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Información General Jueves 17 de Marzo de 2011

La intimidad, devenida en show

¿Puede una pareja resolver sus conflictos en un programa de TV? En “El referí del matrimonio”, que se emite todas la tardes por Telefe, personas comunes revelan sus problemas conyugales. Y los televidentes, entretenidos, debaten acerca de la intimidad ajena.

María Florencia Forni

Por María Florencia Forni

Un costado caricaturesco y bastante grotesco de las relaciones de pareja se muestra en cada capítulo de “El referí del matrimonio”, el talk show que se emite de lunes a viernes a las 16 por Telefe. Allí, dos parejas anónimas buscan resolver problemas conyugales, dejando que Gabriel Corrado, el conductor, y un panel de famosos los aconsejen y “tomen decisión sobre el conflicto”.

Los problemas revelados no son ni muy serios ni catastróficos (no se habla de infidelidad, problemas de dinero o conflictos familiares), sino que tienen que ver con la rutina: “él no lava los platos”, “ella no me deja comprar la moto”. Y a partir de preguntas, ejemplos y comentarios a los que los participantes acceden, cada capítulo “busca razones y culpables, a la vez que premia a la dupla con más coincidencias”.

Corrado y un panel integrado por famosos (en el debut estuvieron Soledad Silveyra, Fernanda Iglesias y el Turco Naim, luego participaron Pampita, Alexandra Rampolla, entre otros), procuran atenuar las diferencias planteadas por esos hombres y mujeres dispuestos a exhibir en público sus conflictos domésticos.

El tramo final del programa se aleja del típico formato de talk show, para dejar lugar a la parte lúdica con un típico juego de coincidencias, a partir del cual se revela qué pareja (supuestamente) se conoce más entre sí.


REALIDAD DE LA TV

Creado por el comediante estadounidense Jerry Seinfeld, “El referí del matrimonio” se presenta como un reality terapéutico, con toques de talk show. El factor “realidad” se ve reflejado tanto en las historias reveladas por los matrimonios, como en las experiencias personales que los famosos que integran el panel comparten con el público. Porque ellos no hablan desde su arista profesional sino que aconsejan a los participantes desde la experiencia de la vida conyugal.

En el primer programa, por ejemplo, Solita Silveyra aconsejó a una mujer que vaya al gimnasio para volver a seducir a su marido y el “Turco” Naim habló con pasión de las motos para tomar partido por la otra parte.

“El referí del matrimonio” puede pensarse como un programa de telerrealidad: el género televisivo en el cual se muestra lo que le ocurre a personas reales, en contraposición con las emisiones donde se muestra lo que le ocurre a personajes ficticios, interpretados por actores.

Pero (cuidado) aunque los participantes de estos programas sean personas reales, ¿de qué hablamos cuando hablamos de realidad? Lo que los productores de un programa presentan como real y lo que la gente (o parte de la audiencia) cree como tal, responden a un guión. De modo que podríamos hablar de una realidad guionada, armada: ¿una realidad irreal?


INTIMIDAD AL AIRE

Un rasgo sobresaliente de estos géneros televisivos, en los que personas comunes cuentan sin vergüenza sus intimidades, es la violación de las fronteras que separan lo privado (es decir, lo que pertenece al ámbito íntimo y familiar) de lo público.

Y esa trasgresión parece producirse con una “rara autoconciencia genérica, porque el talk show alienta la exposición, invitando, explícitamente, al exhibicionismo”. El espectador mira para ver que algo se rompe: es el simulacro o la revelación de una experiencia que para alguien parece ser liberadora: “Voy a decir, en público, que…”.

Y el espectador no sólo mira, sino que se divierte, porque en la tele lo privado se hace público y, al mismo tiempo, deviene en espectáculo.

¿Pero por qué nos atrae tanto conocer la vida ajena? No es nuevo: el chusmerío siempre existió. Y cada vez que alguien decide ver un programa de TV donde otros revelan sus conflictos, existen razones para hacerlo, como: la familiaridad de los temas, los debates que se generan en torno a un caso, la exposición despiadada de los testimonios, entre otras.

Y pensemos que si la vida es como un flujo simultáneo, fragmentario, superpuesto, de sensaciones, imágenes y memorias, debatir sobre la vida del otro, de cierto modo, puede ayudar a ordenar (o a dar la sensación de que estamos ordenando) la propia vida.

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