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Información General Martes 9 de Agosto de 2011

“El Rastreador”, según Sarmiento en su Facundo

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Amado Raspo

Por Amado Raspo

Relato de Sarmiento: "Una vez caía yo de un camino de encrucijada de Buenos Aires, y el peón que me conducía, echó como de costumbre la vista al suelo. Aquí va, dijo luego, una mulita mora muy buena, ésta es la tropa de D. Zapata, es de muy buena silla... va ensillada... ha pasado ayer".

Este hombre venía de la sierra de San Luis; la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año que él había visto por última vez a la mulita mora, cuyo rastro estaba confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho".

"Pues esto que parece increíble, es con todo la ciencia vulgar; este era un peón de arreo y no un rastreador de profesión".

El rastreador es un personaje grave, cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee le da cierta dignidad reservada, y misteriosa.

Un robo se ha ejecutado durante la noche, ni bien se nota corren a buscar una pisada del ladrón, y encontrada se cubre con algo para que el viento no la disipe. Se llama enseguida el rastreador, que ve el rastro y lo sigue sin mirar de tanto en tanto al suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada que para otro es imperceptible. Sigue el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y señalando un hombre que encuentra dice fríamente: "Este es". El delito está probado, y raro es el delincuente que resiste la acusación. Dice Sarmiento: "Yo mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido su oficio durante cuarenta años. Tiene ahora cerca de ochenta años, encorvado por la edad, conserva sin embargo un aspecto venerable y lleno de dignidad. Cuando hablan de su reputación fabulosa, contesta: "Ya no valgo nada, ahí están los niños". Son sus hijos que han aprendido en la escuela de tan famoso maestro."

Se cuenta de él, que durante un viaje a Buenos Aires, le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el rastro. Dos meses después Calíbar regresó, vio el rastro ya casi borrado e imperceptible para otros ojos, y no se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba por una calle de los suburbios, entra a una casa y encuentra su montura, ennegrecida ya casi inutilizable por el uso. ¡Había encontrado el rastro de su raptor después de dos años!

En el año 1830, un reo condenado a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fue encargado de buscarlo. El reo previendo que sería rastreado, había tomado las precauciones posibles. Precauciones inútiles. Acaso solo sirvieron para perderlo, porque comprometido Calíbar en su reputación, lo hizo desempeñar con calor una tarea que perdía un hombre, pero que probaba su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no dejar rastros; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del pie; trepábase las murallas bajas; cruzaba un sitio y volvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la vista; si le sucedía extraviarse, al hallarle de nuevo el rastro, exclamaba: "Donde te mías d'ir". Al fin llegó a una acequia de agua en los suburbios, cuya corriente había seguido aquel; para burlar al rastreador. ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas sin inquietarse, sin vacilar. Se detiene examina unas hierbas y dice: "Por aquí ha salido, no hay rastro, pero esas gotas de agua en los pastos lo indican". Entra en una viña, Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban y dijo: "Adentro está". La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta de la inutilidad de las pesquisas. "No ha salido" fue la breve respuesta de Calíbar. No había salido, en efecto fue hallado y al día siguiente fusilado.

Termina Sarmiento: "¿Qué misterio es este del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¿Cuán sublime criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza.?"

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