Por Javier Alfonso
Este 17 de marzo -al igual que en años anteriores-, podría haber pasado como uno más. Sin embargo no fue así. El hecho de haber visto en los diarios el nombre y la foto del padre Juan Carlos Brumana, y de que se cumplan exactamente 20 años de la voladura de la Embajada de Israel, el 17 de marzo de 1992 -y de la Parroquia «Madre Admirable»- me motivaron a escribir estas líneas y a -por primera vez- compartir estos recuerdos públicamente.
Ocurre que exactamente enfrente de la Embajada de Israel, calle angosta de por medio -Arroyo al 900 de Capital Federal, barrio de Retiro-, se encuentra el templo católico «Madre Admirable», que a fines de los '80 y principios de los '90 estaba acompañado también por una escuela primaria y un geriátrico ubicado bien en la esquina de Suipacha y Arroyo, enfrente a la Embajada. Esta última era un edificio señorial de dos plantas, de color blanco, y que sobre calle Arroyo ocupaba unos cincuenta metros de frente, lo mismo que la Parroquia. El coche bomba explotó en plena calle Arroyo al 900, con lo que al volar la Embajada, también voló gran parte del geriátrico, de la Escuela y de la Parroquia.
LO VIVIDO
En 1987, con apenas 20 años cumplidos, me encontraba viviendo en Buenos Aires por razones de estudio y -exceptuando algunos períodos- allí permanecí hasta principios de 1993.
En el mes de mayo de 1987, de forma casual conocí al padre José Luis Mollaghan, en ese entonces párroco de «Madre Admirable» (hoy arzobispo de Rosario) y trabé una enriquecedora amistad con él, comenzando a frecuentar la parroquia -ubicada a pocas cuadras de mi vivienda- y a integrar el grupo de jóvenes de la JAC (Juventud de Acción Católica) de la Parroquia.
Logré pertenecer así al más fecundo y hermoso grupo de amigos que recuerde. Tanto chicas como varones -habremos sido unos 15 en los comienzos, y unos 50 cinco años después, al momento de explotar la bomba- vivimos momentos inolvidables: reuniones semanales en la Parroquia, los fines de semana llevar lo recolectado por Cáritas y «misionar» en la Villa 31 de Retiro (recién se formaba y estaba en la jurisdicción de «Madre Admirable»), tres peregrinaciones a Luján, encuentros con los jóvenes de «Ntra. Sra. del Socorro», «Vía Crucis» vivientes, algún que otro viaje cercano y encontrarnos para rezar. Cumpleaños, aniversarios, o lo que fuere, siempre había una excusa para -los fines de semana- compartir guitarreadas y empanadas en la casa de algunos de nosotros o en la Parroquia. Mis mejores recuerdos para los amigos de aquellos años que marcaron a fuego mi vida: Eduardo Catalán, José Páez, Joaquín Diz, Valentín Thury, Rodrigo Cavanillas, Marcelo Di Pace, Lourdes Iribarne, Dolores Avendaño, María Díaz Saubidet, Guadalupe Méndez Elizalde, Rocío y Macarena Obligado, Pilar Lucero, las mellizas Lottero y las hermanas Summers, son algunos de los nombres principales que se me vienen a la memoria de aquellos inolvidables momentos.
Por supuesto, como grupo de jóvenes, no estábamos solos sino que también jóvenes sacerdotes eran nuestros asesores, y quienes guiaban el rumbo: el padre Néstor de Gregorio, Arturo de la Cuesta y, -conectando con lo anterior- el padre Juan Carlos Brumana.
SANGRE INOCENTE
El padre Juan Carlos Brumana (excelente persona, amigo y confesor) llegó a la Parroquia en el momento en que estalló la bomba y es uno de los 29 muertos de ese ataque. También integran la lista de muertos, numerosos "viejitos" del geriátrico -no solamente víctimas israelíes- y se debe agradecer que a las 14:45 del martes 17 de marzo de 1992, no había clases en la Escuela ni misas en la Iglesia, sino el saldo de muertos podría haber sido mucho peor.
El padre Juan Carlos, a sus 37 años y sin saberlo, se dirigió a una habitación de la casa parroquial que daba justo a la calle Arroyo en esa siesta fatal y minutos después encontró la muerte de la forma menos imaginada.
El estallido del coche bomba, en Arroyo 916 de la Capital Federal, provocó la muerte de 29 personas y 242 heridos. Veinte años después, aún no fueron juzgados ni condenados los responsables de aquel ataque.
En esos instantes yo me encontraba -casualmente- de visita en Rafaela, pero al enterarme de la noticia hablé telefónicamente con mis amigos y al día siguiente viajé a Buenos Aires. Además de la Embajada, la peor parte la llevó el geriátrico que quedó destruido y con muchos muertos. Las "salitas" donde nos reuníamos los jóvenes y el depósito de Cáritas que daban a calle Arroyo no existen más, hoy en ese enorme hueco existe un patio (atrio).
La imagen de la Iglesia era lamentable. Sin vitrales ni ventanas los rayos del sol se colaban, todo su piso cubierto por unos cinco centímetros de agua producto de la rotura de cañerías, escombros, rajaduras en techos y paredes y parte de su ingreso principal desaparecido. Así permaneció por espacio de más de un año hasta que los estudios de arquitectura juzgaron que no había peligro de derrumbe y pudo ser restaurada. En la escuela primaria -ubicada en el corazón de la manzana a unos 50 m de la explosión- no había un solo vidrio sano y los pizarrones caídos en el piso. El salón de actos estuvo más de un año sin vidrios ni ventanas, aún en pleno invierno.
Los edificios linderos fueron evacuados ante rajaduras y escapes de gas. Así, nuestra amiga guitarrera del Coro dominical, que vivía allí, debió abandonar su casa por un largo período. Otra amiga, Malenita, que vivía a más de cien metros de la Embajada -producto de la onda expansiva- encontró los muebles del living apilados contra una pared y ni un solo vidrio sano de su casa. Los ejemplos podrían continuar, y sobran. En tanto que los jóvenes de la Parroquia -por turnos- debimos encargarnos de montar una guardia permanente para evitar los robos, de aquellos "rapaces" que nunca faltan.
Pocos días después de la explosión pude recorrer las ruinas junto al padre Mollaghan y las imágenes que vi eran las de una guerra. El plomo de los vitrales derretido en medio de trozos de vidrios de colores desparramados, ropa y elementos personales de los ancianos triturados lejos de su lugar de origen. Dormitorios sin techos ni paredes. Colchones desintegrados. Zapatos mezclados con papeles. Agua y escombros por donde pasara la vista.
Al cumplirse el sábado último 20 años de aquella penosa tragedia vivida en primera persona, hago pública por primera vez esta experiencia, en justo homenaje al padre Juan Carlos Brumana y a las víctimas de aquel horror que aún siguen impunes, esperando que en algún momento florezca la verdad y se haga justicia por tanta sangre inocente derramada.
El veredicto final, sólo a Dios le corresponde.
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