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Información General Domingo 28 de Abril de 2013

Intima e intensa visión de la realidad

ELDA MASSONI

Hugo Borgna

Por Hugo Borgna

Los títulos de los libros dicen mucho de quien los ha escrito. Es natural: se busca que den una síntesis de lo que se intenta demostrar en cada obra. Podemos mencionar tres libros clave de su producción como “Huellas en el llano”, “Leyendas de la llanura” y “Susurros”.

En el caso de Elda Massoni encontramos la idea de la planicie, cuando usa las palabras “llano” o “llanura”. También aparecen los vocablos “piel” y “límites”. No es casual, creció en el ambiente rural, donde la vegetación, el sol y el color son protagonistas principales de la vida. De allí tomó la valoración del elemento creado, nacido mucho antes que los hombres. Amó la naturaleza y la hizo parte vital de su modo de expresarse.

Lo llano para Elda es un punto de referencia básico. No es lo más elemental, sino el origen de todo, el lugar desde donde es obligación crecer, desde donde el desarrollo no debería tener límites, como no los tiene el suelo.

Sentir la tierra descalzo es captar en profundidad el mensaje de la vida. Tocarla de ese modo y también con las manos es llenar la piel de sensaciones tan profundas que es necesario comunicarlas.

Elda Massoni fue todo eso: el resultado de aprender el antiguo, inmemorial origen de la vida en la Tierra, de sentir todo lo que puede surgir del calor y brillo del sol. Y fue mujer hondamente sensible. Su sentir es el propio de la humanidad crecida, pensante, abierta a las nuevas vivencias; permitiendo que todo se convierta en semilla y que ese germen invada su intimidad y que de allí surjan la poesía y el ideal de superación.

Los seres que habitan la llanura no son especies simples, de vida primitiva. En “Leyenda de las hormigas”, estas (no es justo llamarlas “insectos”, y a veces se pone en eso una carga despectiva) pueden negociar con el hombre, de modo que él les dice: “si se van de mi jazminero dejaré para ustedes periódicamente una cucharadita de azúcar o un poquito de dulce de leche en el rincón más alejado del patio…”. Dice también Elda que “El ser humano es también tacaño y no quiere dar nada. No sabe pactar” y que “Al fin y al cabo no hay que olvidar quién llegó primero a tierras americanas”.

La prosa de Elda tuvo poesía, y su poética mensaje, con todo el peso de su deseo intenso de comunicación, de la energía puesta en el más dulce susurro. “El alambre de púa retiene vellones,/ briznas, impulsos,/ oxida la evasión,/ vuelve al mundo pequeño y torpe./ No quita el sol, pero impide la huida;/ no detiene el viento, sin embargo/ hace menos largo el aliento/ y deja que sucumban en su cárcel aérea/ las libélulas desprevenidas”.

En otras oportunidades va más allá de esa conexión tan sentida entre naturaleza pura y componente humano y, dentro de su estilo sugerente e íntimo destaca las virtudes de un grande, tal vez en estos días desconocido u olvidado, como el entrerriano Juan L. Ortiz. “Cuando nos zambullíamos en los versos de Juanele/ los angélicos ojos se entornaban/ y poco a poco quedábamos solos/ ya inundados de un espíritu profundamente bello”.

Pero todo lo dicho es solo un punto de partida para entender la poética de Elda Massoni.

Asomarse -y más aún, arrojarse decididamente- en el mensaje que propone es una invitación tentadora y necesaria. Es apreciar lo significativa que puede ser la vida, cuando permitimos que la aparente simpleza de la tierra y de los elementos naturales, formen en cada uno un sentimiento tan grande, que en sí mismo llega a ser un arte. Siempre es el comienzo de una buena sensación.

Lo dicho, y confirmar lo bueno que es leer a Elda Massoni, es la misma cosa.

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