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Información General Lunes 3 de Octubre de 2011

Más beduina que andaluza

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Diana Biscayart

Por Diana Biscayart

Pilar Díaz, más beduina que andaluza. Al griterío de “¡Abuela! ¡Abuela!”, los chicos corren a su encuentro, alborotan a su alrededor, le tironean de la ropa para lograr que se agache, y así poder llenarle las mejillas de besos pringosos. Ella, alegremente, se quita los anteojos de sol para recibir y corresponder a tanto cariño. Con sus treinta y nueve años recién cumplidos, Pilar no se siente abuela. Para nada. Pero vive en Jordania, y los jordanos llaman “abuela” a la persona que les ha cortado el cordón umbilical. Porque Pilar, la andaluza, la beduina, mucho tiempo convivió con las tribus nómades del desierto jordano trabajando como comadrona.

Su esposo es árabe. Se conocieron en Valencia: ella realizando sus prácticas como partera, y él ejerciendo su profesión de médico. Granadina de nacimiento, en Pilar arde la personalidad desbordante y la cantarina alegría del andaluz. Nunca imaginó que el destino la llevaría tan lejos de su patria. Tampoco imaginó que llegaría a amar esa tierra árabe, inhóspita, a la que arribó sin saber ni sus costumbres ni su idioma. La enfermedad de la madre de su marido lo obligó a él a regresar. A Ammán. A su hogar paterno. Pilar lo acompañó junto a los dos hijos valencianos de la pareja. Después de una larga enfermedad, la anciana murió, y el marido de Pilar sentía que debía quedarse. Argumentaba deberle a su tierra la experiencia acumulada a través de varios años en el extranjero. Pilar no logró convencerlo de volver a España, por más que llegó a amenazarlo: “Que me regreso, que me llevo a los niños. Que te quedas solo para hacer lo que te apetezca”. El jugó su carta fuerte: “¿Los niños? ¿Llevarte a los niños?”. Y se echó a reír: las leyes jordanas lo amparaban.

Pronto la furia y la impotencia de Pilar se confundieron en un extraño sentimiento, mezcla de apatía y resignación. Y un día se encontró acomodando todas las pertenencias familiares en Shobak, pequeño pueblo cercano a Petra.

No sabe qué duende la llevó cierto día a rumiar su decepción por las afueras del poblado. De repente unos gemidos lastimeros, que provenían del interior de una casa, la hicieron correr. Frente a esa morada sin puerta, el aroma a incienso logró desorientarla —luego supo que los beduinos lo queman cuando una mujer está dando a luz, para ahuyentar los malos espíritus—. Cruzó el umbral. Sobre una manta, en el piso, en penumbras y bajo condiciones infrahumanas, una parturienta pujaba inútilmente. Pilar no sospechaba que, por culpa de su sentido de la caridad, estaba rompiendo muchas tradiciones y tabúes: los árabes, celosos de su intimidad, miraban a la intrusa escandalizados.

Pero Pilar Díaz no vaciló. Sumergió sus manos en una tinaja de agua, alguien le alcanzó un lienzo para secarlas, y ella se arrodilló: la partera había renacido. Y en Jordania. Se oían el lamento de la madre, expresado en un cerrado árabe beduino, y el susurro tranquilizante de la española. Pese a encontrarse frente a un parto difícil, un diestro y sabio manipuleo hizo que finalmente latiera en sus manos una nueva vida. El llanto coronó el feliz alumbramiento y renovó de sentido la vida de Pilar.

Poco a poco, ella se amoldó a vivir como una campesina y a vestir alabaha, esa túnica beduina sin capucha, a diferencia del albornoz. Cuando yo la conocí, ya había atendido más de setecientos partos. Me contaba que a veces las jordanas parían en sus propias tiendas, las jaimas, y a veces en parajes desolados. Aprendió a hablar el árabe con ese acento perentorio de ellos, y viéndola desplazarse por Jordania —a raíz de un problema de salud, ahora trabaja como guía española de turismo—, parece formar parte del país. Los beduinos poco a poco fueron incorporándola a sus vidas. Y comenzaron a nombrarla “Nuestra Madre”. Me llamó la atención su respeto hacia ella. Pilar, como ya dije, adaptó sus vestiduras a la usanza jordana —no sabré nunca si por imposición o por comodidad—, pero no se convirtió al islamismo. Cristiana, todos los años celebra el nacimiento de Cristo, a los pies de un árbol navideño.

—Un árbol con raíces y todo —cuenta—. Los beduinos me traen uno, y ellos mismos lo llenan de luces.


Las ruinas de Jerash, las rojizas arenas de Petra, una emocionante puesta de sol tras las aguas del Mar Muerto, fueron algunas de las vivencias que compartimos. Recuerdo una parada en un campamento nómade, para contemplar a una mujer elaborando cuajada, o labna, al rítmico sacudir de un pellejo de cordero. También recuerdo otro día en la ciudad rosada, haciendo equilibrio al pasar de una cueva a otra. Desde el fondo de una de ellas, un grupo de hombres sentado en semicírculo nos observaba.

—Mirad —nos dijo Pilar señalándolos—, mirad cómo brillan sus dientes de oro. Mirad cómo pintan sus ojos con kohli. Aquí ese delineador lo usan también los hombres. Desde el segundo día de su nacimiento lo hacen.

Se acercó a ellos, y rieron juntos. Intercambiaron cigarrillos, entablaron una conversación más parecida a pelea por el tono típico del árabe. En uno de esos encuentros, riéndose, Pilar giró hacia nosotros para contarnos:

—Me lo acaban de decir: ahora están comprando mujeres egipcias, porque son más baratas que las de acá, que les cuestan una fortuna en oro y caballos.

 Ya escrito este relato, me di a buscar alguna lámina para ilustrarlo. Entre el material de Jordania, encontré un recorte periodístico acerca de Pilar. Allí cuenta algunas cosas que yo he narrado. Supongo que, como todos los guías, ella tiene su discurso preparado y repetido, que recitará ante decenas de grabadores. Quizás estos apuntes sean más de lo mismo. Pero pienso que vale la pena reiterarlo.

 Pilar Díaz, más beduina que andaluza, la abuela más prolífica que conocí, nunca sabrás cómo recuerdo tu calidez, los hermosos lugares por donde nos paseaste, el amor con que nos mostrabas el país. La música de Naná Mouskouri, que te gustaba tanto y nos hacías escuchar todo el tiempo, inevitablemente está unida a mi nostalgia. Puede sonar insólito, ¿no? El canto de una griega remontándome a Jordania.

No sabrás tampoco cuánto me conmueve todavía, a pesar de los años, recordar cómo te recibían cuando entrábamos a algún poblado. Al ver a las mujeres que te rodeaban presurosas, y a grandes voces llamaban a los niños que corrían hacia ti, nos explicabas orgullosamente:

—¿Sabéis qué dicen? “Anda, mira, saluda a tu abuela".

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