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Información General Viernes 15 de Marzo de 2013

"El veneno del teatro" crea la ficción

Miguel Angel Solá y Daniel Freire, en dos actuaciones destacadas e imperdibles, honran al teatro con “El veneno del teatro” de Rodolf Sirera bajo la versión de José M. Rodríguez Méndez y la dirección de Mario Gas.

Ana Paula Rosillo

Por Ana Paula Rosillo

Un misterioso personaje de excéntricas costumbres invita a su magnífica residencia a Gabriel de Beaumont, un reconocido actor, para ofrecerle una obra de su autoría sobre la muerte de Sócrates. Pero pronto descubrirá el actor que se trata de una trampa para someterlo a un cruel experimento sobre realidad, ficción y representación, llevadas al extremo.

Dos excelentes actores en escena conforman un clima que conduce a los espectadores hacia varios estados sin ningún desenfreno. Una carrera animada por los vaivenes de la mente de uno de ellos, nos guiará hacia donde él elija durante el tiempo que dura la obra, conduciéndonos hacia sus más temibles y reconocibles caprichos tramados entre un licor y otro.

La llegada primero del actor a la casa del “señor”, se tiñe de elementos esenciales que acompañan una narración basada en una progresiva y lenta espera. La lentitud a su vez va articulando una particular cadencia en los momentos que inauguran encuentros y desencuentros, dudas y aciertos en permanente tensión. “El señor” -como usualmente suele ocurrir con todo aquello relacionado con el poder-, se hace esperar, mientras la espera es desde el inicio el sello inaugural de un largo experimento poblado de altibajos. La tensión dramática construida en largos diálogos acerca de la ficción y su inconsistencia, conducen el relato hacia permanentes cuestionamientos acerca del modo de representación, sus límites más fugaces y sus reductos más o menos inciertos. La cercanía del teatro con la misma realidad, las preguntas al teatro y a la escena entre los mismos actores, nos posiciona en un continuo y astuto juego de a dos, donde además los espectadores, para quienes también fue creado el verdadero escenario, también intervenimos. Una puesta en escena ambientada en un ambiente oscuro, con pocos objetos, entre los que no podrían evitarse una hermosa mesita de época y varios licores furiosos, visten junto a un gran portal que despliega espejos en su puerta, un clímax adecuado e intimista que logra centrar la acción y añadir junto a la música misterio en estado constante.

Primeramente el actor encarnado por la excelente actuación de Daniel Freire, entra a la casa del “señor” en busca del poderoso que interpreta magistralmente Miguel Angel Solá. Frente a él un mayordomo detiene sus ansias convidándole amistosamente cada vez que está por retirarse un leve trago de un vino de rojos colores. El mayordomo comienza a jugar un juego desde el principio, desafiando a su partenaire, probando su audacia y finalmente al lograr que este no lo descubra, admitiendo una triunfal victoria que le permite subestimarlo tantas veces como desee. Varias preguntas del actor reafirman la validez del rol del mayordomo, quién decide no llamar al “señor” hasta que considere que el juego de la representación finalizó. “El señor” que había simulado ser su propio mayordomo, desajusta su criatura y aparece como “señor”, momento de inflexión en el cual ahora se invierten los roles y el actor es quien decide no creerle, aunque el resto de la obra aceptará la sumisión en una carrera seductora y tortuosa hacia la interpretación del personaje. Sin embargo, el juego eterno de la representación vuelve a conducir el resto de la dramaturgia, las reflexiones acerca de la realidad y la ficción, la vida y la actuación aparecen y desaparecen tantas veces como nuevas situaciones se presentan.

La gran temática que por momentos opta no encubrirse, sino por el contrario decirse y de modo explícito es la determinación social y las funciones que generan sus roles dentro de las clases sociales. Alguna simple duda acerca del rol del mayordomo se le escapa al actor cuando al interrogarse por la demora del “señor”, descubre que hace preguntas demasiado difíciles para alguien de su condición social.


VIDA Y MUERTE

El naturalismo surgido del realismo, plantea que el individuo está fuertemente determinado por la herencia genética y el medio social en el que nace y vive, a punto tal que resulta imposible superar esa situación de origen. En este sentido, las personas de clases sociales desfavorecidas ineludiblemente transitarán una existencia signada por la pobreza, la marginación y la violencia. Este presupuesto es el que explora la lógica de la obra, mediante la acción de dos personajes que se convierten en la mejor dupla especular dominante-dominado, víctima-victimario, torturador-torturado. Cualquiera de estos binomios dialécticos conspiran en la ejecución de un programa de conductas repetidas, reiteradas, aliadas a la condición social de cada uno de ellos. Por su parte, “el señor” optará por conducir la obra que pretende que encarne el actor haciendo que éste se acerque lo mejor posible a la misma muerte tal como escribió en su libreto. Le convida entonces un licor para que el veneno actúe y finalmente lo haga interpretar como si estaría muriéndose. Vida y muerte, acción y realidad, verdad o ficción emparentan relaciones de autoritarismo y órdenes cumplidas, mientras uno dirige y otro es dirigido, mientras el veneno del teatro crea la ficción, los espectadores miramos y aplaudimos una vez más y tantas veces como el eterno juego de la representación vuelva a repetirse. 

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