Por Amado Raspo
El buque "Villarino" trajo desde Montevideo los restos del General San Martín no pudiendo llegar el buque por su calado hasta el muelle "Las Catalinas", por lo que se procedió a retirar los restos de la cámara del transporte y embarcarlos en una lancha preparada a tal objeto.
Los miembros de la comisión se instalaron en el vapor "Talita" y remolcado por este y escoltada por otros botes, la lancha conductora de la preciosa carga llegó al desembarcadero donde se había congregado el Gobierno y numeroso pueblo. Las baterías de tierra y de los buques saludaban con salvas de 21 cañonazos, desembarcando el féretro. Domingo Faustino Sarmiento fue el encargado de interpretar con su palabra elocuente y erudita el significado de aquel acto trascendental.
Conducidos desde el muelle los restos a la plaza San Martín, aquí vibró la elocuencia insuperable del presidente de la República Nicolás Avellaneda para destacar la gloria insuperable del Libertador y entre sus magníficos párrafos se destacan los tres siguientes:
"La América mostrará entre sus monumentos el sepulcro del primero de sus soldados. La República Argentina guardará los despojos del más glorioso de sus hijos. Seis naciones viven independientes dentro de las líneas trazadas por la espada del Gran Capitán.
"Pueblos de América escuchadme: no olvidéis el consejo del Libertador y cuando encontréis su estatua ecuestre en las márgenes del Plata, en los llanos de Maipú o a orillas del Rimac, leed siempre las eternas palabras escritas en su base: "la presencia de un militar afortunado es temible en los Estados que se constituyen de nuevo" para que convirtáis jamás una espada en cetro. La espada brilla con luz tan soberana durante los combates, obedece en la vida civil y no manda.
"Guerreros de mi patria. Conciudadanos, inclinémosnos sobre estos sagrados restos y oiremos que suena nuevamente en las alturas la voz que dijo: «El General San Martín no derramará la sangre de sus compatriotas y solo desnudará la espada contra los enemigos de la independencia sudamericana»".
Y luego, terminando sus palabras, el vibrante orador dijo: "Sombra del Gran Capitán: vuestro último voto se encuentra cumplido. Descansáis en vuestra tierra. Levantáos para cubrirla. Señor oídnos: las naciones más poderosas están sometidas a trágicas vicisitudes y la historia de este siglo se halla llena de tristes ejemplos. Señor: proteged la independencia de nuestra patria y la santa integridad de su territorio contra todo enemigo extraño. Que vuestro brazo invisible trace murallas de fierro en las fronteras para que la bandera que hicisteis flamear en las cumbres más excelsas de la tierra, no sea jamás uncida al carro de un vencedor".
Luego de las palabras de Avellaneda y demás oradores se transportaron los restos a la Catedral, iniciándose un desfile popular que duró muchas horas.
El día 29 el túmulo donde se destacaba el féretro estaba cubierto de flores y sobre aquel se había colocado la bandera del Ejército de los Andes y la del Regimiento Río de la Plata.
Oportunamente el arzobispo monseñor Aneiros subió al púlpito y en una oración sagrada enalteció los méritos del Libertador.
Culminaron los actos con la colocación de los restos en un sarcófago erigido bajo las bóvedas de la Catedral, ese mismo día sólo con la presencia de las autoridades y los miembros de la comisión encargada de la repatriación de las sagradas reliquias.
Extractado de "Efemérides sanmartinianas de Jacinto H. Yaben (páginas 120-121).
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