Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Información General Martes 26 de Abril de 2011

Fastos y frivolidad de la boda real inglesa

Leer mas ...

Redacción

Por Redacción

LONDRES, 26 (especial para NA, por Juan Becerra). - La ficción de masas más grande del mundo corre al encuentro de su escena crucial. Es una historia de amor con movilidad social ascendente por la que, posiblemente, estén muriendo de envidia los encargados de imaginar los culebrones melodramáticos de O Globo y Televisa.

En cuanto a sus protagonistas, archipresentados, sabemos todo y no sabemos nada: William de Gales, príncipe, hijo de un polista del montón un poco sexópata y una mujer martirizada por la sed de primicias; y Kate Middleton -a partir de ahora Catherine-, hija de un matrimonio alguna vez empleado por British Airways (la línea de bandera británica por la que toda la familia de su futuro yerno viaja en primera clase sin pagar un centavo) y aplicada historiadora del arte, egresada con una tesis sobre las fotografías de Lewis Carroll.

El primer encuentro, del que quedaron prendados y lanzando pequeños corazones al aire del modo en que lo hacen los zorrinos de la Warner, sucedió en la Universidad Saint Andrew's, de Escocia.

Estamos hablando de un territorio de conocimiento pero también de una plataforma en la que a veces coinciden personas de distintas clases que jamás coincidirían en otros ámbitos. Allí, en los claustros académicos, monacales y antiguos, abundan, sin embargo, las cazafortunas.

Si este es el caso de Middleton echándole el ojo a William, quien la enlazará a su riqueza el viernes próximo en la Abadía de Westminster bajo las reglas del circo global, no lo sabemos. Lo sospechamos.

Pero la historia de amor que late bajo el Master Plan de la familia Middleton (un plan sencillo: llegar alto, llegar lejos), parece verdadera.


COTILLON Y LAMENTOS

Sepultada bajo sus propios fastos que decoran la hermosa ciudad de Londres con toneladas de cotillón oficial y, por supuesto, la desfiguran un poco hacia el lado de la fealdad, la boda real ya entró en su cuenta regresiva.

La fiesta, a la que no han sido invitados los ex primeros ministros laboristas Tony Blair y Gordon Brown -un inesperado desaire político surgido de una usina de sentido acostumbrada a no hacerlos- por no pertenecer a la llamada Order of the Garter, un club de caballeros fundado en el siglo XIV en honor a San Jorge y dedicado a encumbrar sires y lores, no hace más que obligar a los

ingleses suspicaces a alzar la vista hacia el 5 de mayo próximo, en el que los ciudadanos deberán votar en un plebiscito para modificar o fosilizar el sistema de representación parlamentaria.

La pregunta que debe estar haciéndose Tony Blair entre lágrimas de despecho, tomando el té en un hueco del ostracismo al que bajó junto con la espuma del poder que tuvo es: "¿Por qué Victoria Beckham sí y yo no?".

The Guardian (el diario, por excelencia, de los intelectuales de centroizquierda) publicó ayer un informe de más de diez páginas sobre las costumbres correctivas que Estados Unidos aplica en Guantánamo, ese limbo sin leyes lleno de misterio y tormentos de vanguardia.

La boda de William y Kate apenas si puede verse con lupa en la página 14, ilustrada con una foto en la que se ve a la reina saliendo de la capilla de Windsor, escoltada por el ñoqui número uno de Europa: el duque de Edimburgo, famoso por los off the récords racistas que suele deslizar entre caballeros como él, siempre que no esté tomando, con la sed de la Difunta Correa, alguno de sus exclusivos whiskies escoceses de una sola malta.

La foto va acompañada de una encuesta sobre lo que piensan los ingleses acerca de la Corona, hoy en día tan de moda. El 46% de los 1.003 encuestados por la consultora ICM entre el 13 y el 17 de abril (antes de la fiebre casamentera que se les ha venido encima) no está interesado por la boda, contra el 37% que sí lo está; pero el 63% considera que la familia real contribuye a la unión de los británicos. Creer o reventar.

La boda no interesa, pero los súbditos del reino consideran útil la existencia de sus personajes, una familia de autistas con escaso o nulo vínculo con lo que llamamos realidad. ¿De dónde han obtenido semejante crédito?

Pablo Robledo, periodista argentino radicado en Londres desde hace más de veinte años, tiene la hipótesis de que, aún improductivos, ventajeros y anacrónicos, los miembros del clan real -unas cincuenta personas que ignoran olímpicamente la experiencia del trabajo- viven del recuerdo del Blitzkrieg, el bombardeo de la Luftwaffe alemana sobre Londres.

La pesadilla duró ocho meses entre los años 1940 y 1941. Los parques fueron sembrados de luces para confundir a los pilotos alemanes y las estaciones de subtes se convirtieron en refugios antiaéreos. "Y la familia real -dice Robledo- pudiendo huir de Londres como ratas, se quedó y soportó el bombardeo. Por ese momento de estoicismo pueden tirar doscientos años más".


LONDRES EN LA VIGILIA

Pero no estamos en la historia sino en la actualidad de un hecho al que en el futuro será imposible superar en dos rubros gemelos: la frivolidad y el populismo. Sobre las calles de Londres cae un sol pleno, un verdadero milagro. Entonces me dedico a caminar, a lo Kung Fu, desde el Southbank, la margen moderna del Támesis, hasta la Modern Tate. Cruzo por el Puente del Milenio, un paso peatonal que también es el mejor punto de vista para mirar la catedral de Saint Paul's, mientras pienso: "ojalá que a Bin Laden no se le ocurra encender su handy en la cueva que habita para ordenar volar el Milenio a las cuatro de la tarde" (son las cuatro menos cinco).

La City, donde los brokers de las finanzas internacionales se despellejan cada día, está desierta, más no la terraza de algunos pubs exclusivos en los que los turistas se echan molidos en las sillas.

Los gomones anaranjados de prefectura patrullan el  río, asistidos por sus sombras aéreas: los helicópteros que husmean los puntos sospechosos y cada tanto se detienen como colibríes para monitorear el ambiente.

Todo fluye con tranquilidad hasta el puente de Westminster, que explota de gente, aromas a frituras, souvenires y un clima general de conurbano bonaerense que da gusto experimentar a metros del Parlamento, donde se cuecen las habas más gordas de la economía global.

La Abadía donde intercambiarán anillos y clases  sociales William y Kate, y donde también harán la parodia de la boda blanca -desenmascarémoslos: duermen junto desde hace años-, está todavía en refacciones. Los andamios trepan a las torres y se ve la marca de los ladrillos  restaurados.

A diez metros de la puerta por donde los novios  saldrán desposados rumbo a una vida de protocolos y ocio, el shop de la Abadía de Westminster -donde descansan, si es que hoy pueden, el Doctor Johnson, Dickens, Kipling, y T.S. Eliot, entre otras eminencias- ofrece a la pareja real reducida a platos y pocillos. 

Pero algo pasó con la impresión de esos cacharros de loza y a ella la vemos muy parecida a Liz Hurtley y él, menos favorecido por la transformación, al presentador de la televisión argentina conocido como Marley.

La zona es un hervidero de personas con cámaras. Huir de allí es una ilusión que no prospera, pero hay algo de felicidad ambulante en las calles que más vale no negar si deseamos ser sinceros.

Sigo la línea de las vallas apostadas en las veredas con el fin de contener a la chusma cuando el viernes se abalance sobre el cortejo nupcial al grito hiperbólico de: "¡I love you William!", "¡I Love you Kate!". La línea baja por Whitehall hasta Trafalgar Square donde pasan cosas raras.

Para empezar, hay un reloj gigantesco que cumple la función de countdown de los Juegos Olímpicos 2012 que Londres espera con la ansiedad de un país pobre que quiere dar el batacazo. Sobre los leones, jinetes de distintas etnias tragando su comida rápida.

La fuente no tiene agua, y en uno de los dos balcones enormes que salen de la National Gallery se erigió a una escala de obra pública, afortunadamente desmontable, el set desde donde la cadena NBC transmite en vivo mediante hombres de traje que sonríen a la cámara y describen el extraodinario espectáculo de la plaza, donde se mezcla todo lo que anda suelto y, por un efecto colateral e inesperado de la boda, convierte a Londres en una ciudad antigua en la que nada vale más que la energía humana.


*Escritor y novelista, enviado especial del diario El Día de

La Plata a Londres.

Seguí a Diario La Opinión de Rafaela en google newa

Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.

Te puede interesar

Teclas de acceso