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Información General Sábado 11 de Febrero de 2012

La vieja Recova y su viejo fantasma

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Orlando Pérez Manassero

Por Orlando Pérez Manassero

Si la noche era una de esas sin luna y las calles del centro estaban casi desiertas, entonces se lo podía ver. Cuando las campanas del reloj de la Catedral anunciaban las tres, aparecía. Era una sombra difusa, una imagen fuera de foco de un hombre caminando lentamente con las manos tomadas a su espalda. Caminaba y parecía observar su entorno. Iba y venía bajo la añosa Recova y luego se esfumaba por algún rincón oscuro entre las derruidas paredes del viejo almacén de ramos generales. Alguien, hace un tiempo, pudo ver su cara unos segundos. "Era -dijo- el rostro de un hombre triste. No tuve dudas en aquel momento sobre quién era el aparecido. Imaginé la angustia de esa alma en pena que veía convertirse casi en ruinas buena parte de lo que con tanto empeño construyó en su tiempo. Abandonado y sucio, surcados sus muros por tremendas hendiduras, carcomidas sus columnas por años de desidia y olvido, no podía esperar más que un pronta demolición pusiese fin a su existencia antes de que cayese por sí solo. Imaginé a la sombra recordando cuando, cien años atrás, volantas y chatas rodeaban la plaza del pueblo mientras sus dueños -esos gringos piemonteses de piel curtida por el sol y gruesos bigotes tipo manubrio- intercambiaban noticias y cantaban bajo la nueva Recova, mientras degustaban gratuitamente quesos y salames regados con buen vino carlón italiano que él les ofrecía. Mientras tanto, en los almacenes, sus mujeres compraban las provistas necesarias para subsistir otro mes más en la soledad de los campos. Imaginé a la sombra envuelta en esos recuerdos recorriendo después, paso a paso, su propia casa transformada hoy en un museo. Estoy seguro que al menos, cuando pudo ver la memoria de Rafaela resguardada en las que fueron sus habitaciones, en algo se pudo mitigar su dolor. Imaginé que hasta llegó a sonreír.

Sí, nunca tuve dudas sobre quién era el aparecido".

Ayer, noche iluminada de un fin de semana en Rafaela, alguien pudo ver su cara unos segundos. Era, dijo, un rostro de hombre satisfecho y feliz. Imaginé entonces que la sombra había regresado muchísimo antes de las tres campanadas y se encontró con que al fin habían cercado el edificio de sus desvelos. Estoy seguro que fue más que dichoso después, cuando vio sobre su vieja y destartalada Recova la ilustración de un moderno edificio de altura cuyo frente restaurado es el mismo que él ordenó edificar hace más de un siglo. Y creo que la sombra, desbordando alegría, pensó en volver a su casa, a su patio, a la galería donde sus hijos retozaron hace tanto tiempo, quizás nada más que para reflexionar a solas sobre tamañas novedades. No encontró la soledad ansiada. Su patio estaba colmado de gente como jamás él hubiese soñado ver allí, degustando todos en viejas copas las mismas bebidas de principios del siglo pasado que él sabía comerciar. Y había música, un tanto extraña para sus oídos, pero agradable. Me imagino que la sombra difusa se quedó allí, en el rincón más oscuro, hasta que los amigos del museo, es decir los amigos de su casa, apagaron las luces.

Muy pronto, en otra noche, ese patio volverá a convocar a la gente y habrá viejas copas en cada mano. Y otra vez habrá música. Estoy seguro que si usted concurre y se fija bien, en algún rincón oscuro verá la sombra difusa y sonriente, aunque fuera de foco, de don Faustino Ripamonti.

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