Por Redacción
(Por Roxana Glasberg). - La historia de nuestra jornada comienza allá por octubre de 2010 en una de nuestras tardes de entrenamiento en las que, a pesar del agotamiento, el diálogo nunca falta. Se me ocurrió preguntar entonces si acaso correr la Comrades en Sudáfrica sería una buena idea. Mi prometido Werner vive en Sudáfrica y fue quien trajo a colación la historia de aquella hermosa carrera de 89 kilómetros que se realiza en ese país cada año.
En un primer momento nos pareció casi imposible sumarnos a la propuesta, entre otras cosas porque jamás habíamos corrido una ultra maratón, y en segundo lugar, unos meses posteriores nos enteramos que en el 2011 la carrera se haría en subida. A partir de esta decisión, de participar en la Comrades Sudáfrica 2011, los meses siguientes transcurrieron en medio de largos y arduos entrenamientos. Entre nuestra gente, los amigos y la familia, no hubo nadie que no haya quedado boquiabierto al escuchar la distancia que compromete la carrera. Incluso mi papá nos trató de locos, acostumbrado a todas y cada una de nuestras aventuras.
Bajo ese impulso, hacia allá nos dirigimos: hacia la conquista de nuestro desafío.
Partimos desde nuestra querida Rafaela hacia esa tierra que alguna vez soñé visitar, el país que robó mi corazón.
Nuestra vivencia en Africa fue una experiencia de amistad, camaradería y de amor.
LA CARRERA
Adrián, Darío, Werner, Néstor “Tatín”, que debido a un problema de salud finalmente no pudo viajar, y quien escribe emprendimos la aventura. Nos acompañaron a lo largo de todos esos meses nuestra coach “Meli”, amigos, pacientes y nuestra familia que estuvieron en todo y para todo.
El aguante de papá y mamá fue vital, cada vez que llegaba de entrenar ellos me esperaban con su aliento. Las tradicionales tortas de “Mari” y Marce endulzaron cada jornada agotadora . “Meli” y “Silvi” incansables asistiéndonos con agua en los largos de los domingos hizo que no desfallezcamos de sed. ¡Cómo olvidar aquel Rafaela-Sunchales, de 60 kilómetros y todas peripecias que pasamos! Desde embarrarnos hasta la cabeza y correr durante una hora ininterrumpida de lluvia, hasta finalmente llegar, como solemos decir nosotros, con dolor general excepto en la bolita del ojo. Siendo todos amateurs, íbamos camino al desafío.
Decía San Agustín que quien no viaja sólo lee una página. Decididos a ser protagonistas, tomamos un vuelo de South African Airways con rumbo a Johanesbourg, donde Pierre, Mauritz y Werner nos esperaban. De allí partimos hacia Ballito, una hermosa localidad balnearia cercana a Durban. Allí transcurrieron nuestros primeros días previos a la carrera, entre un régimen sin carne que seguimos a rajatabla. La restricción estaba vinculada a la disposición de una dieta rica en carbohidratos según la cual debíamos acumular una sobrecarga para poder almacenar suficiente glucógeno para soportar la carrera. Malbec argentinos, caminatas y chapuzones en el Indico, mates, la consumación de mi compromiso con Werner y un paisaje verdaderamente paradisíaco ayudaron a mermar la ansiedad.
Durante los días previos al gran evento visitamos Durban, la ciudad capital cosmopolita que no deja de sorprender por su bellísima arquitectura, sobresaliendo el art decó. Vimos el imponente estadio de fútbol Moses Mabhida y la fascinante exposición de las Comrades y su maravillosa historia, recorrimos el puerto y percibimos la marcada influencia de la cultura Zulú.
La carrera comenzó el 29 de mayo a las 5:30 en Durban con rumbo a Pietermaritzburg. Descansar la noche previa al evento fue una misión imposible, después de casi dos mil kilómetros entrenados, el anhelado momento se estaba acercando. Esa madrugada partimos con tiempo para llegar sin apremios al punto de largada. Nos calzamos la celeste y blanca y subimos a la combi, con familia incluida. Todavía se me eriza la piel al rememorar lo que sentimos.
Antes de correr, en una de las revistas cedidas al cumplimentar los trámites de registro en la Expo Comrades, leímos la historia de una mujer que afirmaba que correr la Comrades “era como sentirse una heroína por un día”. Grande fue nuestra sorpresa y entusiasmo cuando la encontramos corriendo y no pudimos dejar de saludarla y cruzar unas palabras con ella. La mujer es un ejemplo de vida, una de esas personas inspiradoras que nos alientan a seguir con estas locas ocurrencias nuestras. Dicen que el solo hecho de intentar algo es más que suficiente. Así lo hicimos y así conquistamos esta batalla frente a nuestras propias limitaciones físicas, mentales y anímicas. Lo realizamos juntos hasta el final.
Para aquel que estima que correr 89 kilómetros es una experiencia solitaria y aburrida, tengo la intención de promover con mi relato un cambio en su mentalidad pues en muy pocas vivencias tuve la oportunidad de sentir la potencia del trabajo en equipo, la solidaridad y el compañerismo en grado mayúsculo como en Comrades. Sentimos también el apoyo y la calidez de los sudafricanos, quienes a los costados de la ruta nos alentaban sin parar.
El apoyo mutuo entre los cuatro miembros del equipo durante toda la carrera fue constante. Hubo momentos de calambres, de dolores que aumentaban gradualmente y a pesar de todas las contrariedades y el cansancio, tuvimos tiempo para emocionarnos al ver los rostros de nuestros familiares a los costados del camino.
Mi familia no pudo estar a causa de la enfermedad de mi querido papá, agravada en los meses previos al viaje a Sudáfrica. Su fallecimiento, ocurrido algunos días después de concluir la Comrades, me llevó a dedicarle la carrera y este relato. Porque fue él quien inspiró mis aventuras por la pasión con la que realizaba todos sus trabajos: hasta el entusiasmo que sentía por su Atlético de Rafaela -del cual fue el primer kinesiólogo- era verdaderamente contagioso. No podía dejar de mencionarlo y emocionarme, porque la vida gira en torno a las pasiones.
Llegamos a la meta felices y de la mejor manera, los cuatro tomados de la mano. Esa fue nuestra fortaleza. ¡Qué mejor ejemplo de camaradas podría citar!. Luego, por casi tres días fuimos incapaces de caminar con normalidad. Era muy loco ver a gente de distintas partes de Sudáfrica en las mismas condiciones. Aquel fue uno de los cansancios más placenteros que hemos experimentado hasta ahora en nuestras vidas.
Cuando regresé a Argentina, a la ciudad donde debía afrontar la triste noticia de la muerte de mi padre, asistí a una conferencia de Nando Parrado. Sus palabras tuvieron un efecto especial en mí, por llegar en el momento propicio se quedaron en mi corazón. Parrado explicó que fue el amor por su padre el que lo movió a salvar su propia vida en el accidente de los Andes. Ese mismo amor, que es el amor de hijo, me mueve a narrar esta historia. Me quedo con las últimas palabras de Parrado en aquella conferencia.
“Respira, respira otra vez, mientras sigas respirando estarás vivo, disfruta tu existencia, vive cada momento y no malgastes un solo instante. Hay que avanzar hacia el amor porque sin el amor de la familia, de los amigos, todos los aderezos mundanos estarían revestidos de falsedad”.
Quisiera destacar la impecable organización de la carrera. Para nosotros, un espectáculo incomparable lleno de energía. A los costados del trayecto se piantó algún que otro lagrimón al ver a nuestros familiares y amigos. Aunque mi familia no estaba físicamente su presencia en espíritu no me faltó. Pensé en mi mamá, en mi hermano y en mi papá, deseando que esté orgulloso de vernos llegar a la meta.
Quiero dedicar mi carrera muy especialmente a mi familia, a mi mamá Carmen, a mi hermano Andrés y a mi papá Ernesto que falleció el 9 de junio. No tuve tiempo de entregarle a mi padre la medalla de la Comrades, pero estoy segura de que la vio desde el cielo. Esta es la mejor manera que encuentro de honrar su memoria y de hacer honor a aquel que lo dejó todo por sus dos pasiones, el trabajo y la familia.
Ahora que no tenemos que dormir para soñar, ahora que sabemos que el mayor riesgo es no arriesgar, ahora que nada es importante y todo lo es, ahora es el momento de volver a empezar.
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