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Información General Lunes 6 de Diciembre de 2010

Juegos infantiles del pasado

Muchos juegos, casi sin haber cambiado su forma, tienen miles de años de antigüedad. Pasaron los años y desaparecieron la mayoría de los juegos infantiles reemplazados por la tecnología que a través de los celulares, la computadora y la television han relegado estos sencillos y entretenidos pasatiempos que estimulaban la amistad y la convivencia, la creatividad y la actividad física.

Redacción

Por Redacción

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Por Blanca M. Stoffel. - No sabemos en qué momento de la historia el hombre empezó a jugar. Todo lo que sabemos con certeza es que muchos juegos, casi sin haber cambiado su forma, tienen miles de años de antigüedad. Y como dice J. Huizinga: "El juego, en cuanto tal, traspasa los límites de la ocupación puramente biológica o física. En el juego entra en juego algo que rebasa el instinto inmediato de conservación y que da un sentido de ocupación vital. Todo juego significa algo" (Homo laudens. Cap. I México, 1943).
Los chicos de la aldea jugaron a todos esos juegos que aún conservamos en la memoria porque uno u otro, en alguna ocasión, debió ser también para nosotros entretenida distracción.
Se dice que un chino, que se llamaba Han-Sin, unos 200 años aJC inventó el barrilete o cometa. Leopoldo Lugones lo cantaba así: "Con buen viento y mano pronta, la audacia infantil del vuelo, a la conquista del cielo su barrilete remonta. Un día, fatal tirón rompe la cuerda tendida y es la primera ilusión que usté perderá en la vida" (El barrillete en: Poesías diversas de sus Obras completas. Madrid, 1948). Y muchos de nosotros, o hemos jugado con ellos o por lo menos los hemos visto en nuestro cielo en alguna oportunidad.
Con una armazón plana y muy ligera generalmente de caña, sobre la cual se pega ese papel fino, casi transparente que justamente se llama papel de barrilete, de varios colores y que lleva en la parte inferior una especie de cola formada por tiras de género o de papel. Desde el medio de la armazón sale un hilo muy largo, que termina en un carretel de cientos de metros. Con viento a favor se eleva el barrilete y a medida que se eleva se le va soltando el hilo.
Los niños buscaban un espacio abierto, donde no hubiera ni árboles ni cables en los que pudiera enredarse y quedar atrapado tratando de llevarlo a gran altura.
Normalmente eran de forma hexagonal u octogonal y algunos le colocaban en la cola hojitas de afeitar para cortar el hilo que sostiene el barrilete de un compañero.
En alguna ocasión solían enviar "cartas" a través del hilo, que ayudadas por el viento, llegaban hasta el mismo "cometa".
Tampoco faltaba el caso de que en un momento de distracción se escapara de las manos el rollo de hilo, el barrilete y su cola y salieran volando cada vez más alto en el cielo buscando liberarse de su atadura, dejando tras de si lágrimas de amargura y enorme desazón. La alegría y el júbilo que producían las evoluciones aéreas de los barriletes es un recuerdo que difícilmente se puede borrar a pesar de los años.

RAYUELA O TEJO
Otro de los entretenimientos de la infancia era la rayuela o el tejo. Se dice que fue inventado por un monje español y para tal afirmación se basan en que ella abarca toda la vida del hombre, su vida en este mundo hasta su entrada en el cielo. También dicen algunos que es el recuerdo de una antigua práctica de adivinación (Ibidem). Las veredas de nuestras casas, y los patios de baldosas eran los sitios preferidos para jugar al tejo o a la rayuela. Los pasos sobre los rectángulos acostados, pintados con tiza sobre la vereda, de donde había que sacar el tejo, venciendo con dificultades y destreza, el complicado juego.
El trompo, la peonza o la pirinola, era ese pequeño juguete de madera con una punta de hierro en un extremo y una parte sobresaliente en el otro, que se hacía girar vertiginosamente arrollando una piola a su alrededor y desenrollándola con fuerza y habilidad, arrojando el trompo contra el suelo para que danzara el mayor tiempo posible.
La destreza de los niños se manifestaba cuando se conseguía hacerlo bailar mucho tiempo y a veces ubicándolo -para el baile- en lugares difíciles y estratégicos, por ejemplo en el umbral de la casa o en la palma de la mano.
¿Quién no ha tenido un trompo y no ha aprendido a hacerlo bailar?
"Dichoso el tiempo aquel, de la niñez maravillosa, encanto de oro y miel bendita, edad de ingenuidad...", rezaba una canción de mi infancia.
Jugar es algo instintivo y los niños lo hacíamos desde la más temprana edad. Nos entreteníamos con cualquier cosa, con el objeto más insignificante, una pelota de colores, una muñeca, hasta que al crecer buscábamos la compañía de otros niños, de nuestros vecinos porque solos nos aburríamos.
Estaban los otros juegos infantiles de cantos y danzas, como el “Arroz con leche me quiero casar con una señorita de San Nicolás”; o en el ruedo aquel que decía señalando los zapatos de cada uno, “Botellita de licor, hay de menta, hay de rosa, para la niña más hermosa; el Mantantirulirulá, qué oficio le pondremos?..; los juegos de la Mancha, el Tochi o el juego del Escondite, La gallina ciega vendando los ojos de uno de nosotros hasta encontrar a otro para que lo sustituya y todos gritando “aquí, aquí” para desorientarlo, "La Farolera tropezó”. ¿Quién de nosotros no ha participado alguna vez de alguno de estos juegos que llenaban nuestras vidas de alborozado entretenimiento?
Y había más: estaban las bolitas de vidrio las más vistosas, con las que sobre todo los varones, jugaban a la “arrimadita” o “al arrebato” y el “ainenti” o la “payana” que se jugaba con cinco trozos de laja o de mármol pulido con los cuales había que realizar hábilmente varias pruebas, recogiéndolas, enviándolas al aire evitando que las piedras cayeran de las manos. El señor Ferpozzi que tenía la marmolería en bulevar Lehmann, con mucha paciencia y con bondad perdía su tiempo limando pequeños trozos de mármol blanco con los cuales jugábamos después horas y horas al ainenti.

PLAZAS O VEREDAS
Tardes pasadas alegre y apaciblemente en las plazas o en las veredas de nuestras casas. Y el salto a la cuerda más aceptado entre las chicas, cuando dos niñas sujetando la cuerda por los extremos y dándole vueltas y vueltas, mientras otras, por turno saltaban por encima procurando no rozarla, caso en el cual se perdía. La práctica requería agilidad y ligereza.
El juego de los bolos en el que había que voltear con una pelota de madera la mayor cantidad posible de bolos y que requería buena vista y habilidad. Y el Yo-Yo ese simple juguete con el que nos entreteníamos horas y horas.
También teníamos nuestras diversiones en algunos parques donde había hamacas, argollas, toboganes y trapecios, y donde los más valientes ejercitaban sus músculos con pruebas acrobáticas.
Había juegos para los fríos días invernales o cuando la lluvia nos impedía salir a la calle. Teníamos los rompecabezas y el mecano, las damas y el dominó, el ludo y la Oca.
Algunos juegos los hacíamos solos y otros requerían mucho movimiento y en cambio estaban aquellos que eran de realización pacífica, tranquila y sedentaria.
Pasaron los años y con ellos desaparecieron la mayoría de los juegos infantiles reemplazados por la tecnología, que a través de los teléfonos celulares, la computadora y la televisión, entre otros, han relegado estos sencillos y entretenidos pasatiempos que estimulaban la amistad y la convivencia, la creatividad y la actividad física, a simples recuerdos del pasado.

La autora es miembro del Centro de Estudios e Investigaciones Históricas.

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