Por Redacción
No recuerdo quién escribió lo siguiente: "De los locos aprende la inocencia. De los sabios, la prudencia. De los virtuosos la humildad". Con razón escribió Alejandro Manzoni, el gran novelista y narrador italiano: "Cada acto de humildad nos permite adelantar un paso en el camino de la sabiduría". Muchos siglos antes, el Libro de los Proverbios (11,2) lo había expresado con palabras parecidas: "Donde hay humildad, hay sabiduría".
Por su parte San Francisco de Asís, el humilde Poverello, dijo en una ocasión: "Feliz el siervo que, cuando es engrandecido y ensalzado por los hombres, no se considera mejor que cuando lo juzgan por vil, simple y despreciable. Porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más".
Ni despreciarnos, pues, ni enaltecernos. Ser lo que somos, agradeciendo a Dios sus dones y lamentando nuestras falencias. En su librito "Como luces en tu camino" René Trossero dice al respecto:
“La autoestima es la tierra firme sobre la que apoyas tus pies para caminar seguro en la vida; no la destruyas en ti ni en los otros en nombre de una mal entendida humildad!
La humildad no consiste en que te desprecies y desvalorices, sino en que te aprecies y valores tal como eres.
Si para ver a tu alrededor debes treparte sobre los otros, eres muy bajo de estatura; si para sentirte valioso necesitas menospreciar a los otros, no estés seguro de lo que vales.
Es bueno que los otros sean humildes, pero es muy malo humillarlos.
Los que autoritariamente humillan, logran resentidos o apocados, pero no personas humildes.
Los que se creen indispensables se hacen insoportables; los que insisten en proclamar su inutilidad se hacen intolerables. Sé tú mismo, y serás útil. ¡Y eso es bastante!
No hoy soberbia más refinada y repugnante, que la de aquel que "trata" de ser humilde para parecer virtuoso. "
Y para el final, una buena idea espigada por ahí: "Aceptar el límite humano es hacerse capaz de tender la mano hacia Dios".
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