Por Redacción
“La Cabra” protagonizada por Julio Chávez, junto a un elenco excepcional; Viviana Saccone, Vando Villamil y Santiago García Rosa, deleitó ayer al público rafaelino que colmó la sala del Teatro Lasserre. Sin más espacios por ocupar un repentino éxito de público llenó las 480 butacas de uno de nuestros teatros más tradicionales con una puesta en escena sin desperdicios.
Charlie (Julio Chávez) después de ganar un premio Pritzker y tras una vida aparentemente demasiado ordenada junto a su esposa Julia (Viviana Saccone) y su hijo Willy (Santiago García Rosa), vive una situación que desacomodará abruptamente su vida y la de su familia. Después de años de una relación familiar armónica por primera vez oculta algo y eso que esconde se relaciona con el amor, no cualquier amor, sino uno que particularmente además de hacerlo feliz lo perturba. La confesión a su mejor amigo Axel (Vando Villamil), descarrilará el desarrollo de la trama cuando decida contarle mediante una carta dicha intimidad a Julia. La naturaleza de ese amor los enfrentará a todos a algo inesperado, una crisis en sus vidas como nunca imaginaron.
La escenografía de la puesta en escena sitúa una biblioteca repleta de libros y adornos que ocupa casi la totalidad del espacio junto a una mesa, sillas y un gran sillón que acompaña el escenario. Los objetos distribuidos permiten además de establecer una particular localización espacial parecida a casi cualquier living de clase media, imponer un código de costumbres que crea y condiciona la conducta de los personajes. Los objetos serán prolongaciones de los estados anímicos que matizarán ciertas transformaciones, primeramente encarnan la situación de una familia tipo, sólo decorando e ilustrando amablemente el espacio. Un espacio que promueve una dulce comedia cotidiana entre enredos y olvidos de Charlie pasará a ser un campo minado por floreros caídos, trozos de cerámicas en el piso y un desorden que matizará los ánimos marchitos, la desilusión encontrada y una desesperación que Julia encarna furiosamente cada vez que su marido continúa su relato aportando algo más de realidad a los hechos que ella e incluso el público por momentos desearía desoír.
La problemática que astutamente propone la dramaturgia de Fernando Masllorens y Federico Gonzalez del Pino, pasea entre una temática que pone el acento en aquello que en apariencias resurge como “normal” en la sociedad y en la vida de pareja, lo esperable del sexo y sus vaivenes y la ética implacable del qué dirán asumido por la opinión pública de todos los tiempos. Sin embargo y aunque en medio de una tragedia como podría significar haberse enamorado fervientemente de una cabra, Charlie asumirá varias veces encontrarse en “otro estado” y proclamar en cambio un verdadero coraje que lo ubicará acompañando el desprejuicio del público, en otro lugar. La ética de abordar ese otro lugar presupone una interesante desmitificación, aquella que subvierte viejos valores establecidos y nos reubica cerca de una moral que según los cánones más conservadores se habría dado vuelta de su convención. El riesgo de trastocar los lugares comunes yendo más allá de eso que podría ser juzgado por nuestra sociedad, reedita el tan famoso malestar en la cultura que tan bien supo explicar Freud.
El planteo de la puesta abordando esta situación no desde el absurdo sino desde un realismo exquisitamente cuidado, reubica nuevas significaciones y lanza ásperamente variables que permiten suponer que nada es tan perfecto como solemos creer y eso se asemeja a una política del pensamiento. Las actuaciones impecables en su modo hacen de la construcción de cada personaje una persona en un sentido amplio con sus dudas y temores, con angustias y desenfrenos. La premeditada búsqueda de realismo logra expresar en su intimidad los preconceptos que sostienen el mito de una pareja estable hasta que el derrumbe se manifiesta sin descaro y con un impulso desgarrador sosteniendo los sentimientos de Julia.
Es notable mencionar el corrimiento que asume el espectador al acompañar visualmente los hechos que se suceden, primero observamos a Charlie y nos reímos con él de sus olvidos y poco después asumimos junto a él su felicidad por el romance aunque no sin algún reparo que nos ubica en ese lugar “incómodo”. “La Cabra” nos sitúa permanentemente en lucha entre aquello que deviene socialmente correcto y la necesidad de seguir las emociones. Ambos parecen ser protagonistas inevitables, hacia un lado y otro nos movilizamos, en tanto por un lado, estamos condicionados por la imposición de las reglas culturales y sociales y por otro, aliados a Charlie olvidamos el qué dirán para ubicarnos más acá de los sentimientos.
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