancos como las palomas, hay un granero que contiene miles de sacos de grano antiguo que se achicharran al sol. El suq es mucho más bajo que las casas que habitan o sea que desde las habitaciones el mercado y la gente que viene y que va son “controladas”. Pero también hay zonas del suq invisibles desde lo alto y también misteriosa para quienes están inmersos. Existe el barrio de los herreros donde los hombres se encuentran sucios y negros de humo y golpean el hierro caliente para doblegarlo. Aquel golpear en coro es un concierto infernal y las llamas envuelven las manos. En el entrecruce de las calles estrechas, caminando, se siente que la geometría de las casas y del pavimento no está trazada con escuadra y compás. Es una geometría natural. Entre las casas antiguas se ven las trabas que son viejos troncos y las ventanas no tienen canto pero son funcionales. Es así el camino que siguen las corrientes del agua que giran en espiral. No existen líneas rectas y el suq resopla como una tromba de aire. El aire que se respira es polvoriento y también perfumado: hombres y negocios lanzan al aire el propio olor como los lobos para marcar el territorio. El olor que aturde está en la zona de los perfumes y de las especies. En el suq a veces arriban relámpagos o nubes de langostas del desierto. Se recogen todavía calientes y se venden fritas, similares a langostinos ( pero son más amarillas). Vecino a un jardín -un poco solitario- vive un tallador de ágatas. Las torneaba con una mola de piedra que accionaba con el pie como un pianista.
Quien encuentra un yacimiento de ágata encuentra un tesoro porque el ágata hace bien al corazón. Es el cielo que ayuda a encontrar la veta de “ágata roja”. Se debe resistir al agua de la estación de lluvias y donde caen los relámpagos ahí se encuentran “es el cielo, el que muestra el camino”. No existe sendero ni redes de caminos en el suq, sólo mórbidas curvas. Quizás, ¿qué cosas hay debajo? Arena, fango, detritos que se acumularon con el tiempo y el pavimento está lleno de fosas y de montículos. Caminando con zapatos de suela suave se siente que debajo hay algo más ¿serán las herraduras de caballos enemigos, muros de una ciudad sepultada? Ninguno todavía puede decirlo pero es cierto que se siente flotar o como estar sobre la punta de un iceberg en tierra. Una vez en la plaza que precede la entrada del suq, había un águila que miraba lejana. Era la guardiana de la ciudad y había además un recipiente también donde conservaban el aceite de sésamo obtenido con una antigua trituradora de piedra arrastrada por un camello viejo. El camello tiene los ojos vendados porque enloquecería en el espacio estrecho y los interminables giros. Para terminar, un saludo tradicional “Vengo del fin del mundo”, se usa decir en árabe en respuesta a la pregunta “¿De dónde viene?
Así, saliendo perfumados de las más extrañas esencias, hipnotizados por la madeja de aquel infinito suq se puede decir asombrados: “Vengo del fin del mundo”… y sin duda sería la verdad.
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