Por Redacción
Por Carlos Terranova. - Los que comieron eran como cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mateo 15:38).
El texto que leímos está en el episodio donde Jesús alimenta milagrosamente a 4.000 hombres. El relato se ocupa de enfatizar “Sin contar las mujeres y los niños”.
No es más que una expresión de la realidad en tiempos de Jesús, la mujer no contaba, era casi un ciudadano de segunda, relegada y casi sin derecho.
Gracias a Dios a partir de nuestro Señor, cambió la historia de la mujer. Jesús la dignificó, la valoró y la puso en pie de igualdad con el hombre.
Cuando Dios decidió venir al mundo para traer la salvación, eligió también el medio y fue el vientre de una mujer virtuosa, María.
Cuando vemos su ministerio lo encontramos rodeado de mujeres que le servían sencillamente porque él las había restaurado y tenido en cuenta.
Sanó a la suegra de Pedro que estaba en cama, consoló a Marta y María ante la pérdida de su hermano, restauró a una mujer de la vida llamada “María Magdalena”, en la que había siete espíritus malos, le llamó la atención el esfuerzo por acercarse a El de una mujer enferma de flujo de sangre y la sanó; Jesús valoró el amor de aquella mujer que le lavó los pies con sus lágrimas y los secó con sus cabellos, conversó y le dio esperanza a una mujer samaritana que había tenido 7 maridos y hasta le dio una oportunidad a la mujer adúltera que los religiosos querían apedrear.
Al pie de la tumba no estaban los hombres que habían prometido no abandonarlo, sino solamente un puñado de mujeres y en la resurrección las primeras que estuvieron fueron las mujeres.
El apóstol Pablo escribe “en Cristo ya no hay varón ni mujer” sino que somos uno, somos iguales, con las mismas obligaciones y derechos.
Hoy la mujer está en las artes, en la ciencia, en las comunicaciones, en la política, su tarea e influencia son extraordinarias.
Nacemos de una mujer, la primera palabra que aprendemos a balbucear es mamá y esa mujer incansable nos ama y cuida. Bien se ha dicho lleva a su hijo nueve meses en su vientre y toda la vida en su corazón. Crecemos y nos enseña a leer y escribir una mujer, la maestra, la segunda mamá, y despertamos a la adolescencia, nos llega la juventud y son los ojos de una mujer los que encienden nuestro corazón y compartimos la vida con ella, primero novia, luego esposa y compañera de ruta, nuestra socia en los sueños y proyectos.
Lamentablemente en estos días se habla de violencia de género, en Argentina más de 250 mujeres fueron muertas en 2012 por actos de violencia. Es tiempo de mirar e imitar a Jesús. Hay mujeres que están presentes en tu vida... una madre, una esposa, una hermana, una amiga, dale el valor, la honra y la dignidad que ella merece, no olvides que fuiste formado en el vientre de una mujer, amamantado, cuidado, protegido y educado por una de ellas. Que Dios nos dé sabiduría para vivir con ellas y tratarlas como le agrada a El.
Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas (Proverbios 31:10).
El autor es pastor de la Primera Iglesia Evangélica Bautista.
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