Por Carlos Pedemonte
Nota I
Ese jueves la ciudad amaneció radiante, desde las primeras horas se vivía un clima de fiesta y de gran expectativa, elegantes caballeros y sus mujeres se reunían engalanados con su mejor vestimenta. Finos trajes oscuros de corte italiano y sobretodos de pelo de camello contrastaban con sus cadenas de oro y plata; que competían con el destello de los gemelos grabados en puños almidonados. Las damas lucían sus vestidos largos, aunque en los círculos más encumbrados de la sociedad, ya se podían observar los primeros trajecitos sastre con falda. Todo era actividad, en el centro el tráfico de vehículos se volvió frenético; elegantes carruajes con sus caballos competían con el negro brillante de los lujosos automóviles.
La ciudad cumplía años y como parte de los festejos nadie trabajaba en sus labores habituales, además un gran acontecimiento había despertado el interés de la gente. Un magnífico reloj floral importado de Italia, donado por la familia Ripamonti; rico comerciante de la ciudad, ya se había instalado en la plaza principal frente al comercio de ramos generales de su propiedad. Estaba todo listo para su inauguración. Acompañando ese día tan especial, los empleados del comercio se dedicaban a preparar todo lo necesario para la fiesta que se realizaría en la magnífica residencia de la familia frente al reloj ubicado en la plaza principal. Concurriría lo más nutrido de la sociedad, como así también varias autoridades. La fiesta prometía continuar toda la noche.
Mientras Miguel, empleado de la firma realizaba tareas encomendadas para los festejos, su pequeña hija que lo había acompañado, jugaba en el enorme comercio. Había accedido a llevarla para que pueda disfrutar de la inauguración, donde la banda elegantemente uniformada, ejecutaría marchas italianas. Aparte se divertiría con las típicas historias de las marionetas, habría globos listos para elevarse al cielo ante cualquier descuido, copos de azúcar y seguramente estaría en el lugar acostumbrado el camioncito celeste que vendía esas irresistibles tabletas heladas. Sabía que era muy traviesa pero últimamente se había portado bien y tomó esa decisión para premiarla como así también para aliviar el trabajo de su madre en la casa. Ese día era feriado y él sólo realizaría tareas a modo de colaboración; seguramente sus jefes no se lo reprocharían. La niña de inmediato quedó absorta por las dimensiones del lugar abarrotado de mercaderías, libre de gente y de ojos indiscretos. Corría entre los pasillos formados por mostradores y las pilas de artículos de la más increíble variedad, bajaba y subía escaleras, encontró escondites, descubrió pasadizos, y una curiosidad irrefrenable fue conquistando su alma inquieta.
El relojero, especialmente traído de Italia, que hablaba con mucha dificultad el español, fue el encargado de la instalación de la maquinaria en el bunker semienterrado especialmente construido para ese propósito. Luego contaría a sus más íntimos, que sujetó con bulones la máquina a los soportes de hormigón preparados para sostenerlo, estos anclajes estaban fundidos sobre la misma tierra con enorme peso. Fue en el momento que terminó de apretar las tuercas; contaba acalorado, que la tierra se estremeció ligeramente, tembló sólo por un instante, y todo quedó en silencio, un silencio profundo interminable, los pájaros callaron y el viento cesó. Cuando todo pareció volver a la normalidad, de pronto los grandes engranajes comenzaron a girar, exaltado revisó todo inmediatamente y se sorprendió al descubrir que el motor estaba desconectado. Se preguntó rápidamente qué podía estar ocurriendo. Quedó en silencio analizando lo que sucedía, no encontraba explicación lógica, él era un técnico bien formado, debía hallar una explicación al misterioso suceso. Pensó en llamar a alguien que lo ayudara a razonar, pero lo descartó de inmediato, qué pensaría de él la gente que lo contrató; seria el hazmerreír de todo el país. Lo invadió un estado de angustia y desesperación, se sentó y comenzó a observar el anárquico movimiento, enseguida advirtió que el ritmo era otro; si bien el reloj marcaba con exactitud la hora, su andar no era continuo y uniforme. Decidió calmarse y seguir estudiando el funcionamiento, su pulso fue disminuyendo lentamente, entonces comenzó a sentir una extraña sensación que venía de las entrañas de la tierra. Le pareció que eran impulsos o latidos, no se escuchaba con los oídos, sólo se percibía en el cuerpo, decidió comparar los movimientos del reloj y la coordinación con esos extraños pulsos. Su asombro duraría toda su vida cuando comprobó que los mismos correspondían a la marcha de la máquina, esta se había hermanado con la tierra y su latir, de ahí en más, ese reloj marcaría la vida de los rafaelinos y su destino estaría ligado a esa tierra y lo que sucediera en ella.
Las noticias de la guerra eran el centro de las discusiones entre las personas, que aprovechando la oportunidad de la reunión, intercambiaban opiniones y noticias; algunas muy frescas enviadas por sus familiares que vivían en Europa. Pero eso estaba lejano y al poco tiempo la conversación cambiaba a cosas más domésticas. Esta era la nueva Europa, tierra de paz, de progreso y abundancia, la tierra prometida, tierra del maná. El trabajo era duro pero con una recompensa cierta, tierra con futuro, donde tener una familia no era una carga sino una bendición. Corría un buen año para todos, pronto llegaría la cosecha de trigo y el precio había aumentado por el conflicto armado, todos hablaban y reían de las más extrañas historias, se abrazaban y cantaban viejas canzonetas a viva voz, era la fiesta de todos. Nada hacía pensar en lo que sucedería.
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.