Por Redacción
El tema de la liberación adquiere en ciertos tiempos un vigor preponderante. En otros, pasa a un segundo plano, porque nuevas urgencias aparecen prioritarias.
Sin embargo, como la libertad, la liberación debería estar presente en la conciencia de todos, más allá de los vaivenes ideológicos y de situaciones coyunturales. Larga y comprometedora tarea, de la que todos tendríamos que sentirnos responsables, porque todos vivimos diversas formas de esclavitud, dentro y fuera de nosotros mismos.
Un adalid de la libertad, el obispo brasileño Helder Cámara, realizó muchos llamados a vivir y hacer vivir la liberación en todas sus dimensiones, cristianamente hablando. Aquí va un ejemplo:
"¡Aseguremos con ambas manos la bandera de la liberación! Liberación del egoísmo y de las consecuencias del egoísmo. Liberación de las estructuras de esclavitud! Liberación de las guerras! Liberación de los racismos! Liberación de la miseria, que es la peor y la más sangrienta de todas las guerras! Liberación de las soluciones a medias, de los reformismos, de los paliativos, del mero paternalismo! Liberación del miedo y de la falsa prudencia! Liberación como aquella que realizó Moisés, pero conducida personalmente por el propio Dios y que ilumina con su fulgor toda la historia sagrada: la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud de los faraones! Liberación como la que realizó Jesús en la cruz, para que no haya ni superhombres ni infrahombres, sino simplemente hombres, hijos del mismo Padre, hermanados en la sangre redentora, conducidos por el Espíritu de Dios!".
Naturalmente, esa liberación no puede darse si no es a partir de una liberación personal, con una generosidad capaz de cruzar las fronteras del propio egoísmo. Lo dice también don Helder:
"Para librarte de tí mismo, lanza un puente más allá del abismo de la soledad que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de tí mismo, intenta escuchar a algún otro, y sobre todo prueba esforzarte por amor, en vez de amarte a tí solo...
Si ahondamos en las raíces profundas de toda esclavitud, nos encontraremos cara a cara con el pecado, del que Cristo vino a liberarnos por su muerte y resurrección. Son palabras de San Pablo: "Esta es la libertad que nos ha dado Cristo" (Gal 5,1).
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