Por María Florencia Forni
El viernes 27 de abril se estrenó en Rafaela “Memorias del deseo”, una obra escrita y dirigida por Matías Aimino, interpretada por Soledad Dominino y Oscar Godoy, con selección musical de Alejandro Menardi. En esta propuesta, del grupo local Teatro del Abra, el texto literario asume el rol principal; y entonces puede uno preguntarse: ¿qué historia nos contaría “la literatura” (siempre atravesada por nuestros deseos, pasiones, miedos y memorias) si fuese ella la protagonista de una obra?
EL DESEO REGRESA
Un hombre y una mujer se encuentran en un lugar cercano a la estancia de la familia Tessaro. Desconocemos sus nombres, sus ocupaciones, y aunque el texto nos brinde algunos indicios, tampoco tenemos certezas del tiempo histórico en el que ocurren los hechos de los que la obra nos hará testigos.
Intimista, cálida y distante a la vez, la pieza teatral comienza con la mujer recogiendo agua de los tachos, para sanar al hombre que por accidente habría llegado a la estancia. El sonido del agua escurriéndose entre sus manos y golpeando sobre las chapas se convierte en una melodía que invita a los espectadores a saborear la sutil belleza que nace de lo simple y cotidiano.
La mujer recita entonces un relato que había memorizado tiempo atrás para recibir a los chicos de las escuelas que pasaban a visitar la capilla de estancia, conocida como “Il Tempietto”. Y al terminar su relato confiesa que se trataba de un invento, aludiendo también a su capacidad para memorizarlo. Podemos hablar entonces de una ficción dentro de otra ficción (la que supone toda obra de teatro), y a la vez, de una “confesión” de la literatura.
A partir de entonces, en el discurso de los dos protagonistas recurrentemente se mezclan fragmentos de relatos pasados, traídos al presente por sus memorias y sus deseos. Y una suerte de magia nace cuando nos damos cuenta que aquellas historias que llegan del pasado están, de cierto modo, “escribiendo” lo que ellos viven en su presente.
“Memorias de deseo” sucinta una reflexión acerca de la relación que existe entre las historias que imaginamos y las historias que vivimos. ¿Hasta que punto los relatos “que inventamos” pueden volverse realidad? ¿Y hasta que punto las historias del pasado, como los hombres, los caminos y las vidas, se cruzan? ¿Acaso existe ese deseo, que enmascarado atraviesa nuestros relatos y silencioso marca nuestro accionar?
LA PALABRA VIVE
El texto literario asume el rol principal en “Memorias del deseo”, invitando a los espectadores a reencontrarnos con la experiencia de la literatura pensada como una manifestación artística cuyo principal objetivo es el goce del lector (y pienso en el lector de cualquier edad, clase social, contexto histórico y cultural).
Los actores, Soledad Dominino y Oscar Godoy, asumen un doble desafío, al aceptar que sean sus cuerpos (en el sentido amplio de la palabra) los vehículos que le dan vida a las palabras, palabras que construyen historias, lejanas, remotas o recientes, historias pasadas e historias por venir.
Y es el de ellos un doble desafío porque quien asume la propuesta de dirigirlos, de guiarlos en ese trabajo de “traducción”, es también el creador del texto. Y como escritor, Aimino sabe que sus memorias, sus deseos, su inconsciente, inevitablemente atraviesan sus obras, tanto el texto literario como la puesta en escena que a partir de él construyeron.
El vestuario y la escenografía fueron “precariamente” diseñados por el director y los dos actores. Y hago especial uso de las comillas, porque apelando a los recursos literarios, es el texto de Aimino el que permite que los espectadores construyamos imágenes, imágenes visuales del lugar donde sucede la historia, e imágenes sensoriales, que marcan, comunican acerca de las emociones de los personajes.
En ese aspecto, los temas musicales seleccionados por Alejandro Menardi constituyen un elemento significativo para crear diversos climas.
De este modo, “Memorias del deseo” permite reencontrarnos (tal vez esta es una intención, consiente o no, del escritor) con el poder de la palabra: usada para contar, para encantar, para enamorar, para vender, para inventar otros mundos, o sobrevivir en este. Un poder efímero, o abstracto, pero no por ello irreal; porque la palabra en sí misma encierra un misterio. Un misterio que se vive y se goza, como la vida; y fracasa, quien inútilmente decide develarlo.
La obra se repone este sábado 5 de mayo a las 19 en el Teatro Lasserre.
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