Por Redacción
En las ciudades estamos tan acostumbrados a ver chicos y grandes pidiendo una limosna o escarbando en las bolsas de residuos, que corremos el riesgo de incorporarlos a la "geografía normal" de una ciudad humana. Tal vez nos ayude a movilizarnos una carta de lectores que lleva la firma de Silvana Malacari:
"Los indeseables. Caminan por las calles mendigando; sus ropas sucias, su cara triste, sus ojos muertos. No tienen mañana, no viven: están condenados a la sobrevivencia. No leen ni discuten, no les importa su origen ni su destino. Para ellos, exiliados de la sociedad, excluidos del bien común, sarna molesta en la piel de los opulentos, los gobiernos y los poseídos, no queda otra alternativa que nacer por accidente y vivir como zombies hasta la muerte, dolorosa, insignificante y rodeados de las moscas de algún callejón. Son los ignorantes, las estadísticas, los robos y asesinatos, la droga, la prostitución y la pobreza.
No gozan ni de caridad, viven del por favor y la solidaridad. Carecen de oportunidades y el medio les es hostil, cruel, humillante y abusivo. Nacen de a diez y mueren de a cien, no dejan ni la huella de su pisada. Son causa de debate entre políticos y pensadores, que discuten en reuniones animadas con champagne y música suave en lujosas mansiones. Se reúnen en la calle, hablan su propio idioma, se contagian las mismas enfermedades. Sus casas son de chapa, sus camas de cartón y beben agua contaminada. Los gobiernos pasan, pero nada cambia. Todos los discriminan. Son menos que los perros vagabundos. Son maltratados, golpeados, insultados y a nadie le importa".
¿Le parece que exagera? Le aseguro que no. Y hay aún cosas peores que no registra la carta. Como la de tantos chiquitos que nacen de niñas violadas por sus padrastros e incluso por sus propios padres, alienados por la droga o el alcohol. Una lista de aberraciones que, por realizarse en la intimidad de chozas miserables, permanecen absolutamente impunes.
Hagamos algo para cambiar las cosas. Y si no lo hacemos, tengamos al menos el pudor de no ser jueces inflexibles, como si los culpables fueran ellos y nosotros inocentes.
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