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Información General Lunes 30 de Mayo de 2011

Elogio a las veredas y las calles, a la hora del juego

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Blanca M. Stoffel

Por Blanca M. Stoffel

Casi todos los juegos de nuestra infancia tenían por escenario la vereda: donde aprendí a saltar sobre mis pies, donde jugaba al tejo, al rango y a la cuerda. En ellas jugué a la mancha y también al ainenti y al tochi.

Desde la ventana del frente, los mayores nos miraban jugar, mientras pintábamos con tiza las baldosas formando los rectángulos de donde debíamos después sacar el tejo a puntapiés. Otro grupo cantaba más o menos con voces destempladas: "Mambrú se fue a la guerra. Mambrú no volverá” y un rato después "Mantan tiru tiru la”… El tiempo ha ido diluyendo estos recuerdos de la infancia. Mejor dicho el tiempo nos mata parte de la infancia o algo que alegró nuestros juegos. Y estos que nos miran jugar ¿no están añorando acaso la pelota de trapo envuelta en una media gruesa? Y no se transforman en pensadores al recordar su tiempo lejano de niñez, a lo mejor sin vereda de baldosas o sin calles?. Mirando jugar no es raro que las personas mayores sientan al recordar la propia, la efímera trayectoria de la infancia, tal como lo expresa el poema: “Los chiquillos cantan en la callejuela/ los miran las madres desde su portal,/ sobre cada boca tiembla una sonrisa/,/ y en cada pupila brilla la bondad… Las madres los miran llenas de dulzura/:/ alguna entre todas tal vez pensará:/ quizás estas manos que hoy están unidas/, se alzarán mañana para castigar”…

Los pibes que juegan un poco en la vereda, un poco en la calle, absortos en su juego, parecen aislados del entorno: de la vecina que barre la vereda, del verdulero que cruza con su canasta, del perro que husmea la pared, de los caballos del sodero que hace sonar los adoquines con sus herraduras, de las personas que observan sus juegos.

Ahí en la calle, un grupo bullicioso se apresta a remontar un barrilete desafiando árboles y cables en los que se puede quedar enredado. Van a tener un desengaño inicial tras el gozoso afán del remonte. El día es especial porque hay un buen viento. Y como dice Lugones en su poema: "Con buen viento y mano pronta, la audacia infantil del vuelo, a la conquista del cielo su barrilete remonta. Un día fatal tirón rompe la cuerda tendida. Y es la primera ilusión que usté perderá en la vida”.

Un hecho inusitado detiene nuestros juegos. Ha llegado un camión de la Usina y parece que piensan cambiar el sistema de alumbrado; corren unos alambres de electricidad y en medio de la cuadra y en la mitad de la calle, están colgando unos faroles negros cuya base es una gran bola de vidrio blanco con una pantalla que echa la luz hacia abajo. Con la novedad abandonamos el juego, dejamos a los amigos y entramos corriendo a la casa a informar a los demás sobre lo que está ocurriendo -que para la época- es una noticia novedosa y actual. El farol de la esquina ya está colocado y esperamos ansiosamente la noche para ver nuestra calle con una nueva luz.

Hemos suspendido el vuelo del barrilete que ya no podremos remontar pues quedará prendido por la cola en los cables y tendremos que buscar otro lugar, a lo mejor el campito que hay detrás de calle Arenales. Pero ese ya es un problema porque debemos contar con el permiso especial para salir del entorno de la vereda y la calle que ha sido hasta ahora nuestro espacio natural para los juegos.

Una respuesta ambigua y confusa termina por desanimarnos: -“Vamos a ver”…"Ahora ya es tarde”… "Déjenlo para mañana…".

Es el convencimiento casi total que, lo del barrilete, ha pasado a ser ya no un entretenimiento fácil y agradable, sino un utópico e impredecible tema que a lo mejor en un momento adecuado podremos volver a intentar.

Retornamos pues a nuestros juegos de la vereda que no nos traen -por ahora- dificultad alguna.

Pero la vereda es también para otros. A la tardecita se sacan los cómodos sillones a la vereda y la abuela se sienta para ver pasar a algún conocido, para conversar sobre el tiempo con la vecina de la casa de al lado que ha hecho lo mismo e intercambiar algún chimento o noticia de última hora. Si recorremos la cuadra a esa hora, casi todos han hecho lo mismo.

Mientras no tenía compañeros de juego me sentaba -en mi pequeña sillita- al lado de la abuela para hacerle compañía mientras aguardaba la presencia de quien vendría a jugar conmigo. La vereda pasaba a ser así un medio habitual de recreo, de solaz, de esparcimiento para grandes y chicos.

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