Por Diana Biscayart
I
El 26 de noviembre de 2010 llegué a Charleston, en Carolina del Sur, invitada por amigos de mis sobrinos Sebastián y Fernanda. Junto a todos ellos pasaría Thanksgiving Day, el día de acción de gracias.
Desde Washington recorrimos en auto interminables 900 kilómetros de autopista. Nada pude ver y pensar que había rechazado viajar en avión para conocer mejor el paisaje.
Los festejos habían comenzado según la costumbre americana, a media tarde. Recuerdo la agradable bienvenida y mi ansiosa curiosidad: viviría esa celebración por primera vez. El designado para ofrecer una oración fue Will, el hijo de los dueños de casa. También recuerdo los manjares con que nos agasajaron: pavo relleno con salsa de arándanos rojos -los clásicos cranberries americanos-, puré de batatas con nueces trituradas, espinaca a la crema y la riquísima sopa de cangrejos, típica de la zona. Y la familiaridad. Y la buena disposición. Todos colaboraban, pero Will no tardó en jactarse de haber pelado las papas y preparado las cazuelas él solo. Diligente, controlaba el horno para que las empanadas criollas no se incinerasen; a nuestros anfitriones los deleitan, y las había preparado Fernanda en Washington.
El espíritu de camaradería se desplegaba en alegres cantos: hasta altas horas de la noche jaraneamos recostados sobre almohadones en el piso, mientras degustábamos helados en tulipas, rociados con chocolate caliente y nueces picadas.
-Como voy a pasar Navidad en Argentina con mis padres -comentó María Fernanda-, ni bien volvamos a Washington me compro el país.
-Ya te veo revoloteando por las tiendas -dije, recordando que, según es tradición, el viernes siguiente al Thanksgiving se inician las compras
navideñas-. Te veo haciéndote de toneladas de regalos para tu familia y tus amigos argentinos.
-No te equivocás, Diana. Calculo por lo menos tres valijas de ropa.
-Sí -dije riendo-. Y también no me equivoco al imaginarme pasando una de ellas por la Aduana como si fuera mía.
Cerca de las diez de la noche, los chicos me dejaron en un hotel céntrico. A la mañana siguiente recorrimos en un coche de paseo, al trote corto, esa hermosísima ciudad sin tiempo, histórica, bien sureña, con fusión de estilos en casas de dos pisos, muchas blancas.
Atrajeron mi atención unas pequeñas palmeras que veía a cada paso.
-A esa palmera acá se la llama palmetto -explicó Sebastián-. No es un mero adorno: aguanta firme los vientos del Atlántico y además es todo un símbolo de Charleston.
-Mirá, Diana -dijo Fernanda señalando el mástil de un edificio a nuestra izquierda-. ¿Ves esa bandera azul a rabiar? Es la de Carolina del Sur, con una media luna y un palmetto.
-¿Y esa otra bandera -dije-, que también tiene un palmetto, pero está cruzada por una equis de estrellas?
-Es la bandera de la Carolina del Sur rebelde -dijo Fernanda. Sebastián se quedó pensativo.
-En esta tierra -dijo- guardan mucho respeto por su pasado.
-¿Recordás cuando bailabas charlestón? -me dijo Fernanda, como si no hubiese escuchado la reflexión del hermano-. En los años locos del veinte...
-En los años locos del veinte, querida Fernanda, yo ni siquiera era un proyecto.
-¡Ja! Ya lo sé, Diana. Lo que quería que supieses es que por esos años Josephine Baker lo impuso en los Estados Unidos, donde hizo furor. Y dicen, por supuesto, que el nombre del baile, charlestón, se basó en el de esta ciudad.
Abandonamos el carricoche para caminar a lo largo de la costa del Atlántico, en la zona conocida como Rainbow Row. Allí, las coloridas viviendas son en su mayoría residencias históricas. Abundan las encinas cubiertas de musgo y jardines con azaleas y camelias.
Acodada en el murallón sobre el océano, divisé allá a lo lejos los inconfundibles contornos de una fortificación.
-Fort Sumter -dijo Sebastián-. Ese fuerte, defendido por valientes durante la Guerra de Secesión, hoy es un museo de los Estados confederados. Junto a las colecciones bélicas, descansa la bandera que ondeaba durante los bombardeos de 1861.
-Se la conoce como “The flag that started a war” -comentó Fernanda-. Si querés ir, hay un barquito que llega a Fort Sumter en sólo media hora.
-Escuchá cómo rugen las olas, Fernanda -contesté aferrando mi sombrero a punto de volar- y mirá la violencia con que rompen.
Las fuertes ráfagas y el mar encrespado nos hicieron desistir. Lástima: al día siguiente debía partir de Charleston. Era improbable que volviese alguna vez y ya no podría visitar aquel museo. Además me faltaba conocer su puerto, el segundo más grande en la costa del este y el cuarto más grande de América. Según leí en los folletos, se trata del segundo puerto productivo del mundo, después del de Hong-Kong.
Al anochecer, Will, su madre Iris y mis sobrinos me buscaron por el hotel. Aceptada mi invitación a comer juntos, nos frustró llegar al restaurante elegido y comprobar que aún continuaba ocupada por extraños la mesa que habíamos reservado. Ya no soplaba viento y la noche cálida invitaba a recorrer los bares con reminiscencias de pubs irlandeses. Música, ruido y la cerveza bebida del pico de la botella.
Y por fin volvimos al Hank's Seafood Restaurant, oyendo a lo lejos las notas de viejos blues, sorteando los baldosones del barrio viejo, las fuentes, los centros con flores tropicales. Y ocupamos nuestro lugar. Comimos todos los mariscos que puedan imaginarse. Tomamos sopa de cangrejo y también bebimos mucho. Contentos y achispados, conversamos acerca del paseo que habíamos realizado esa mañana.
-¿Y el Hunley? -preguntó Iris-. ¿Te irás sin conocer el Hunley? Bueno, lo que se muestra en la base naval.
-¿El Hunley? -pregunté intrigada-. ¿Qué es el Hunley?
Entonces Will me contó uno de los más impresionantes episodios bélicos que roza lo legendario.
II
Durante la Guerra de Secesión o Guerra Civil Estadounidense, los Estados del Norte y los Estados Confederados del Sur se enfrentaron entre 1861 y 1865. A principios de 1864, en pleno conflicto, uno de los teatros de operaciones fue Charleston: la Unión, con el propósito de impedir que buques mercantes aprovisionaran a los confederados apostó frente al puerto de Charleston dos navíos importantes: el USS Housatonic y el USS Canandaigua.
El bloqueo de los unionistas impedía que entrara a Charleston lo necesario para el ejército -carne salada de cerdo, maíz, botas, mantas y el plomo de balas de mosquete-. Y lo necesario para la población civil también. La situación era desesperante. Debía romperse ese bloqueo y los marinos de Charleston se dieron a imaginar un auténtico asesino silencioso. Muy pronto ese pequeño monstruo de acero se convertiría en el primer submarino que hundió a un barco enemigo.
El Hunley, construido en Alabama en 1863 conforme a los planos del ingeniero Horace Lawson Hunley, no era más que una especie de caldera de sólo doce metros de largo. Se movía a tracción humana, por medio de una manivela que accionaban siete valientes marineros. Junto con el comandante los ocho sumaban el total de la tripulación.
Se desplazaba apenas por debajo de la superficie, pero así y todo demostró ser de gran peligrosidad. Después de las primeras pruebas fue transportado a Charleston para que combatiese el sitio de los unionistas. Fue un sumergible maldecido desde su construcción. Antes de entrar en combate llegó a hundirse hasta en tres ocasiones, provocando la angustiosa muerte de sus tripulantes, entre ellos la de su mismo inventor.
Pero arreciaba el acoso del enemigo, de modo que un valiente osó comandar esa averiada y condenada nave: el Teniente George L. Dixon. Bajo sus órdenes se repararon partes dañadas, se instaló una hélice que moviera más agua y se modificaron los tanques de lastre. Dixon probó la resistencia del submarino llevándolo al límite. Verificó el tiempo de recorrido del sumergible y el lapso entre la inmersión y el regreso a la superficie, obligado por los bajos niveles de oxígeno. Dixon calculó treinta minutos de autonomía y así se lo informó al Almirantazgo. Confiaba plenamente en que podría convertir al Hunley, reparado y bajo su experta conducción, en el arma devastadora que necesitaba la causa del Sur.
Con el correspondiente permiso, Dixon puso su mira en el primero de los navíos bloqueadores: el USS Housatonic. En la noche del 17 de febrero de 1864, a las 20:45, los submarinistas confederados recibieron órdenes de atacar. Noche oscura, nubosa, ideal para que la luz de la luna no delatara el casco de hierro del Hunley. Ni, sobre todo, el largo poste que, en proa, portaba una carga explosiva: el llamado torpedo pértiga, primitivo antecesor de los actuales misiles. El pequeño Hunley navegaba emergido y Dixon tomó la decisión de sumergirlo a casi un kilómetro y medio del primer objetivo.
Según la narración del único superviviente del buque de la Unión -algunos de estos detalles se encuentran en los archivos navales-, la moral del Housatonic no era óptima. Entre la tripulación corrían rumores acerca de una “máquina naval infernal” -en ese entonces la palabra “submarino” no existía-. Desarrollada por los confederados podría deslizarse sigilosamente bajo las aguas y aproximárseles sin ser advertida. El comandante unionista, capitán Pickering, había decretado un alerta máxima. Tanto oficiales como marineros entonaban el himno americano sin advertir que aquella “máquina infernal” navegaba, en ese mismo momento, sigilosa y sumergida, muy cercana al poderoso buque de la Unión. Hasta que estuvo en posición de adherirle una mina a su casco.
¡El himno truncado por el silbato del vigía! ¡La explosión! ¡El desespero por abandonar la nave! ¡Los botes salvavidas! ¡El intento de alejarse lo más posible del buque! El Housatonic se inclinó hacia atrás, la proa se elevó por sobre las aguas. Y, en unos momentos, el océano devoró al magnífico navío.
En medio de la algarabía de los tripulantes del Hunley, el Teniente Dixon empuñó su linterna de magnesio y les envió a los comandos la señal que anunciaba el hundimiento del primer blanco.
Y minutos después, cuando la multitud agolpada en el puerto de Charleston esperaba el surgimiento del Hunley... la ingeniosa y mortífera máquina no apareció.
Fue encontrada 136 años más tarde, enterrada bajo dos metros y medio de arena y lodo. Esa tumba de arena y lodo que la conservó para la posteridad, con todos sus tripulantes adentro.
A todo lo que rodea al Hunley lo envuelve el misterio -se desconocían incluso sus medidas y su formato- hasta que en 1995 se localizó su emplazamiento. Gracias a sofisticados sistemas de elevación, el Hunley, que estaba cubierto por el fango, fue izado en bloque el 8 de agosto del 2000.
Sometido a los estudios pertinentes, lo primero que sorprendió a los expertos fue su avanzado diseño: el submarino tenía forma alargada y los remaches habían sido aplastados, sendos testimonios de una preocupación por la aerodinámica. Sin embargo, carecía de sistema de ventilación: la falta de oxígeno se comprobaba gracias a la simple observación de una vela de sebo.
Teniendo en cuenta esa precariedad comenzaron las diversas teorías sobre la desaparición del Hunley. Algunas sostenían que la fuerza de la explosión habría dañado componentes del submarino y así se abrió en la escotilla una vía de agua que terminó por clavarlo en el fondo. Según otras, una vez en las profundidades, algún valiente del Hunley habría roto una válvula para inundar la nave y acelerar así una muerte cierta. También se sospecha que los niveles de dióxido de carbono aumentaron a niveles tales que provocaron el desmayo de los tripulantes.
Esta última es la versión que más se acepta. La posición de los esqueletos, en perfecto orden junto a la manivela, denota que los audaces marineros no habían querido escapar, sino que se habían mantenido sentados hasta último momento. Es probable que hayan ido cayendo inconscientes por el agotamiento y el enrarecimiento del aire.
Y entre tantas conjeturas se verificó la leyenda que acompañaba al teniente Dixon. El siempre atesoraba consigo un amuleto: una moneda de oro de veinte dólares, regalo de su novia, Queenie Bennett. En otra contienda, la famosa batalla de Shiloh, la más cruenta de la Guerra Civil, una bala impactó contra esa moneda -Dixon la llevaba en un bolsillo del uniforme-, salvándole la vida. Un anillo de brillantes y esa misma moneda, doblada y con la inscripción Shiloh 6 de abril de 1862, fueron encontrados junto al supuesto esqueleto de Dixon entre los restos de un morral.
Después de los análisis realizados por expertos forenses se estableció, aunque con algunas reservas, la posible identidad de los ocho tripulantes: Teniente George E. Dixon, Frank Collins, Joseph Ridgaway, James A. Wicks, Arnold Becker, J. F. Carlsen, Lumpkin y Miller, de estos dos últimos se desconoce el nombre de pila.
En el museo de la base naval donde permanece el Hunley no permiten fotografiar el submarino original, pero se exhibe una réplica muy fidedigna. Al Hunley lo “despertaron de su eterno patrullaje” -término usado por los submarinistas veteranos para referirse al descubrimiento de las naves inexplicablemente perdidas en el mar-, el 8 de agosto de 2000. Desde entonces se encuentra en el laboratorio de conservación Warren Lasch, una especie de galpón en la vieja base naval de Charleston. Las fundaciones Hunley Comisión y Friends of the Hunley han sido las encargadas de regresarlo a la superficie, y administran el proyecto científico.
El Hunley se encuentra sumergido en un tanque de metal de 16,8 x 5,5 x 2,75 metros, que contiene 90.000 galones de agua de mar. Y una solución especial, a la que gradualmente le aumentan los niveles de oxígeno y cloruros hasta poder liberar al submarino sin peligro de que se desgaste al aire libre. El agua se mantiene en 10º centígrados y ondas parecidas a las corrientes submarinas se simulan con el fin de inhibir la corrosión. Los expertos aseguran que el Hunley podrá ser exhibido en 7 o 10 años.
Los ocho hombres que participaron y murieron en aquella misión fueron elevados públicamente a la categoría de héroes. Un encumbramiento justificado: debían ser conscientes, antes de la misión, de las escasas posibilidades que tenían de volver con vida.
En esa contienda bélica, desde Fort Sumter se hizo el primer disparo de los confederados. Y el Hunley, como ya se ha dicho, fue el primer sumergible que hundió un navío de guerra de la Unión.
Mucho se escribió sobre esta historia. En 1999 se estrenó La leyenda del Hunley (The Hunley), interpretada por Armand Assante y Donald Sutherland, y se filmaron también numerosos documentales.
El 17 de abril de 2004 tuvo lugar el “último funeral confederado”. Los marinos del Hunley fueron enterrados con honores militares en el Magnolia Cemetery, de Charleston.
III
-A la ceremonia asistió una multitud de cincuenta mil personas -dijo Will- y los gobernadores de todos los vencidos Estados sureños. -Alzó su copa y agregó-: Aduciendo que este reconocimiento a los intrépidos del Hunley era “un asunto del Sur”, el gobierno federal no se dignó a mandar representante alguno.
Se había hecho un respetuoso silencio entre aquellos que, momentos antes, habíamos brindado con tanta alegría. Muchas veces no somos capaces de reconocer a los mártires. Casi siempre anónimos, son ellos los que luchan. Son ellos los que ofrendan su vida y hacen de la nuestra una mejor.
Sepamos valorarlos.
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